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domingo, 21 de junio de 2026

UNA HORMIGA EN LA SELVA

 Cristóbal Encinas Sánchez 

            Tras aterrizar en el aeropuerto de N´djili, en Kinshasa, atravesamos el bulevar para dirigirnos al hotel Marie. Era de noche y llovía a raudales. Allí nos estaba esperando el grupo de investigadores y los porteadores que nos ayudarían en el transporte de los equipos y el material técnico necesario en nuestra expedición. Tras tener una pequeña recepción, donde nos dieron la bienvenida, nos fuimos directamente a nuestras habitaciones. Nos sirvieron comida congoleña a bases de una pasta densa, fufú, hecha de mandioca que se toma con una sopa de cacahuete. El camarero me hizo una pequeña demostración de cómo se debería comer aquella mezcla, para mí indigerible, que me resultó desagradable, sobre todo cuando vi que no se había lavado las manos.

            Continuaba lloviendo y hacía mucho calor. Debí de dormirme pronto porque, tras un viaje agotador, nos restaban siete horas para salir a la selva. Mi compañero se había dormido pronto en la cama con visillos para protegerse de los mosquitos. Nos dijeron, nada más entrar al hotel, que no se nos olvidara este detalle.

            Cuando me desperté había amanecido y sentía el ronroneo de los preparativos en el hall. La gente andaba deprisa, y el taconeo de alguien que usaba botas camperas me hizo pensar que estábamos en España. Era mi compañero que lo había hecho a propósito para despertarme. Nuestra expedición, formada junto a la puerta trasera del edificio, salió del edificio al jardín y por una senda nos incorporamos al camino de tierra que nos adentraría directamente en el bosque tropical. Tras cuatro horas de caminar sin darnos el sol, hicimos una incursión en un pequeño valle. Era nuestro primer asentamiento y allí tomamos un tentempié. De una acequia tomamos algunas muestras. Pusimos un pequeño caldero para calentar el agua y cocer un alimento que los indígenas llamaban chikwanga. Descansamos un buen rato. Había muchos mosquitos y me alejé unos cincuenta metros de allí, huyendo de ellos. Estaba seguro de que bajo aquel árbol de singular peana estaba protegido. Noté como un vahído tras sentir cómo una fina aguja se me clavaba en el cuello. En mi mano, ya muerto, el insecto presentaba largas extremidades y la cabeza amarilla con una trompa exagerada y alarmante. No le hice mucho caso a la picadura, pues continuamente se oía un "plas" al darse palmadas los compañeros.       Como cuando se produce una resección, o se tuesta una piel en la lumbre, así noté yo en todo mi cuerpo. Mis brazos y mis piernas se acortaban y mi cuerpo se volvía delgado. Mi cabeza se encogía por el cuello de la camisa y la ropa se arrugaba. De pronto me vi dentro de una montaña de ropa que me aplastaba. Era como una jungla de colores vainillas y después blanco. Algo me impedía ver con claridad. Tenía miedo. Yo veía, desde aquella amalgama esponjosa, muchos vericuetos por donde salir. Era raro que estuviera involucrado en aquella vorágine, tan inesperadamente, como si un torbellino me hubiera engullido. Allí estuve pensativo durante unos segundos, o eso supuse. Había más claridad, por lo que el miedo desapareció y seguí caminando de una manera alocada y obsesiva. Al salir por un agujero, cuando me dio el sol, vi un trasiego de compañeros que pronunciaban mi nombre repetida y sonoramente. Me buscaban, y yo los miraba extrañado de que no me vieran. Vi las botas de uno acercarse a mí. Yo pensaba que estando allí, recostado en el suelo, me verían, pero no, casi me pisa. Comencé a ver con más nitidez y me di cuenta de que de mi cabeza salían un par de cuernecitos. No le hice caso a mi apreciación, pero me miré las manos y no vi mis dedos.   

            Comencé a ponerme nervioso. Mi cintura se arqueaba y mis largas extremidades soportaban mi peso con absoluta facilidad. Me sentía muy ligero. Algo de color negro se había incrustado en mi piel, cosa que me angustió. Me sentía tan ágil que corría velozmente. Me aproximé a la acequia donde antes nos habíamos sentado a tomar un bocado y me vi reflejado en el agua. Unas fuertes antenas se movían con soltura. Mi cerebro no daba más de sí, no tenía con quién compararme, estaba solo. Descubrí que era una hormiga soldado del nuevo mundo.

jueves, 7 de mayo de 2026

UN CANTAR DE MAYO

 

CRISTÓBAL ENCINAS SÁNCHEZ

Se alza mi semblante al cielo

cual pétalo cuajado de rocío,

al ver tu cara repleta de alegría

y cómo descansa tu cabello.

Te elevas, oh cabeza mía,

en un torrente de emociones nuevas,

¡qué caricias me haces con tus párpados!,

¡qué risueño tu cabello endrino!

Esta noche me siento emocionado

con un beso tras otro de tus labios,

eres como una dulce explosión de agua,

tu frescura mana de fuente cristalina.

Profusa eres cual aire que respiro

en un mar de rosas a lo grande,

encendidas,

con toda la fragancia que a tu paso exhalas,

y reposas mi ánimo como un oloroso vino.

Eres tan hermosa mujer, tan imperiosa,

como el perfume de un cantar de mayo

con la claridad violeta del temprano cielo:

mantienes mi ardor y mi osadía es plena.

Oh, mujer, quisiera ser poeta

y contarte mi expresión y sentimientos,

con la clara alusión a que te quiero.

sábado, 21 de marzo de 2026

DÉJALA HABLAR



CRISTÓBAL ENCINAS SÁNCHEZ

Déjala ser y no la obligues,

ha vagado por el ancho océano

vestida con el desaire de la gente

y el desprecio.

Déjale sus ropas destrozadas

que todavía queda calor en sus costuras

y muestran su esperanza.

No la desarmes más,

que entonces muere.

En sus ojos canta sus desdichas,

¡déjala cantarlas!

y que con su lengua acorte el camino al desconsuelo.

¡Déjala hablar!,

que su dolor se esparza

y ella se libere de ese fuego

que le roe las entrañas.

El tiempo actúa sobre su piel

que se muda al cambiar de boca en boca

sus palabras

prodigando las insalubres pasiones infligidas

y las llagas que destacan por su cuerpo.

¡Mira más su cara!,

remédiala del tormento,

cúrala pensando

que su mirada ¡no debes doblegarla!

 

Dulzura infinita sus labios suplican,

y otros labios azules, sus sentimientos.

¡Tú, sacrifica tu violencia!,

escupe tus malos estandartes

y la crueldad de tus humores.

Las lágrimas caídas sobre sus pies

que clamen por todos los espacios

desahuciados de dolencias,

cargadas de perfumes y de esencias

propias de los buenos sentimientos.

Una explosión de júbilo

se hará visible ahora

y prosperará ante los campos abiertos,

sin fronteras.

(GRITO DE MUJER, SIN FRONTERAS, Y POR LA IGUALDAD)


viernes, 13 de marzo de 2026

DUROS DÍAS

 

CRISTÓBAL ENCINAS SÁNCHEZ

Duros días los que están sufriendo estas personas

que pasan las fronteras buscando nueva vida,

que huyen de la guerra que les castiga injustamente.

Pero la Inhumanidad de la gente es muy cruel.

¿De qué estamos aprendiendo todos?

¿Hacia qué bestia nos encaminamos?

Si aturdidos hemos perdido el Norte,

¿quién nos reconducirá por esta jungla desalmada?

¿Dónde está el hombre nuevo?,

el que aprendió mil veces de sus padres

que la guerra nunca es buena,

que estudió el saber estar,

la Filosofía y otras carreras de Humanidades

en la época de la Prosperidad.

Creo que la Injusticia lo invade todo

y todos estaremos proclives al daño,

esperando anclados a vivir sus consecuencias.

Esto no nos lo enseñaron nuestros maestros.

Las personas no debemos de permitir nunca

que pasen cosas tan horrendas delante de nosotros:

una tara que descompone a la Humanidad.

Por eso clamo al cielo: ¡sin murallas!,

por el amor,

y así tener un poco de esperanza.

martes, 10 de marzo de 2026

YA NO SOY


CRISTÓBAL ENCINAS SÁNCHEZ

Tendré que morir a cada instante, día a día para seguir sufriendo y para no tener que aceptar la nada. Es mejor así ¿Por qué no se me reconoce ahora a mí que soy la madre?

    Conseguí un tesoro de bondades para todos; hice los aires, la lluvia, las primorosas cuevas y el progreso con mis manos y con la luz que me ayudó segundo tras segundo, hora tras hora; y así transcurrieron los siglos.

    ¿Y la admiración por mi labor hasta el reconocimiento, comenzada en la noche de los tiempos?

    Ahora no puedo entender que casi todos se olviden de mí, sabiendo que Dios y yo éramos uno.

    Sobre mi piel, como escrito en el más antiguo libro, se tejieron todos los convenios, se promulgaron todos los derechos y los artículos más osados dieron quehacer y fortaleza a todo el mundo. Entonces, algunos soñaron con nadar en la abundancia, en piscinas de oro adornadas con las gemas arrancadas de mis profundas entrañas. Creían que nada ya les faltaría; pero sólo les faltó el amor y un poco de humildad y de destreza.

    Me miro en todos los espejos y por todos lados veo un resplandor; mas detrás de mí se ocultan tristes desengaños y un oscuro presagio que no os dejará salir del torpe enredo y la catástrofe: la amenaza de los más miserables y de los más ciegos, que van a conseguir tabla rasa en este juego vil.

   ¡Falte yo de vuestro ser y os faltará la vida! ¡Ya no sé quién soy!, pero la Naturaleza, intuyo, de las cosas aún soy, o tal vez lo fui del pájaro, del árbol, de la nube, del mar; soy hueso, corazón, arteria y pensamiento de cada uno de vosotros.

    Pero que Dios me perdone y en auxilio mío acuda. Me sale del alma lo que os voy a decir: os detesto. Simplemente rechazo todo lo que me hacéis. Me habéis robado la esencia de mi ser y toda mi fama.

    Y no ser yo, no puedo aceptarlo. Tampoco llegaré a comprenderos si en los años venideros seguís comiendo, con afán y desespero, la flor de mis entrañas.

sábado, 14 de febrero de 2026

UN BESO

 (Cristóbal Encinas Sánchez)

Los hierros de tu ventana
tomaron calor del beso
aquel que me sorbió el seso
en una noche temprana.
Tus ojos visten de tul
y ondean al aire, gitana,
sus vestidos de sultana
al mirarme niña, tú.
Como encajes de princesa
me abanican tus pestañas
y me quitan mis migrañas
tus miradas de grandeza.
Enfrente de tu ventana,
mirando al cielo impasible,
guarda tu rostro sensible
aquella estrella lejana.
Aquella estrella lejana
que miro todas las noches
me lanzó tiernos reproches
al irse de madrugada.
Aquella estrella temprana
supo lo que yo sentía:
comprendió que te quería
ver solita en tu ventana.
Aquella estrella dorada
que de tu cara es espejo
sabe que mi amor es viejo
por ti, mujer adorada.
Estás tendida en el lecho
cuando canta mi guitarra
por la puerta de tu casa
el amor que hay en mi pecho.
Los besos de tu ventana
saben a cuatro colores:
violeta de mis amores,
naranja, celeste y grana.
Los hierros de tu ventana
tomaron calor del beso
aquel que me robó el seso
un día en la madrugada.

miércoles, 21 de enero de 2026

SED

 


Cristóbal Encinas Sánchez

            Le decía a la mujer del cuadro: "Mujer, mírame a los ojos para quitarme esta pesadumbre y dame un poco de frescura, tengo mucha sed y calor, estoy cansado".

            Había venido tras los montes clamando, y la miraba extasiado. Era guapa, trigueña, con un mirar apasionado. El sol se derretía en el firmamento, la campiña era extensa. Después de estar postrado frente a ella unos minutos, se durmió profundamente hasta la noche. Y soñó.

            La soñó con tanta intensidad que ella se hizo presente. Entonces le dio toda el agua que pudo desear.