(Cristóbal Encinas Sánchez)
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sábado, 14 de febrero de 2026
UN BESO
miércoles, 21 de enero de 2026
SED
Cristóbal Encinas Sánchez
Le decía a la mujer del cuadro:
"Mujer, mírame a los ojos para quitarme esta pesadumbre y dame un poco de
frescura, tengo mucha sed y calor, estoy cansado".
Había venido tras los montes
clamando, y la miraba extasiado. Era guapa, trigueña, con un mirar apasionado.
El sol se derretía en el firmamento, la campiña era extensa. Después de estar
postrado frente a ella unos minutos, se durmió profundamente hasta la noche. Y
soñó.
La
soñó con tanta intensidad que ella se hizo presente. Entonces le dio toda el
agua que pudo desear.
domingo, 12 de octubre de 2025
EXTRAÑOS EN UN BAR
Cristóbal Encinas Sánchez
Una
pareja del bar hace comentarios sobre el último personaje que los observa desde
el escaparate. Su aspecto es de hombre duro. Lleva gabardina y el sombrero
calado.
–¿Lo has visto?, parece no fiarse del
entorno. Nos mira insistentemente por el rabillo del ojo, creo que sospecha. Entorna
los ojos como si no viera bien. Ahora se está fijando en los bocadillos, tendrá
apetito –comenta Silvana.
–Déjate tú, que eso es lo que
aparenta. Observando su fachada, se ve que va en busca de un refugio; huye de un
peligro inminente. Su mirada perspicaz denota ausencia de miedo –le responde Stéfano.
–Ya
sabemos que tienes un conocimiento amplio de la psicología humana. Pero no me
fío nada de él –dice Silvana, arrogante.
–Yo lo vi hace media hora sentado en
el banco del parque –se entromete José, el camarero–, antes de entrar a
trabajar –es un hombre atento, en quien se puede confiar.
El personaje del escaparate, después
de unos minutos, decide entrar. Con cuidado acciona el picaporte de la puerta.
Es sigiloso y prudente.
–Buenas y frescas noches tengan.
–Muy buenas –responden al unísono los
tres, como si esperaran a que los saludara. No se quita el sombrero y mantiene
la cabeza gacha, por lo que a los demás les disgusta.
–¿Desea tomar algo, caballero?, ¿un
bocadillo caliente? –se le dirige José, afable.
–No, por favor, solo un vaso de
leche. No la caliente demasiado –tiene un aspecto serio, y una cicatriz le
asoma en la frente por debajo del sombrero.
Mientras tanto, la pareja continúa hablando
del tema.
–No es normal que, con la
temperatura que tenemos aquí, no se haya quitado la gabardina ni el sombrero –le
dice Silvana, intuyendo un mal presagio. Ella se baja del taburete y entonces
luce su vestido rojo, ceñido y elegante.
–Será un hombre friolero, y que
además tendrá que salir pronto –se le ocurrió susurrarle Stéfano–. Es una
persona de fácil palabra que da explicaciones a todo.
El desconocido deja una carpeta
encima del mostrador. En ese momento la máquina del café da un silbido
indicando que la leche está caliente. El camarero le pone el vaso lleno y dos bolsitas
de azúcar. Él aparta una al borde del plato. Saca su mano izquierda del
bolsillo del pantalón para subirse a un taburete para estar al nivel de los
contertulios. Sin darse cuenta, le da al vaso con la manga y este cabecea. En
un segundo suena un golpe en el suelo. Se le ha caído algo pesado.
–No se preocupen, no es nada –rápidamente,
recoge la pistola y la vuelve a meter en el bolsillo. Los demás quedan
impresionados.
–¡Perdone, caballero!, ¿cómo lleva
usted eso? Se le ha podido disparar –le salta el camarero, sorprendido.
–Insisto, no se preocupen, soy
policía y le tengo el seguro echado. Me he despistado.
–Ya te lo dije que este buscaba algo
más. ¡Vámonos de aquí! –dice Silvana bajando la voz–. ¡Deme la cuenta, por
favor!, tenemos que irnos a preparar el baile en el teatro Gran Vía –se dirige Silvana
al camarero.
–Déjelo, señorita. Hoy invita la
casa. Esta noche voy a verles actuar, recuerde que me regaló usted una entrada
–ellos actúan esta noche por primera vez.
–Gracias, José. Buenas noches.
–Muchas gracias. Buenas noches –se
despidió Stéfano.
El policía se despidió a los varios
minutos de haberse ido la pareja. Dijo adiós a José, con un tono apenas audible,
mirando al suelo, abochornado. Dejó una moneda de dos euros en el mostrador. Se
dio la vuelta y salió.
–El cambio, señor, un euro –el
policía le hizo una señal, dejándoselo de propina.
En la esquina próxima seguía la
pareja comentando el caso.
–Creo que la sirena que se oye es la
de un coche policía que viene a por él. Estaba haciendo hora, ¿no te has dado
cuenta? –comentó Stéfano.
El policía llegó hasta la altura de
la esquina donde charlaban y les conminó con una sonrisa cínica:
–Váyanse pronto a casa, pareja, que
estamos aguardando para hacer una redada en vuestro teatro. Así que cojan otra
dirección. Tengan más suerte la próxima vez.
Los dos se miraron para continuar otra
ruta. Al doblar la esquina, sintieron una liberación. En medio minuto el coche
policial llegó con la sirena callada. El policía se metió en el coche y se
dirigió con sus compañeros hacia la salida del teatro.
–Menos mal –dijo Silvana–. Al final,
nos ha informado de lo que nos podía caer encima. Ya decía yo que ese personaje
se traía algo muy sospechoso entre manos.
jueves, 9 de octubre de 2025
A MI AMIGO MANUEL RAMOS MIRANDA
Cristóbal Encinas Sánchez
Mejor
que haya sido un invento de alguien
y
que no hayas muerto.
Yo
no te hubiera dejado
y
menos sin reconocerte.
Después
de todo este tiempo,
han
pasado quince días,
ahora
no quiero saberlo,
me
quedo en el dilema.
Pero
cuento con que sigues vivo.
martes, 7 de octubre de 2025
LA AUSENCIA
Cristóbal Encinas Sánchez
Entrando por el acceso del
puente viejo al pueblo, vi entre las personas allí reunidas, a mis amigos que
me esperaban. El conductor del autobús decidió parar. Bajé y me dirigí a los
que hicieron el amago de saludarme. Había algunas caras lejanas que no osaron
hacer ni un leve movimiento con la cabeza, estaban como agarrotados.
De
solo veinte minutos fue la parada pero nos estuvimos mirando todos a los ojos,
casi con sorpresa de encontrarnos vivos y con ganas de demostrar cierta alegría
e interés, y también pena, pues rápidamente se nos bajaron las lágrimas al pavimento.
Casi no hablamos nada pero seguíamos cogidos de las manos, sin prisa, como
cuando de pequeños jugábamos a la rueda.
Los
padres de mi novia permanecían como ausentes: pensaban en la mala suerte de su
hijo que acababa de llegar en un furgón oscuro proveniente de París. Sus caras
lo podían decir todo: la crueldad infinita, el desgarro más profundo, la
soledad. Lo traían a su casa, ya sin ninguna esperanza, después de los
atentados de noviembre de 2015.
sábado, 4 de octubre de 2025
UNA ROSA
Cristóbal Encinas
Sánchez
A las afueras del barrio de las Cinco Casas, había un muro paralelo a la cuneta de la carretera donde pintaban los jóvenes sus corazones atravesados por una flechas extremadamente grandes. Los nombres de ellos estaban en clave, de instrumentos musicales y a los de ellas les ponían nombres simulados de flores: Margarita, Hortensia, Azucena... Como algunos no tenían muchas expectativas de que se echaran por novia a tales señoritas, solían poner debajo una fecha imposible de cumplir, las de un año futuro imposible de llegar, como el 3.250 d.C.
Uno de los jóvenes, muy enamorado y ágil en su conquista, le daba besos a su amada muy repetidamente y de escasa duración. La chica que era un poco tímida, en principio, los aceptaba de buen grado y siempre a escondidillas. Con el tiempo se fue afianzando su confianza en él y su forma de besar le entusiasmaba. Llegó la noche de Santiago y había verbena en el barrio. Fue la gente del pueblo a divertirse pero en cuantía de unas quince o veinte niñas, las amigas que allí vivían.
Durante el descanso de la orquesta, se fueron "el Flauta" y "la Rosa" detrás de unos jardines próximos al parque. No había mucha claridad pues no había salido aún la luna, y farolas no había muchas. Adentrándose un poco, él no se lo esperaba pero ella se abalanzó de forma que lo sentó en un banco de madera. Le sujetó la cabeza y se la acercó de súbito a su boca. Se le fue la cabeza, y el primer beso fue largo, voraz e inolvidable.
–Te quiero, Rosa –decía él cuando casi al medio minuto lo dejaba respirar. Y secundaba con otro beso aún más pasional y prolongado. Era el éxtasis.
Los demás jóvenes, con su cachondeo habitual, de uno en uno, iban pasando cerca de donde estaban los enamorados y se dejaban caer con: "Que te asfixia, no se te ve ni respirar" o "te vas a poner morao".
Comenzó la música. Todas las parejas se aproximaron para bailar los dulces valses de Strauss que les tenían reservados. Al Flauta y a Rosa no se les vio asomar y algunos se miraban suspicaces hacia los alrededores, haciéndose musarañas, coquitos: Solo Dios sabría lo que se estarían amando.
A otro día en el muro había una larga inscripción debajo de dos corazones ensartados que decía: "A cien metros de aquí, por pocas si se produce la defunción del " flautista" por falta de aire".
Y allí quedó perdurable un perfume a rosas recién cortadas.
sábado, 27 de septiembre de 2025
UN JORNAL MUY DISCUTIDO
Cristóbal Encinas Sánchez
La
veraniega noche se había echado encima. Después de una jornada dura, le había
sorprendido trabajando. Por la senda hacia el llano de trigo, Sergio iba
caminando próximo a las filas de haces, poniéndolos en cargas de a doce. “Es
una gran satisfacción rendir uno lo que le pagan”, pensaba. Estaba seguro de
que al año siguiente lo llamarían para hacer el mismo trabajo.
Su perro, Relámpago, no lo
perdía de vista y le acompañaba sin quedarse nunca atrás. A veces se ponía
junto a él, incluso cuando iba a beber agua, para que supiera que también él tenía
sed.
Sergio
había recogido su hato con las cosas personales y se disponía a irse a casa,
pues al día siguiente se acabaría la siega. Colgó su hoz por la empuñadura a su
cinturón, a la altura de la rabadilla. Ya en la vereda, se le fue acercando alguien
que él intuyó que sería el encargado de la finca, que venía solo andando para
no hacer ruido. La mula que siempre le acompañaba la habría dejado próximo a la
era. El segador reparó en que le haría alguna sugerencia. Volvió la cabeza hacia
atrás y se giró; varios segundos después los dos se encontraron de frente, sin
saber ninguno la intención del otro. La luz crepuscular desaparecía. Se
aproximaron un poco más. La noche, al parecer, venía cerrada.
–¡Que
sea la última vez que cazas a estas horas con el perro! –dijo el manigero sin
saludar previamente, no lo hacía nunca.
–Yo
no cazo ni de día ni de noche con el perro, porque él no sabe el oficio, solo
juega con todos los animales que se encuentra –dijo el jornalero con voz
decidida y clara. Se sintió molesto porque aquella conversación no tenía por
qué comenzar en aquel tono.
–Tu
perro siempre va buscando por todos los majanos y olisqueando todos los cubiles
de los conejos, que lo veo yo.
–Sí,
es verdad pero présteme atención: él escucha todos los ruidos que hacen los
animales, pero le puedo asegurar que nunca le ha hincado el diente a ninguno.
Yo le doy bien de comer, y no me gusta que vaya por ahí atrapando lo que se
encuentre o pidiendo las sobras a mis compañeros en el almuerzo. Como no es
depredador, no lo echa en falta.
–¡No
me vengas con esas!, que espanta a todas las perdices que hay. Así que el
perrito te lo dejas mañana en tu casa o lo atas en aquel chaparro y, cuanto
acabe la jornada, lo sacas a pasear, porque tú ya no tendrás que echar horas
extras, los demás sí. ¿Me has entendido?
–No
creerá usted lo que me está diciendo cuando sabe mejor que nadie que el perro se
porta bien y que en todo el día no se retira de mí.
–Tú a
mí no me corriges, ni me insinúes que puedo estar equivocado, o que estoy tonto
y no me doy cuenta de las cosas. Hazme caso y no te arrepentirás. ¡Cállate y
vete ya a descansar, que mañana te interesará cumplir bien!
La
noche se había cerrado totalmente, y ellos no se veían las caras. El segador le
contestó al instante:
–Ahora
mismo me voy, pero... de juerga, porque la feria empezó esta mañana y nos
juntamos los amigos en el recinto. A estas horas, usted ya no manda.
–Si
tú te vas de juerga, que yo no te vea porque si no lo vas a notar.
–¿Me
vas a dejar sin dar el jornal? –le habló de tú a tú la primera vez y sin
remilgos.
–Algo
peor. Me vas a tener que pagar el dinero que me pediste como adelanto, pues el
amo me ordenó que te lo diera del mío propio, pero no me lo repuso.
–Tú
no le has adelantado tu dinero a nadie nunca, porque eres avaricioso y la
envidia te come.
Las
cosas se estaban poniendo tensas y el manigero elevó la vara de olivo que tenía
en su mano y la blandió en el aire. El segador permaneció en el sitio, muy
atento, sin moverse.
–No
me digas. Os he dejado muchas veces recoger las bellotas de las encinas dulces
que lindan con el monte y las brevas de las higueras del barranco, buenísimas,
cuando yo tenía cerdos que alimentar –dijo subiendo el tono de voz, desaforadamente,
dándole algunos de sus "perdigones" en la cara.
–¡A
ver si te vamos a agradecer hasta el aire que respiramos!
Se
cortó de golpe la conversación. Las estrellas daban una tenue señal luminosa.
El jornalero, sigiloso, descolgó su hoz del cinto, la aprehendió con destreza y
la elevó sin rasgar el aire hasta que rodeó el cuello de la camisa del
encargado, y sin que este lo advirtiese; entonces le comentó:
–Te
sugiero que no te exaltes tanto y que bajes el tono de tu delicada voz, porque
mi mano empieza a temblar –en ese momento se levantó aire y la herramienta
cantaba en un tono susceptible de ser oído– y corta el pescuezo de cualquier "gallo"
en un verbo.
El
avasallador sospechó algún ardid en su contrincante e intuyó, como en una
ligera mordida, los dientes de la hoz en su camisa, pero no vio nada en
absoluto.
–No
te lo tomes así. Ahora te digo que el amo tiene previsto despedir a alguno de
los segadores en el otro pedazo que nos queda y había pensado en ti, pero yo le
he quitado las ideas en tu beneficio.
–Tú
dices eso sabiendo que a mí no me despedirá pues él sabe que soy de los primeros
que está en el tajo cada día. Y no me arredro ante el trabajo con todo el calor
que hace. Después me quedo a recoger las gavillas que otros han dejado
aisladas, para que no tengas argumentos contra nadie. Y ahora estás acabando
con mi paciencia.
Nuevamente
otro golpe de un viento malagueño que se había levantado. Los dientes de la
hoja bien templada de la hoz habían atravesado la tela de la camisa próxima a
la tirilla del cuello del encargado mordiendo suavemente su piel. Vibraba muy cerca
de su oreja y, en la mano de un segador diestro, la hoja seguiría fiel el deseo
de este. Sergio no esperó más para decirle en un tono más calmado:
–Cuando
quiera, jefe, nos despedimos, pero que sepa que estoy dispuesto a no recibir
más amenazas. Hasta estoy por concederle el gusto de no irme a la feria si se
empeña –y ahí cambió rotundamente el tono que había adquirido la conversación.
–No
me lo tomes a mal, muchacho. Lo que te he querido decir es que si trasnochas,
puede ser que no llegues mañana el primero al tajo, o que no puedas rendir lo
que te pagan. Y yo sé que tú tienes mucho amor propio.
–Sabe
usted que sí, pero no me cabree, pues estoy harto de sus chuminadas. Estoy
dispuesto a ponerle freno.
El
perro, fiel a su amo, le rondaba apesadumbrado y escurridizo, presintiendo un
desenlace descabellado. El miedo se adueño de él y se apartó hacia una encina.
–Perdona,
Sergio –dijo el afrentado–. Es tarde y no podemos andar discutiendo. Acuérdate
de invitar al tus compañeros en la feria. El amo tuvo la atención de decírmelo
esta tarde cuando fui a por el agua. Os lo merecéis porque rendís en cantidad.
Dile al camarero que os atienda que sirva dos rondas y cuanta comida deseéis,
que la pagaré yo mañana –dijo el muy pelotas.
Sergio
fue separando la hoz con mucho cuidado del cuello de su encargado. Tenía la
mano bien sentada y la bajó con aplomo hasta enganchar el puño de la hoz otra
vez en su cinto. El otro se marchó a por la mula. Se despidieron los contertulios,
dando síntomas de que había mucha franqueza y razonamiento en la exposición de
pareceres.
Al
rato, por un collado salió tímida la luna como una cáscara de melón y Relámpago
se quedó mirando a una figura desgarbada y cheposa que se alejaba en el
horizonte. Dio dos pequeños ladridos de alivio y se colocó de un salto delante
de su querido amo, mostrándole así el camino hacia su casa.