Cristóbal Encinas Sánchez
Tras aterrizar en el aeropuerto de N´djili,
en Kinshasa, atravesamos el bulevar para dirigirnos al hotel Marie. Era de
noche y llovía a raudales. Allí nos estaba esperando el grupo de investigadores
y los porteadores que nos ayudarían en el transporte de los equipos y el
material técnico necesario en nuestra expedición. Tras tener una pequeña
recepción, donde nos dieron la bienvenida, nos fuimos directamente a nuestras
habitaciones. Nos sirvieron comida congoleña a bases de una pasta densa, fufú, hecha
de mandioca que se toma con una sopa de cacahuete. El camarero me hizo una
pequeña demostración de cómo se debería comer aquella mezcla, para mí
indigerible, que me resultó desagradable, sobre todo cuando vi que no se había
lavado las manos.
Continuaba lloviendo y hacía mucho
calor. Debí de dormirme pronto porque, tras un viaje agotador, nos restaban
siete horas para salir a la selva. Mi compañero se había dormido pronto en la
cama con visillos para protegerse de los mosquitos. Nos dijeron, nada más
entrar al hotel, que no se nos olvidara este detalle.
Cuando me desperté había amanecido y
sentía el ronroneo de los preparativos en el hall. La gente andaba deprisa, y
el taconeo de alguien que usaba botas camperas me hizo pensar que estábamos en
España. Era mi compañero que lo había hecho a propósito para despertarme.
Nuestra expedición, formada junto a la puerta trasera del edificio, salió del
edificio al jardín y por una senda nos incorporamos al camino de tierra que nos
adentraría directamente en el bosque tropical. Tras cuatro horas de caminar sin
darnos el sol, hicimos una incursión en un pequeño valle. Era nuestro primer
asentamiento y allí tomamos un tentempié. De una acequia tomamos algunas
muestras. Pusimos un pequeño caldero para calentar el agua y cocer un alimento que
los indígenas llamaban chikwanga. Descansamos un buen rato. Había muchos
mosquitos y me alejé unos cincuenta metros de allí, huyendo de ellos. Estaba
seguro de que bajo aquel árbol de singular peana estaba protegido. Noté como un
vahído tras sentir cómo una fina aguja se me clavaba en el cuello. En mi mano,
ya muerto, el insecto presentaba largas extremidades y la cabeza amarilla con
una trompa exagerada y alarmante. No le hice mucho caso a la picadura, pues
continuamente se oía un "plas" al darse palmadas los compañeros. Como cuando se produce una resección, o se
tuesta una piel en la lumbre, así noté yo en todo mi cuerpo. Mis brazos y mis
piernas se acortaban y mi cuerpo se volvía delgado. Mi cabeza se encogía por el
cuello de la camisa y la ropa se arrugaba. De pronto me vi dentro de una
montaña de ropa que me aplastaba. Era como una jungla de colores vainillas y
después blanco. Algo me impedía ver con claridad. Tenía miedo. Yo veía, desde
aquella amalgama esponjosa, muchos vericuetos por donde salir. Era raro que estuviera
involucrado en aquella vorágine, tan inesperadamente, como si un torbellino me
hubiera engullido. Allí estuve pensativo durante unos segundos, o eso supuse.
Había más claridad, por lo que el miedo desapareció y seguí caminando de una
manera alocada y obsesiva. Al salir por un agujero, cuando me dio el sol, vi un
trasiego de compañeros que pronunciaban mi nombre repetida y sonoramente. Me
buscaban, y yo los miraba extrañado de que no me vieran. Vi las botas de uno
acercarse a mí. Yo pensaba que estando allí, recostado en el suelo, me verían,
pero no, casi me pisa. Comencé a ver con más nitidez y me di cuenta de que de
mi cabeza salían un par de cuernecitos. No le hice caso a mi apreciación, pero
me miré las manos y no vi mis dedos.