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domingo, 31 de enero de 2016

DESEO DE AZUL


CRISTÓBAL ENCINAS SÁNCHEZ

Arropa la luz tu imagen
tendida en las aguas verdes
que bordean tierno el regazo,
por tus caminos agrestes.
Arrópame de agua el azul,  
de agua que el campo merece;
azul color de mis días
y que en mis noches sorprendes.

Arropas de encanto libre
con palabras en mis sueños,
que están rondando mis sienes,
los montes y llanos tiernos.
Palabras que vagan solas,
que a la vez van escondiéndose
diciéndote caracolas
en salina espuma verde.

A tus pies, bosques de pinos
acarician saludables,
y a tu cabello la arena
cuéntale cosas amables.
¿No será que quien te arropa
-el mar- comenta elocuente:
amor, te deseo de azul

y toda la buena suerte?

PERRA MIRADA

CRISTÓBAL ENCINAS SÁNCHEZ

        Cuando llegó corriendo al cerezo, miró al muchacho que estaba subido a la altura de la primera cruz. Lo había enviado el propietario de la finca a comprobar ese detalle, pudiendo constatar que Miguel estaba comiéndose sus frutos. 
 El emisario, jadeante, se volvió para comunicárselo al amo de la finca. Este acudió rápido adonde estaba el ladrón y se dirigió a él con decisión y arrogancia:
—¡Oye, tú!, ¿cómo te has subido ahí?
— Pues, agarrándome y gateando por el tronco.
— ¡Bájate, que quiero hablar contigo! –-le dijo en tono amenazante.
Miguel se bajó y pasó inmutable cerca de aquel perro fiero, que estaba atado a una cadena en derredor al tronco, y en la dirección a su amo.
 —¡Dígame usted!
—¿Has subido al cerezo tan tranquilamente, con este aquí atado? –señaló al mastín.
—Ya ha visto usted que acabo de bajar y he pasado junto a él.

Se terminó la conversación. El perro miró con atención y con cara sorprendida al que era su amo. Este sacó la pistola y a poca distancia le disparó dos veces.

El perro no fue tan fiero con aquel intruso que había hurtado las cerezas a su amo de manera elegante. Lo peor fue que también robaran su prestigio: le había puesto en ridículo al no cumplir con el trabajo de vigilante que le había asignado el día anterior.                                                                                   
Pero ese no fue un problema que el ofendido amo no supiera  solucionar, también sin inmutarse.                     (NO A LA VIOLENCIA CONTRA LOS ANIMALES)

sábado, 30 de enero de 2016

LA CASA DE MIS ABUELOS


CRISTÓBAL ENCINAS SÁNCHEZ

             Foto de la ermita del Cristo del Humilladero, de Granja de Torrehermosa
Esta noche encuentro en los posos de este vino amargo reminiscencias de la vida que tuvimos. Ya llegó el momento para no seguir fingiendo que supimos llevar de forma conveniente nuestra apresurada vida.
Ajeno a todo, me cobijo mentalmente en aquel cuarto de los trastos de la vieja casa de mis abuelos, en una feliz tarde. Allí había jáquimas colgadas, azadones, horcas para la parva, hoces y rastrillos mezclados todo...s en el suelo. Yo buscaba, ante todo, mi entretenimiento preferido en el rincón: la albarda del mulo Romero. Me subía encima y comenzaba a recordar cuando trotaba por los campos de cereal casi recién nacido, por las orillas de los ríos y por los límites de las alamedas.
Me imaginaba corriendo por llanos del Banco con algunos compañeros de la escuela, hasta asomarnos a los acantilados, unos farallones que dan al Torcal, y desde allí descolgarnos para visitar las cuevas, con el peligro inminente de caernos en alguna sima y perdernos para siempre.
Después, me subía a las cámaras de la casa, donde había jugado muchas veces con mi hermano. Nos escondíamos tras los haces de esparto que sobraron cuando se hizo el tejado.
Lo escrutábamos todo: sacudíamos impulsivamente los cencerros grandes y las campanillas que pendían de un clavo; el almacén de las herramientas guardadas en capachas, de donde sacábamos dos cuchillos y los atábamos a un palo para formar un chuzo con el que nos enfrentaríamos, en caso necesario, a algún "sacamantecas” escondido. Con una corneta inservible, calada en bandolera no fuera a perderse, intentábamos llamarnos, pero su boquilla no sonaba. Lo que más nos gustaba era luchar con un largo sable herrumbroso y una bayoneta de medio metro. Por ser yo más robusto, me apropiaba de la espada, aunque no podía blandirla ni con las dos manos; pero nunca nos herimos, ni un rasguño, porque teníamos el cuidado necesario.
Íbamos después a darle un repaso a una arquilla vieja que contenía incontables botellitas con raras esencias pestilentes y diversos colores verdosos y morados; hasta cartuchos de postas había, con su espoleta y que pudimos explosionar.
Lo que más me llamó la atención, fue encontrar un bonito tebeo pegado a una de las paredes de la arquilla. En su portada apareció una caricatura magistral e impecable de Pepe Iglesias “el Zorro”, aquel hombre tan amable, que nos haría reír en las noches del solitario invierno.

miércoles, 27 de enero de 2016

TENGO DE VERSOS


CRISTÓBAL ENCINAS SÁNCHEZ
                              Esta foto es del álbum de mi amiga Clara
Ven, ven a mi casa y mira.
Tengo de versos plagiadas las paredes
de mi cuarto, de mi mente.
En mi cama, soporte de ilusiones que gravitan,
yago mirando cómo se enturbian y se mecen
cómo se aclaran y palpitan.
Tengo las paredes llenas de cantos de mi alma.
En mi pecho, morada que rezuma del pasado,
suena el sonido solo
que se bate con un profundo suspirar de huesos
y espera salir por mi aliento, por mis ojos.
Y cuando sale,
yo grabo su canto en las paredes,
para que cuando venga alguien
vea que no estoy solo.
Mi soledad se convierte en verso;
mis versos son cantos por alguien.
Así, lleno de ilusiones mi futuro,
y mi corazón se deja latir
con más fuerza que nunca.
Tengo de versos cargadas las paredes
de mi cuarto, de mi mente;
el techo, las cosas y el pensamiento:
todo, hasta la muerte.

Todo de versos de ella.

martes, 26 de enero de 2016

EL GATO NEGRO QUE NO QUISO TEÑIRSE DE BLANCO


Cristóbal Encinas Sánchez

Un gato negro camina errante
pero nunca huye
y anda tan campante.
Irse no quiere de su fachada,
la vigila siempre,
¡buen camarada!
¡Pintor!, si quieres pintarlo
de blanco, o disimularlo,
no te saldrás con la tuya
aunque estés bien preparado.
No arañará a nadie
porque a nadie le hizo mal
y como el viento, que es libre,
muy pronto se esconderá.
No lo dude quien lo borre
si al tanto de todo está:
lo comunicará a sus amigos
y a la que lo diseñado ha.
"Se presta todos los días
a dejarse acariciar,
en su fachada de blanco,
por la Junta general.
Lo agasajan los vecinos
con Banda Municipal;
aquella antigua rencilla
era un mero dialogar.
Ahora, cada mañana,
recostado en su portal,
al gato negro saludan.
pues ya lo quieren mimar.
Y su preocupada ama
sueña de felicidad".


NOSTALGIA POR TU AUSENCIA


Cristóbal Encinas Sánchez

Tengo la nostalgia de tus besos triste
de tu triste boca;
el plácido recuerdo de tu tiempo en vida,
alhajas todas de tu vida guardo.
Anoto las cavilaciones de mi mente
y vago pensando a todas hora el pasado:
no olvido tu paso por mi vida,
ni una letra de mis versos cambio.
Los caminos que se abren hacia el mundo
son torpes sendas que se pierden,
todo yace inerte si te has ido:
más que la verdad tuya nada existe.
Tengo de olores llenos los inviernos,
de claras nieblas y de lluvias frescas,
de nieves frías y de tu cuerpo,
de un sinfín de peripecias tuyas.
Y asociaste los colores a los tiempos y a las cosas.
Introdujiste  en mi oído las esencias
y me ayudaste a contemplar el sutil canto de las rosas:
tú vivías en mí más que mi vida.
Se entorpecen mis horas en tu ausencia,
se agrandan los volcanes de mi noche
y te pierdes en un caudal de esperanzas muertas

atadas a la tierra.

viernes, 22 de enero de 2016

REBELDE


Cristóbal Encinas Sánchez

Solo un hilo de silencio pasa inadvertido
por la malla de un mar ansioso de cazarte
cuando andas por el apacible surco de su playa.
Juntos caminamos pensando que nunca llegaremos al final.
Confiados estamos en que la penumbra no nos cogerá.
Y es al contrario, pasto somos de su total negrura.
Si estás incólume, podrás nadar y arroparte entre las brumas,
mas no es ese tu destino.
Todo desaparecerá de las miradas que te arrebatan,
de esos que aún no sufren el paso cercenador de los años,
es cuestión de tiempo.
Pero tú eres joven todavía.
Si no estás segura, no mires, no te ciegue otra luz;
pasa inadvertida  y en cuanto puedas prepárate y lucha,
aprende de la  vida.
Enriquécete de sal en la infinita raya del horizonte,
que todo tiene espera,
porque todo está recreándose para ti.
Disfruta como una rebelde que sabe por qué lo es,

y porque esa es tu óptima partida.

jueves, 21 de enero de 2016

EL JILGUERO


Cristóbal Encinas Sánchez
                                  Foto cedida por  Juan Quesada Espinosa

        Era el mejor cantor de todos los animales enjaulados que colgaban en las ventanas, a ambos lados de la estrecha callejuela. El cielo, en las mañanas últimas del otoño, mostraba un color intenso. Las flores rojas y amarillas de las macetas puestas en el suelo daban un contraste de lo más pintoresco.                      
Los cantos que salían de su garganta, adornados de unos deleitosos requiebros, hacían estremecerse a las parejas más cálidas de sus adversarios. Saltaba en su amplia jaula de cúpula plateada, tan alegre que parecía no faltarle nada. Era el más vistoso y, como sabiéndolo, se regodeaba de su propia melodía, exultante, cuando alguien se paraba a la altura de su puerta para escucharle.

Su dueña, joven todavía, posaba las manos sobre los alambres acerados de la sonora jaula y le hablaba cariñosamente, mimándolo y dándole caricias, cosa que el pajarillo agradecía. Después, él seguía con su revoloteo imparable y su vigoroso trino. 

 Aunque habían pasado varios años, todavía recordaba a su cuidadora cuando se desnudaba sutilmente delante de él y, con mucha picardía, le mandaba primorosos besos que lo turbaban.

domingo, 17 de enero de 2016

SALUD Y SUEÑOS


Cristóbal Encinas Sánchez
Si viéramos solo lo nefasto de la vida
no tendríamos el empuje de seguirla
y nos vendríamos abajo.
Sería una continua depresión.
Por fortuna, la imaginación
y los deseos de vivir
hacen que esto no ocurra.
Y nosotros lo sabemos,
porque seguimos soñando e imaginando
otras realidades que también se cumplen.
Así hasta el final
y el final llegará más tarde de lo esperado.
Lo que hace falta es salud.

¡Salud y sueños!

A MI LAVADORA


Cristóbal Encinas Sánchez
Le ha salido atrás a este portento
un claro viso de moho en su cornisa;
tal vez, me supongo, sea la brisa
que transportó semillas de otro tiempo.

Saludarán al mar los alegres torbellinos,
después de saltar con bravo empeño
por oscuras cascadas malolientes, 
que le dejarán inmersas las fehacientes
esencias de mi sudada ropa,
en íntimo trotar en un tambor,
donde toda centrifuga y después posa.
La constancia de lavar a borbotones
saca la mugre de los tejidos incrustada,
de todos los rincones,
con empeño rotatorio que no acaba
hasta que al final consigue mi deseo.

¡Maquinita, prenda mía!,
compréndeme que aún más te quiera,
porque me hago más vieja cada día;
que tras el crudo invierno,
más valoro tu trabajo presto.

Ondean al sol con ilusiones
mis sábanas blancas, entre los albores.
En las cuerdas cuelgo mis manteles
y pañuelos de labores,
mis camisas estampadas y jerséis,
mis blusas de colores;
faldas, pantis, pantalones, slips,
braguitas y corsés, o bien sostenes,
como quiera usted decir,      
que están como la nieve.

Si por ti no fuera,
un cerro de ropa me comiera.
No tengas, por ello, una avería
pues sabes que sufro
si pienso que es esa tu agonía.
Y cada día soy feliz,
sabiendo que tu ocupación
es prestarme un servicio,                                                                                                
con devoción,
y tratar a mi ropa con sacrificio.

Bueno, y después de secarse,
ya es cosa mía,
es mi obligación:
me pondré a plancharla con alegría,
más, si cabe, con satisfacción
¡Descansa, pues,  tranquila! 

sábado, 16 de enero de 2016

UN CERDO OBEDIENTE

                      Cristóbal Encinas Sánchez

   Un amigo le preguntó a otro, que tenía el raro oficio de porquero, que por qué siempre se jactaba de que sus cerdos le hacían caso cuando les hablaba para que no se metieran en fincas ajenas. Le respondió que estaban sembradas de hortalizas y para que no las destrozasen los llamaba por su nombre. Simplemente lo decía por satisfacción docente. 
Reacio el amigo a creerse estas bromas, que le parecían una tomadura de pelo, le propuso que se echaran una apuesta. El porquero le respondió que no tenía inconveniente en demostrárselo, lo que el otro aceptó de buen grado.
El porquero le dijo que le preguntaría algo muy personal a uno de los cerdos y que este le contestaría. Le aseguraba que lo entendería perfectamente. Y la respuesta se la daría haciendo ligeros movimientos de su extremidad trasera izquierda.
Comenzó la prueba. El cuidador se acercó al cochino y con voz susurrante le preguntó:
—¿Cuál es la pata del porquero?  
El cerdo lo miró atento, pero no hizo ningún gesto especial con su extremidad, por lo menos de momento.
—Te lo diré de otra manera –le hizo un extraño ruido con la boca: tlo, tlo, tlo.
Se acercó un poco más al cerdo, mostrándole la mano y haciéndole un gruñido que él conocía bien: uhrrr, uhrrr... Acto seguido empezó a rascarle el lomo. Y al cerdo, quieto, parecía gustarle. Siguió rascándole hacia la barriga hasta la parte más baja. Continuó, suavemente, hasta que el marrano dio muestras de querer tumbarse en el suelo. Se arrellanó, cómodamente, sobre su lado derecho. El hombre le rascaba sin prisa alguna y el cerdo resoplaba, ostensiva y placenteramente, de vez en cuando. Este rascar continuo se  alargaba en un ambiente de calma y al animal le producía una ligera somnolencia; le pasaba la mano por  la cabeza, la papada, el pecho, las nalgas.
Con una voz pausada se disponía a hacerle la misma pregunta otra vez, sin dejar de rascarle en el relajado pabellón de la oreja. Le habló como si lo hiciera a una persona ávida de recibir sus palabras. Y en ese instante fue cuando le introdujo el dedo índice en el oído y lo sacudió varias veces a la vez que le decía:
—¿Cuál es la pata del porquero?
Automáticamente, como un resorte, el animal levantó su pata izquierda y con un movimiento convulsivo la zarandeó varias veces queriéndole decir:
—“Esta es la pata, esta es”.
Después del tembleque, descansó el cerdo llevando su pata sobre la otra en reposo.
Con clara notoriedad el porquero se dirigió a su amigo:
—¿Te has dado cuenta, hombre, cómo responde a mi pregunta?
El amigo se quedó un poco extrañado, pero se reía a carcajadas cuando insistió otras dos veces más con la misma pregunta, y con tanto boato. El animal estaba seguro y siguió dando la consabida respuesta.

El porquero, que se había criado en el campo, sabía bien su oficio. Los cuidaba desde que amanecía y los tenía bien alimentados. Atendía solícito si los cerdos se aproximaban a las encinas, indicándole con ello que querían descorchar algunas bellotas dulces. Él las vareaba y a la vez los llamaba para ver si se habían quedado satisfechos. Y en esas atenciones estaba cuando adiestraba a los más despabilados en cosas que podían hacer gracia. O por lo menos eso era lo que él decía. 

viernes, 15 de enero de 2016

LIRAS PARA UN HOMENAJE


 (Dedicado al director del Orfeón Santo Reino CajaSur, D. Pedro Jiménez Cavallé)
Cristóbal Encinas Sánchez

Empeño y maestría;
sutil inteligencia en tu mirada;
la dulce melodía,
que al oído agrada,
de tu mano partió tras su llegada
al punto pretencioso
que hilvana a las ondas de hermosura:
un canto fervoroso,
henchido de frescura,
se expande en eufónica textura.

Y unidos, vas bordando

motetes de Victoria y de Guerrero,
himnos, que estás marcando
con cuidadoso esmero,
dan deleite sublime que venero.
Es el son polifónico
quien transmite el encanto que te induce
a un júbilo sinfónico,
que te eleva y conduce
la extensa actividad que te seduce.

¡Sea Euterpe tu Musa!
y el bienestar merecido alcances
y música profusa inventes;
y que avances en la felicidad.
¡Que Dios te guarde!

 (Jaén, junio de 2012)

EL PÉTALO OLVIDADO


CRISTÓBAL ENCINAS SÁNCHEZ



       Cogió un libro de la estantería y empezó a leerlo. Era de su época de juventud y presentaba un aspecto ajado y polvoriento. Había permanecido amontonado en el trastero debajo de otros libros sometidos a trasiegos inesperados. Dos hojas aparecieron pegadas; sus letras estaban adheridas y decoloradas. Tuvo el presentimiento de saber por qué estaban así. Percibió un leve perfume que le traía recuerdos ya olvidados. Las hojas del libro se habían pegado bien, y se habían mantenido así porque nadie lo había leído después de él. Con sumo cuidado intentó separar las dos hojas con su larga uña, utilizándola a modo de abrecartas.
Un perfume se desprendió del papel con poca fragancia y escaló en el espacio hasta su anhelante nariz que lo olfateó. El disecado pétalo rojo, ya ennegrecido, como reliquia de una amistad, recobró en su mente el color original y el tacto aterciopelado que tuviera en una tarde primaveral. Recordaba la mejor rosa entre cientos que enseñoreaban el jardín y que tantas veces frecuentó; para ella escogió el mejor pétalo, lo olió y se lo envió en una carta.
Su pensamiento le transportó al jardín de su barrio, donde conoció a la niña más guapa con las trenzas negras más largas que nunca vio. Le llegaban hasta la cintura y a él le gustaba hacer comparaciones con las de otras chicas en la plaza cuando salían al recreo.
Entonces una luz resplandeció en los ojos diminutos de aquel hombre ya casi apagado; una sonrisa brotó de sus labios secos, que parecieron saborear un exquisito manjar adornado de las mejores guirnaldas.
Era el sabor que dejaba el poso de los años vividos y ahora caía en la cuenta, era una semblanza: aquella chica parecía ser la que tenía sentada enfrente, en el hogar de su casa. Aquella mujer era la que lo había enamorado y con la que había convivido durante los últimos sesenta años.

jueves, 14 de enero de 2016

EL GATO ACECHÓN

Cristóbal Encinas Sánchez


      Tumbado en un rincón del patio, junto a las macetas florecidas, adormilado y feliz se mostraba el gato de la casa. Ronroneaba y comenzaba a desperezarse tras una buena siesta alejado de cualquier sobresalto.
En esos momentos se entreabrió la puerta de la calle, entornada para que no entraran las moscas. Apareció una perra grande que, sigilosa, se fue acercando al patio y a la vez mirando por entre la cortina de tiras de chapas de la cerveza. Observaba detenidamente cómo un gato romano blanco y rubicundo disfrutaba a sus anchas de todo el espacio. Cuando estuvo a la altura de él, muy delicadamente, le miró a los ojos hasta sorprenderle. El estampido que dio el felino fue espectacular. Nunca se vieron tantos músculos ponerse en acción, a una velocidad impensable para encaminarse a la frondosa parra que le protegía del sol.
Comenzó el gato a escalar por el grueso tronco pero la perra ya le andaba a la zaga y con el hocico le dio varios empellones hasta echarlo al suelo. Volvió a saltar el gato y esta vez se encaramó por los ripios de la tapia, no llegando ni a la mitad de su altura. La agresora volvió a atraparlo con su boca cuidadosa y lo zarandeó. Maullaba exasperado al revolcarlo en el suelo en cada intento de escaparse. Había comenzado un juego incruento, sin dolencias ni heridas, en el que la perra llevaba siempre la iniciativa. Estaba acorralado y, tambaleándose en una nube de polvo, se aproximó otra vez a la parra, cuando apareció el amo. Este fue su salvación, pues cogió a la perra  por el collar y así pudo librarlo de su inquisidora, que ya lo tenía mareado de dar tumbos.  Ya  alejados, los dos animales se observaban: ella satisfecha y él expectante y serio, con el lomo encrespado y el hopo levantado como señal de advertencia.
En el entramado verde del parral volvía a campar el gato resuelto como si nada ocurriese. A las varias horas, cuando empezó a ponerse el sol, aún permanecía la perra tumbada, junto al tronco, sin prisa esperando a que bajase el precioso minino, con una paciencia inusitada al no tener este otro sitio por dónde salirse del recinto. La seguridad que mostraba la perra era total: no se escaparía sin jugar otra vez con ella. Infeliz pensamiento, carente de lógica, porque inesperadamente, como un pesado bulto, se dejó caer el gato sobre el reposado cuerpo. La perra se había distraído un instante, el cual aprovechó para saltar e invadirla. En el momento de ponerle las patas sobre su barriga, se le escapó un ladrido que escandalizó a los que estaban en la casa. A la vez cayeron varias macetas al suelo y un cubo metálico que se utilizaba para regarlas. El alboroto fue exagerado. La perra, adolecida y renqueante, se levantó de forma atolondrada para seguirle. Por la puerta entreabierta pasó el gato como una exhalación, dándose otro golpe contra el panel de la misma, que incrementó el sobresalto de los allí presentes.

La perra se asomó a la puerta de la calle y se quedó triste con un par de orejas muy receptivas. A los de la casa les causó una sonora carcajada y a la vez admiración, al ver cómo se había escapado el pobre animal, tras darle su escarmiento a la juguetona y molesta perrita.

miércoles, 13 de enero de 2016

CAZUELA DE HORTALIZAS

                                                          Cristóbal Encinas Sánchez


Me encontré cebollas muy castizas,
pepinos, seis tomates y un pimiento;
aderezar con mimo ya lo intento:
les propongo un relato de hortalizas.
Previo los saqué de su aposento  
y los pelé con muchos desatinos,
hice en la cazuela sus destinos
sin causarme por ello desaliento.
Vertiole mucho sol el mes de agosto
al campo, que bien supo engordarlos
para obtener con ellos mi alimento.
Pipirrana los hice a bajo costo,
en una sopa de pan voy a cargarlos,                                                                            llevarlos a la boca: suculento.

domingo, 10 de enero de 2016

HE OÍDO COSAS



Cristóbal Encinas Sánchez

He oído cosas,
como que te ibas.
Y no puedo permitir que te diluyas
después de tanto tiempo transcurrida en mí,
que te inmiscuyes como música
en vívidos tránsitos de mi vida:
mi cabeza no descansa.
Salirte al paso y echarte el lazo
para que no escapes,
es lo que pretendo,
sin forzarte.
Me subiré al árbol guarnecido
para que no me veas
en ese bosque de los ojos tuertos
y de los silencios simulados,
de las bocas aturdidas e insalubres
que manan puros rejalgares.
Te hablaré con palabras de arrullo,
de suave aleteo,
y sorprenderte para que callada quedes
y confiada vengas a mis brazos,
como antes,
sin que le des oído
a las cosas displicentes
que la gente diga.
Si no pudiera traerte
daría mi condición de ser sincero,
con la agravante pena en mi corazón
de no ser un ente, nunca más, completo.
                                         

jueves, 7 de enero de 2016

UN POETA SIEMPRE MUERE


Cristóbal Encinas Sánchez


Un poeta es el que siempre muere.  
                                                            
Se murió a los ochenta,    
                                                                            
y entonces fue poeta,
                                                                             
aunque ya lo fuera a los cuarenta.  
                                                              
Poeta se es cuando se muere 
                                                                        
al ver en otro el sufrimiento;   
                                                                                
cuando se siente joven no lo siendo,   
                                                     
sabiendo que los huesos no responden. 
                                                     
Se sabe que eres poeta  
                                                                               
cuando ves que se te escapa lo más bello,  
                                                              
cuando oyes un suspiro y te sorprendes                                                         

a la edad que tengas.                                                                      

¿Sabes?, cuando te sientes humano                                                      

si lo dices a plena voz,                                                                         

entonces eres poeta.                                                                                          

También en el día de los Difuntos                                                                           

cuando vayas al cementerio                                                                                         

visites las tumbas y llores                                                                                           

sin desencajar la cara,                                                                                                 

sin encerrarte en la tristeza que las ausencias causan.                                                      

Cualquiera puede ser un poeta,                                                                              

pero nadie lo sabrá bien hasta que no estés muerto.

martes, 5 de enero de 2016

UN SOSTÉN PARA UN ASCENSO

CRISTÓBAL ENCINAS SÁNCHEZ

       En aquella noche de viernes había fiesta en el bar de abajo y el ruido se prolongaba hasta altas horas cerca de la playa. Avisé a sus propietarios de que se estaban pasando y que bajaran el nivel de la música. Aún así, el ruido de fondo no bajó de los decibelios reglamentarios para poder dormir. Así que me subí a la terraza del bloque y estiré una hamaca. Cogí del tendedero lo que pillé a mano, un sujetador, para protegerme la cabeza y los oídos. Cuando me dormí, lo hice tan profundamente que al despertarme con el sol en lo alto y sin aquella prenda sobre la cabeza me inquieté; pensé que lo habría lanzado a la calle o que una gaviota golosa me lo había robado. Di un salto de la incómoda cama y, obnubilado, busqué por las inmediaciones con tal mala suerte que al primer paso lo pisé y me trabé con él. Estuve a punto de caer al suelo pero lo peor fue que se le rompió el corchete. 
                                                         
Pronto el pánico se adueñó de mí. ¿Cómo le digo yo a la vecina que había cogido su sujetador? ¿Para qué? Se reiría de mí y no escucharía mi explicación; es más, se sonreiría con un gesto de incipiente sorna y dejando caer sus párpados para así ocultar la inocua malicia que reflejase en sus ojos azules. “Ya está, me voy a la capital; es sábado y compraré otro de las nuevas líneas, con realce, de una prestigiosa marca", me dije.
Finalizaba el mes de agosto. Tras preguntar en varios sitios, me encaminé hacia el Corte Lencero. Encontré a la dependienta que estaba recogiéndolo todo porque a otro día se iba de vacaciones. Eran las diez de la noche menos un minuto. Cuando le mostré el vejado sujetador para que sacara otro de la misma talla, supo que para mí era importante atenderme ipso facto. Ella era una chica muy despierta, atenta y muy guapa. “No quedan de ese modelo pero hay otro que tiene mejores características, solo que es de un color verde más claro. Yo llevó otro igual”. Y me dejó entrever un poco la parte superior del suyo con mucha compostura, eso sí. Era más delicado y bonito que el de mi vecina. A las diez y cinco minutos de la noche apareció la dependienta con un sujetador "Wonderbrá" en la caja que trajo del almacén. La venta la hizo muy agradablemente, a pesar de exceder del horario establecido, y yo quedé con el problema ampliamente resuelto. Le pagué con la tarjeta de crédito y me dio la factura y su teléfono por si tenía que devolver la prenda. Le di las gracias por la información y el trato, y le deseé unas buenas vacaciones.
Al día siguiente le dije a mi vecina que el día anterior subí a la terraza a cortar unas maderas de pino creosotado y que las astillas saltaron manchando su sujetador con esa sustancia tan pegajosa, y que no podría volver a ponérselo. Y que en consecuencia me había tomado la libertad de comprarle otro mejor, y le pedí perdón por ello. “No me hacía falta, pues tengo otros nuevos”, dijo con un poco de picardía. Yo percibí que le había gustado mi atrevimiento, aunque no le agradó del todo saber que la chica que me lo vendió me había mostrado uno similar que llevaba puesto. Me dio las gracias por el detalle y se despidió sin más, algo seca.

A primeros de octubre sonó en mi teléfono una voz de mujer que al principio no caí en la cuenta de quién sería. "Soy la chica del Corte Lencero, que le vendió un sujetador. Por favor, si usted tiene un rato libre y quiere pasarse por nuestras dependencias, la dirección de la empresa le quiere dar las gracias por la confianza depositada en nosotros y yo que por rebasar la cuota de artículos vendidos: me han ascendido".                                  
Como no me dio tiempo a pensar en un motivo para excusarme, le dije que sí, un poco desconcertado.