Cristóbal Encinas Sánchez
Le habían comunicado del ambulatorio,
tras hacerle un test PCR, que había salido positivo. Se encontraba muy cansada.
A su hija, de un año, la llevaba de la mano, cuesta arriba. Ya no podía
aguantar más. Lloraba amargamente, cuando se acordó de su madre y la llamó por
teléfono:
–¡Óyeme, mamá! No me encuentro bien.
Estoy sola con tu nieta que tiene un año. No debo ni de cogerla, ni de darle un
beso. Esto es muy duro para mí. Estoy en un punto infranqueable de mi vida. Difícilmente
afrontaré los pagos de este mes, ya que el dinero del "ERTE" no
llega. Además, los caminos de la droga tienen muy buenas agarraderas.
–¡Hija mía!, te comprendo... Ya
sabes que la familia estamos para ayudarnos. Todo lo que a ti te ocurra, lo
estaré sufriendo yo. Sabes de sobra que no estáis solas en el mundo. Cuando te
haga falta algo, dímelo, ya sabes que no tienes que pedírmelo.
Como siempre, nada le pidió. A los cinco minutos, su madre entró a la sucursal bancaria para hacerle una transferencia.