sábado, 10 de octubre de 2015

CUADRO FLAMENCO

CRISTÓBAL ENCINAS SÁNCHEZ
       Aquella tarde de verano llegaron los tres gitanillos bien trajeados al museo de cera. Entregaron su entrada al portero y ya dentro se encaminaron a una sala donde se representaba un cuadro flamenco. El grupo de figuras tenía un realismo exagerado. El cantaor se estrechaba y casi se le podía adivinar su sentimiento. La bailaora, con un caracolillo en su frente, miraba hacia sus zapatos y se movía, haciendo zigzaguear su  larga cola. El guitarrista ensimismado tocaba, seguro, una seguiriya.

A la voz de uno de los jóvenes, los tres se colocaron entre los espacios de las figuras enceradas del cuadro, adoptando los gestos y las posiciones idóneas respecto de lo que allí se quería representar. La empatía de los recién llegados era de muy alto grado. Tocaron las palmas, las castañuelas, y se oyó un taconeo brillante que llamó la atención del ordenanza, el cual optó de inmediato por acudir a la sala de donde procedían tales sonidos. Entró y presenció la escena. 
Quedó perplejo al ver aquel cuadro antiguo que nunca había estado tan bien acompañado y dispuesto para comenzar su primera función. ¡Ya era hora!

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