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sábado, 18 de septiembre de 2021

UN GATO CON INGENIO

 

CRISTÓBAL ENCINAS SÁNCHEZ

          Estaba el gato tendido en la puerta de su casa cuando vio pasar a una mujer cargada con dos bolsas, en una de las cuales llevaba algo que le despertó su interés. A la mujer le gustaban  mucho los gatos y este no se hizo de esperar.  En el trayecto, la mujer iba bisbiseando al animal, diciéndole bonico y "mini, mini". Él se le iba acercando y tratando de portarse como ella deseaba, aunque no del todo, pues no se conocían. El gato se rozaba con las paredes y con los árboles muy mimoso, y la rodeaba son sigilo como queriendo ser más cercano.

–¡Oh, minino guapo!, acércate que quiero verte –el gato se acercó más pero no para dejarse acariciar–.¡Qué tímido eres!, pero se te ve muy atento.

El camino era largo y la pobre mujer se puso a descansar en un banco de madera, soltando las bolsas. Entonces se le acercó el felino y, de repente, como una furia endemoniada, saltó sobre una de las bolsas, la que contenía el pescado. Con sus uñas la trinchó y esparció el contenido por el suelo, atrapando una hermosa sardina de un bocado en el lomo y se dio a la fuga el descarado. La mujer quedó perpleja de ver cómo se las había ingeniado para engañarla.

Moraleja:"   Si ves a un hambriento gato               

                    que da muestras de estar solo,

                    te engañará si, a propósito,

                    se puede llevar bocado.

domingo, 12 de septiembre de 2021

UN JORNAL MUY DISCUTIDO

 


Cristóbal Encinas Sánchez

            La veraniega noche se había echado encima. Después de una jornada dura, aquella le había sorprendido trabajando. Por la senda hacia el llano de trigo, iba caminando Sergio próximo a las filas de haces, poniéndolos bien. “Es una gran satisfacción rendir uno lo que le pagan”, pensaba. Estaba seguro de que al año siguiente lo llamarían para hacer el mismo trabajo.

Su perro, Relámpago, no le perdía de vista y le acompañaba sin quedarse nunca atrás. A veces se ponía junto a él, incluso cuando iba a beber agua, para que supiera que también tenía sed.

Había recogido su hato con las cosas personales y se disponía a irse a casa, pues al día siguiente se acabaría la siega. Colgó su hoz por la empuñadura a su cinturón, a la altura de la rabadilla. Ya en la vereda, se le fue acercando el encargado de la finca que venía solo andando, para no hacer ruido, habiéndose dejado a su mula próximo a la era. El segador reparó en que alguien se aproximaba. Volvió la cabeza hacia atrás, cuando los dos se encontraron de frente, sin saber la intención del otro. La luz crepuscular desaparecía. Se aproximaron un poco más.

–¡Que sea la última vez que cazas a estas horas con el perro! –dijo el manigero.

–Yo no cazo ni de día ni de noche con el perro, porque no sabe el oficio, solo juega con todos los animales que se encuentra –dijo el jornalero con voz decidida y clara. Se sintió molesto porque aquella conversación no tenía por qué comenzar en aquel tono.

–Tu perro siempre va buscando por todos los majanos y olisqueando todos los cubiles de los conejos, que yo lo veo.

–Sí, él escucha todos los ruidos que hacen los animales, pero le puedo asegurar que nunca le ha hincado el diente a estos. Yo le doy bien de comer, y no me gusta que vaya por ahí atrapando lo que pille, animales muertos o pidiendo las sobras a mis compañeros en el almuerzo. Como no es depredador, no lo echa en falta.

–¡No me vengas con esas!, que espanta a todas las perdices que hay. Así que el perrito te lo dejas mañana en tu casa o lo atas en aquel chaparro, y cuanto acabe la jornada lo sacas a pasear, porque tú ya no tendrás que echar horas extras, los demás sí. ¿Me has entendido?

–No creerá usted lo que me está diciendo, cuando sabe mejor que nadie que el perro se porta bien y que en todo el día no se retira de mí.

–Tú a mí no me corriges, ni me insinúes que puedo estar equivocado, o que estoy tonto y no me doy cuenta de las cosas. Hazme caso y no te arrepentirás. ¡Cállate y vete ya a descansar, que mañana te interesará cumplir bien!

La noche se había cerrado totalmente, y ellos  no se veían las caras. El segador le contestó al instante:

–Ahora mismo me voy, pero... de juerga, porque la feria empezó esta mañana y nos juntamos los amigos en el recinto.

–Si tú te vas de juerga, que yo no te vea porque si no lo vas a notar.

–¿Me vas a dejar sin dar el jornal? –le habló de tú a tú sin remilgos.

–O algo peor. Me vas a tener que pagar el dinero que pediste como adelanto, pues el amo me ordenó que te lo diera del mío propio, pero no me lo repuso.

–Tú no has adelantado tu dinero a nadie nunca, porque eres avaricioso y la envidia te come.

                 Las cosas se estaban poniendo tensas y el manigero elevó la vara de olivo que tenía en su mano y la blandió en el aire. El segador permaneció en el sitio, sin moverse.

–Os he dejado muchas veces recoger las bellotas de las encinas dulces que lindan con el monte, y las brevas de las higueras del barranco, buenísimas, cuando yo tenía cerdos que alimentar –dijo subiendo el tono de la voz, desaforadamente, dándole algunos de sus "perdigones" en la cara.

–¡A ver si te vamos a agradecer hasta el aire que respiramos!

Se cortó de golpe la conversación. Las estrellas daban una tenue señal luminosa. El jornalero, sigiloso, deslizó su mano por la cintura y descolgó la hoz del cinto; la aprehendió con destreza y la elevó silenciosamente hasta que rodeó con ella el cuello de la camisa del encargado, y sin que este lo advirtiese, le comentó:

–Te sugiero que no te exaltes tanto y que bajes el tono de tu delicada voz, porque mi mano empieza a temblar –en ese momento se levantó aire y la herramienta vibraba en un tono susceptible de ser oído– y corta el pescuezo de cualquier gallo en un verbo.

El avasallador sospechó algún ardid e intuyó, como en una ligera mordida, los dientes de la hoz en su camisa, pero no veía nada en absoluto.

–No te lo tomes así. Ahora te digo que el amo tiene previsto despedir a alguno en el otro pedazo que nos queda y había pensado en ti, pero yo le he quitado las ideas.

–Tú dices eso sabiendo que a mí no me despedirá, pues él sabe que soy el primero que está en el tajo cada día. Y no me arredro ante el trabajo con todo el calor que hace. Después me quedo a recoger las gavillas que otros han dejado aisladas, para que no tengas argumentos contra nadie. Y ahora estás acabando con mi paciencia.

                 Nuevamente otro golpe de un viento malagueño se había levantado. Los dientes de la hoja bien templada habían atravesado la tela de la camisa por la tirilla del cuello mordiendo suavemente su piel. Vibraba muy cerca de su oreja, y en la mano de un segador diestro la hoja seguiría fiel el deseo de este. Sergio no esperó más para decirle en un tono más calmado:

–¡Cuando quiera, jefe, nos despedimos!, pero que sepa que estoy dispuesto a no recibir más amenazas. Hasta estoy por concederle el gusto de no irme a la feria si se empeña – ahí cambió radicalmente el tono que había adquirido la conversación.

–No me lo tomes a mal, muchacho. Lo que te he querido decir es que si trasnochas, puede ser que no llegues el primero al tajo, o que no puedas rendir lo que te pagan. Y yo sé que tú tienes mucho orgullo.

–Sabe usted que sí, pero no me cabree, pues estoy harto de sus chuminadas y estoy dispuesto a ponerle freno.

                 El perro, fiel a su amo, les rondaba pusilánime y escurridizo, presintiendo un mal desenlace. El miedo se adueño de él y se apartó.

–Perdona, Sergio –dijo el afrentado–. Es tarde y no podemos andar discutiendo. Acuérdate de invitar al tus compañeros en la feria. El amo tuvo la atención de decírmelo esta tarde cuando fui a por el agua. Os lo merecéis porque rendís en cantidad. Dile al camarero que os sirva dos rondas y cuanta comida deseéis, que la pagaré yo –dijo el muy pelotas.

                Sergio fue separando la hoz con mucho cuidado del cuello de su encargado. Tenía la mano bien sentada y la bajó con aplomo hasta engancharla otra vez en su cinto. El otro se marchó por la mula. Se despidieron los contertulios, dando síntomas de que allí había mucha claridad en la exposición de pareceres.

                 Después salió la luna y Relámpago se quedó mirando a una figura desgarbada y cheposa que se alejaba en el horizonte. Dio dos pequeños ladridos de alivio y se colocó de un salto delante de su querido amo, mostrándole el camino hacia su casa.

sábado, 17 de julio de 2021

POR AFINIDAD

 

Cristóbal Encinas Sánchez

El violín prodigaba sus notas con gran complacencia. Decían de él que lo había construido Antonio Stradivarius. Ella era casi desconocida: una viola, fabricada en época reciente, siempre lo acompañaba . Ambos hacían una pareja envidiable en todos los auditorios que actuaban, sobre todo en la interpretación de la sonata para violín "El trino del Diablo", de Giuseppe Tartini.

Para el Concierto de Año Nuevo se presentó un joven violonchelo para sustituir al más viejo de la Filarmónica. Con sus aterciopeladas vibraciones entusiasmó a todos los asistentes y no dejó insensible a la viola. Este detalle no pasó desapercibido para su violín, que le susurró:

–¿Por qué has acortado la nota al finalizar el movimiento?

–No lo sé, supongo que ha sido porque las notas del nuevo violonchelo me han distraído.

–¿No será que te ha sorbido el tiempo?

–No, solo he apreciado por un instante la elegancia de su voz.

            Su melodía la había dejado embelesada. Cuando terminaron la última obra, tras la ovación del público, los instrumentistas fueron a guardar sus instrumentos. Ella, con mucho recato, le dijo al suyo que la pusiera junto al nuevo violonchelo, para así tratar de sincronizar sus vibraciones. El instrumentista le respondió que debería ir junto a su violín que, de no hacerlo así, alguien podría pensar mal. Pero ella se mantuvo en la misma tesitura.  

–¿No crees que, ante los demás, eso podría tomarse como una infidelidad? –le espetó nuevamente.

–No se lo tome así, que solo es por afinidad.

martes, 29 de junio de 2021

LA VENGANZA DE GARBANCITO


Cristóbal Encinas Sánchez

       Después de pasar aquel mal trago, tras cometer el error fatal de tumbarse tranquilamente a echar la siesta debajo de la apetitosa col, no le quedó en mente otro pensamiento que el de darle un cambio a su forma de actuar. Arrepentido, le haría caso a sus padres en todo lo que le ordenaran y hasta adoraría las palabras más duras que le dijeran. 

–¡Qué alegría de veros, papá, mamá! Gracias por dejarlo todo y acudir en mi búsqueda, ya me asfixiaba en la barriga del buey. Os quiero tanto que os haré caso en todo. Os lo prometo, por siempre, siempre.

–¡Hijo!, debiste de hacerme caso a la primera –le replicó su madre–. Te dije que tuvieras mucho cuidado, porque eres pequeño de estatura y no te ven. Ha sido una suerte que tu vocecita retumbara en la barriga del buey y así pudiéramos oírte y rescatarte sano.

–Espero que seas siempre respetuoso y obediente, y nunca cuestiones nuestros consejos –le respondió, muy cortante, su padre–, que somos los que más te queremos en este mundo.

       Cuando llegaron a la puerta de su casa, Garbancito se puso alegremente a jugar a la rayuela. Pasado un rato, y haciendo caso omiso a lo que prometió a sus padres, se alejó muy veloz hacia el prado. En el camino se entretuvo en cortar una buena vara de avellano y se fue con dirección al buey para ajustarle las cuentas por habérselo tragado.

lunes, 21 de junio de 2021

REVOLOTEAS FELIZ

 

CRISTÓBAL ENCINAS SÁNCHEZ

        Revoloteas, joven pollo, cuando ves llegar cada día al que te da la comida. Es el encargado de llenar el silo desde donde va repartiendo el pienso y el que vigilará que el agua no te falte. Cuando tengas tres meses de vida y peses alrededor de dos kilos en canal, no sabes, pobre, que está próxima tu hora.

             En el puesto del mercado, sin ningún tipo de pudor, expondrán tu carne abierta y destrozada, exangüe, y tu cabeza cortada estará amontonada con otras. Será escudriñada por muchos ojos y, cuando les toque el turno de comprar, le dirán al carnicero: “Póngame ese, trocéelo a cuartos”,  “deshuésele la pechuga" o "no quiero las patas”. Ahí se verá la desvergüenza de los clientes, cómo desprecian tu cuerpo, tus dedos, los que fueron soporte e hicieron desplazarte por la granja cuando empezabas a vivir.

              La de cosas que se harán con tus exquisitos muslos: una abundante sopa que alimentará a los hijos pequeños de un hogar y les dará el vigor que necesitan. Una buena ración de albóndigas , o en salsa de la abuela (otro día detallaré cómo se hace), que les calmará el apetito canino, pues el ajetreo en el colegio y en el parque habrán sido formidables. Y después no quedará un momento para tus recuerdos, de cuando eras un pollo muy joven y pensabas estar siempre con los suyos en el campo, preparados para procrear y ejercer la libertad en pleno.

               El granjero, el que tanto cuidaba de vosotros procurando un ambiente saludable y tranquilo, que os administraba medicamentos para combatir las enfermedades rutinarias, ese un día te asesinará con un sesgo definitivo de guadaña, cortando tu esbelto cuello, o dará la orden a otro ejecutor más especializado.

               Quiero decirte que todos asumimos tu destino, sabiendo que tus células formarán parte de nuestros propios músculos, sangre, huesos y cerebro. Y esto tal vez te conforte, y el saber que ya no sufrirás más.

                Lo más penoso queda para nosotros, que vemos tantos sufrimientos en el mundo cada día, y no nos hacen caso cuando pedimos a otros asesinos que cesen las matanzas. Pero debemos de insistir y no cansarnos, solo así lo conseguiremos, con la seguridad de que la Humanidad puede vivir mejor, en base a nuestros buenos deseos y a lo que hayamos aprendido –si queremos recordarlo– en el transcurso de nuestra vida.

             

lunes, 14 de junio de 2021

ESPERA INÚTIL

 

Cristóbal Encinas Sánchez

         Se abre inesperadamente la puerta del ascensor que he llamado. Son las seis de la tarde. Toco el timbre de la puerta, aunque está abierta. La enfermera me dice que pase. La sala de espera es acogedora y fresca en estos días del verano. La habitación contigua es la de la consulta del médico. Me siento tranquilamente, y me pongo a contemplar los cuadros de las paredes. Hay muchos y estoy ansioso por contemplarlos. Algunos son fotos de representaciones escénicas, y mirándolos me entretengo mientras llega mi turno. La enfermera ha puesto una música excelente y sugestiva de John Barry. Me fijo en la foto de un castillo imponente que me recuerda la película protagonizada por Sean Connery y Audrey Hepburn.

            Un paisaje marino al fondo, donde la playa, se extiende hasta el final de una tarde lánguida, y sugiere un idilio amoroso. Estoy solo. En otro cuadro, que se advierte un manto receptor de la oscuridad de la noche que se avecina entre una hilera de montañas equiláteras, perfectamente alineadas, me dan una sensación placentera. En otro paño se ve una escalera donde unos transeúntes suben o bajan, no se sabe; se produce un efecto óptico. Sobre una mesita ornamental hay una alabeada figura de cerámica con una mano en alto, parece pensativa, y me mira sosegadamente. Esto me induce a pensar que el diagnóstico sobre mi salud será favorable, ¿o no? También, de forma sesgada, parece que mira hacia el suelo, dándole a entender, al que salga de la consulta, que nadie sabe el tiempo que aguantará su enfermedad. ¿Tendrá remedio? ¿Se sorprenderán entonces los pacientes y la figura no querrá mirarlos a la cara? Por eso mira con la cabeza inclinada hacia el suelo, lejanamente. ¿Habrá un complot entre ella y el doctor? Pero eso es seguro: el doctor le aportará un remedio a sus males. Mientras tanto, no se oye ningún ruido, ni un susurro de un paciente quejoso; ni las palabras de consuelo del profesional que dictamina lo que debe hacer el enfermo para curarse. Por un momento me paro a pensar: ¿El doctor habrá llegado? Me escamo. La enfermera no me ha informado de si está o no. Yo estoy en que sí, en que está pasando la consulta. Llevo cuarenta minutos aguardando. Entro en dudas.

            Son las siete de la tarde y ningún paciente sale de la consulta. Me he dormido. La enfermera permanece callada, como si también ella estuviera a la espera, mirando el libro de citas y apuntando. No ha tenido la delicadeza de informarme. Nadie más ha llegado después de mí, solo una mujer para pedir hora. El doctor no acaba de llegar.

            Me ha dado tiempo de pensar muchas cosas. De prisa, cojo mi sombrero que lo sostenía la figura de cerámica, y me dirijo hacia la puerta. Digo adiós a la enfermera. Ya estaba harto de imaginarme cosas que luego no tendrán confirmación. Yo, por ahora me encuentro bien, sin enfermedades, ¿qué más quiero? No quiero ninguna revisión ni seguir calentándome la cabeza.

sábado, 5 de junio de 2021

UN CAMIÓN CARGADO DE LADRILLOS


Cristóbal Encinas Sánchez

         Era un día del mes de julio. Después de subir una buena cuesta, de pendiente pronunciada de tres kilómetros y muchas curvas, con la intención de que el viejo camión se refrescara -iba bien cargado de ladrillos de Bailén-, el conductor decidió apartarse en una cuneta. El sitio era el idóneo, donde comenzaban unas rectas con visibilidad total, pero ya estaba anocheciendo. Era sin duda el mejor tramo de la carretera nacional con una amplia cuneta. Las hierbas secas habían crecido tanto que disimulaban posibles trampas.

El conductor detuvo el vehículo, y echó hacia atrás para aparcarlo bien, fuera del asfalto. Cuando menos se lo esperaba, notó que el camión derrapó y se inclinó. Su rueda trasera derecha se hundió y él no pudo maniobrar para impedirlo. Impresionado por tan inesperado comportamiento, salió de la cabina con dificultad y fue a comprobar dónde se había metido. ¡Sorpresa!, una atajea, en el lugar más imprevisible y espacioso de la carretera, había aparecido de pronto. El cansancio se había hecho notar y él se había confiado en exceso a la primera de cambio. Las ruedas se introdujeron enteramente en el foso. Las hierbas, muy crecidas, eran las culpables, habían camuflado el peligro. Estuvo un rato pretendiendo sacar  de allí su camión, pero no había forma, había que descargarlo primero -llegó a la conclusión-.  A la hora que era, prefirió dejar el camión allí. Tras señalizarlo, debidamente, se fue andando hasta el pueblo, que estaba a unos cuatro kilómetros.

Al día siguiente volvió al lugar con refuerzos nuevos. Estos se pusieron manos a la obra y lo descargaron rápidamente. Ya liberado del excesivo peso, el conductor arrancó el motor y pudo salir del pozo con escaso margen. Y otra vez más procedieron a cargar los ladrillos.

Por aquellas rectas, alegremente, descansaba el conductor y el camión resollaba, celebrando, después de todo, que no tuviera ninguna avería. Estaba de suerte y el día era prometedor. 

Los muchachos, sentados encima de los ladrillos, cantaban triunfantes cortando el viento.