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viernes, 13 de marzo de 2026

DUROS DÍAS

 

CRISTÓBAL ENCINAS SÁNCHEZ

Duros días los que están sufriendo estas personas

que pasan las fronteras buscando nueva vida,

que huyen de la guerra que les castiga injustamente.

Pero la Inhumanidad de la gente es muy cruel.

¿De qué estamos aprendiendo todos?

¿Hacia qué bestia nos encaminamos?

Si aturdidos hemos perdido el Norte,

¿quién nos reconducirá por esta jungla desalmada?

¿Dónde está el hombre nuevo?,

el que aprendió mil veces de sus padres

que la guerra nunca es buena,

que estudió el saber estar,

la Filosofía y otras carreras de Humanidades

en la época de la Prosperidad.

Creo que la Injusticia lo invade todo

y todos estaremos proclives al daño,

esperando anclados a vivir sus consecuencias.

Esto no nos lo enseñaron nuestros maestros.

Las personas no debemos de permitir nunca

que pasen cosas tan horrendas delante de nosotros:

una tara que descompone a la Humanidad.

Por eso clamo al cielo: ¡sin murallas!,

por el amor,

y así tener un poco de esperanza.

martes, 10 de marzo de 2026

YA NO SOY


CRISTÓBAL ENCINAS SÁNCHEZ

Tendré que morir a cada instante, día a día para seguir sufriendo y para no tener que aceptar la nada. Es mejor así ¿Por qué no se me reconoce ahora a mí que soy la madre?

    Conseguí un tesoro de bondades para todos; hice los aires, la lluvia, las primorosas cuevas y el progreso con mis manos y con la luz que me ayudó segundo tras segundo, hora tras hora; y así transcurrieron los siglos.

    ¿Y la admiración por mi labor hasta el reconocimiento, comenzada en la noche de los tiempos?

    Ahora no puedo entender que casi todos se olviden de mí, sabiendo que Dios y yo éramos uno.

    Sobre mi piel, como escrito en el más antiguo libro, se tejieron todos los convenios, se promulgaron todos los derechos y los artículos más osados dieron quehacer y fortaleza a todo el mundo. Entonces, algunos soñaron con nadar en la abundancia, en piscinas de oro adornadas con las gemas arrancadas de mis profundas entrañas. Creían que nada ya les faltaría; pero sólo les faltó el amor y un poco de humildad y de destreza.

    Me miro en todos los espejos y por todos lados veo un resplandor; mas detrás de mí se ocultan tristes desengaños y un oscuro presagio que no os dejará salir del torpe enredo y la catástrofe: la amenaza de los más miserables y de los más ciegos, que van a conseguir tabla rasa en este juego vil.

   ¡Falte yo de vuestro ser y os faltará la vida! ¡Ya no sé quién soy!, pero la Naturaleza, intuyo, de las cosas aún soy, o tal vez lo fui del pájaro, del árbol, de la nube, del mar; soy hueso, corazón, arteria y pensamiento de cada uno de vosotros.

    Pero que Dios me perdone y en auxilio mío acuda. Me sale del alma lo que os voy a decir: os detesto. Simplemente rechazo todo lo que me hacéis. Me habéis robado la esencia de mi ser y toda mi fama.

    Y no ser yo, no puedo aceptarlo. Tampoco llegaré a comprenderos si en los años venideros seguís comiendo, con afán y desespero, la flor de mis entrañas.

sábado, 14 de febrero de 2026

UN BESO

 (Cristóbal Encinas Sánchez)

Los hierros de tu ventana
tomaron calor del beso
aquel que me sorbió el seso
en una noche temprana.
Tus ojos visten de tul
y ondean al aire, gitana,
sus vestidos de sultana
al mirarme niña, tú.
Como encajes de princesa
me abanican tus pestañas
y me quitan mis migrañas
tus miradas de grandeza.
Enfrente de tu ventana,
mirando al cielo impasible,
guarda tu rostro sensible
aquella estrella lejana.
Aquella estrella lejana
que miro todas las noches
me lanzó tiernos reproches
al irse de madrugada.
Aquella estrella temprana
supo lo que yo sentía:
comprendió que te quería
ver solita en tu ventana.
Aquella estrella dorada
que de tu cara es espejo
sabe que mi amor es viejo
por ti, mujer adorada.
Estás tendida en el lecho
cuando canta mi guitarra
por la puerta de tu casa
el amor que hay en mi pecho.
Los besos de tu ventana
saben a cuatro colores:
violeta de mis amores,
naranja, celeste y grana.
Los hierros de tu ventana
tomaron calor del beso
aquel que me robó el seso
un día en la madrugada.

miércoles, 21 de enero de 2026

SED

 


Cristóbal Encinas Sánchez

            Le decía a la mujer del cuadro: "Mujer, mírame a los ojos para quitarme esta pesadumbre y dame un poco de frescura, tengo mucha sed y calor, estoy cansado".

            Había venido tras los montes clamando, y la miraba extasiado. Era guapa, trigueña, con un mirar apasionado. El sol se derretía en el firmamento, la campiña era extensa. Después de estar postrado frente a ella unos minutos, se durmió profundamente hasta la noche. Y soñó.

            La soñó con tanta intensidad que ella se hizo presente. Entonces le dio toda el agua que pudo desear.

domingo, 12 de octubre de 2025

EXTRAÑOS EN UN BAR

 

Cristóbal Encinas Sánchez

            Una pareja del bar hace comentarios sobre el último personaje que los observa desde el escaparate. Su aspecto es de hombre duro. Lleva gabardina y el sombrero calado.

            –¿Lo has visto?, parece no fiarse del entorno. Nos mira insistentemente por el rabillo del ojo, creo que sospecha. Entorna los ojos como si no viera bien. Ahora se está fijando en los bocadillos, tendrá apetito –comenta Silvana.

            –Déjate tú, que eso es lo que aparenta. Observando su fachada, se ve que va en busca de un refugio; huye de un peligro inminente. Su mirada perspicaz denota ausencia de miedo –le responde Stéfano.

            –Ya sabemos que tienes un conocimiento amplio de la psicología humana. Pero no me fío nada de él –dice Silvana, arrogante.

            –Yo lo vi hace media hora sentado en el banco del parque –se entromete José, el camarero–, antes de entrar a trabajar –es un hombre atento, en quien se puede confiar.

            El personaje del escaparate, después de unos minutos, decide entrar. Con cuidado acciona el picaporte de la puerta. Es sigiloso y prudente.

            –Buenas y frescas noches tengan.

            –Muy buenas –responden al unísono los tres, como si esperaran a que los saludara. No se quita el sombrero y mantiene la cabeza gacha, por lo que a los demás les disgusta.

            –¿Desea tomar algo, caballero?, ¿un bocadillo caliente? –se le dirige José, afable.

            –No, por favor, solo un vaso de leche. No la caliente demasiado –tiene un aspecto serio, y una cicatriz le asoma en la frente por debajo del sombrero.

            Mientras tanto, la pareja continúa hablando del tema.

            –No es normal que, con la temperatura que tenemos aquí, no se haya quitado la gabardina ni el sombrero –le dice Silvana, intuyendo un mal presagio. Ella se baja del taburete y entonces luce su vestido rojo, ceñido y elegante.

            –Será un hombre friolero, y que además tendrá que salir pronto –se le ocurrió susurrarle Stéfano–. Es una persona de fácil palabra que da explicaciones a todo.

            El desconocido deja una carpeta encima del mostrador. En ese momento la máquina del café da un silbido indicando que la leche está caliente. El camarero le pone el vaso lleno y dos bolsitas de azúcar. Él aparta una al borde del plato. Saca su mano izquierda del bolsillo del pantalón para subirse a un taburete para estar al nivel de los contertulios. Sin darse cuenta, le da al vaso con la manga y este cabecea. En un segundo suena un golpe en el suelo. Se le ha caído algo pesado.

            –No se preocupen, no es nada –rápidamente, recoge la pistola y la vuelve a meter en el bolsillo. Los demás quedan impresionados.

            –¡Perdone, caballero!, ¿cómo lleva usted eso? Se le ha podido disparar –le salta el camarero, sorprendido.

            –Insisto, no se preocupen, soy policía y le tengo el seguro echado. Me he despistado.

            –Ya te lo dije que este buscaba algo más. ¡Vámonos de aquí! –dice Silvana bajando la voz–. ¡Deme la cuenta, por favor!, tenemos que irnos a preparar el baile en el teatro Gran Vía –se dirige Silvana al camarero.

            –Déjelo, señorita. Hoy invita la casa. Esta noche voy a verles actuar, recuerde que me regaló usted una entrada –ellos actúan esta noche por primera vez.

            –Gracias, José. Buenas noches.

            –Muchas gracias. Buenas noches –se despidió Stéfano.

            El policía se despidió a los varios minutos de haberse ido la pareja. Dijo adiós a José, con un tono apenas audible, mirando al suelo, abochornado. Dejó una moneda de dos euros en el mostrador. Se dio la vuelta y salió.

            –El cambio, señor, un euro –el policía le hizo una señal, dejándoselo de propina.

            En la esquina próxima seguía la pareja comentando el caso.

            –Creo que la sirena que se oye es la de un coche policía que viene a por él. Estaba haciendo hora, ¿no te has dado cuenta? –comentó Stéfano.

            El policía llegó hasta la altura de la esquina donde charlaban y les conminó con una sonrisa cínica:

            –Váyanse pronto a casa, pareja, que estamos aguardando para hacer una redada en vuestro teatro. Así que cojan otra dirección. Tengan más suerte la próxima vez.

            Los dos se miraron para continuar otra ruta. Al doblar la esquina, sintieron una liberación. En medio minuto el coche policial llegó con la sirena callada. El policía se metió en el coche y se dirigió con sus compañeros hacia la salida del teatro.

            –Menos mal –dijo Silvana–. Al final, nos ha informado de lo que nos podía caer encima. Ya decía yo que ese personaje se traía algo muy sospechoso entre manos.

jueves, 9 de octubre de 2025

A MI AMIGO MANUEL RAMOS MIRANDA

 Cristóbal Encinas Sánchez

Mejor que haya sido un invento de alguien

y que no hayas muerto.

Yo no te hubiera dejado

y menos sin reconocerte.

Después de todo este tiempo,

han pasado quince días,

ahora no quiero saberlo,

me quedo en el dilema.

Pero cuento con que sigues vivo.

martes, 7 de octubre de 2025

LA AUSENCIA

 

Cristóbal Encinas Sánchez

            Entrando por el acceso del puente viejo al pueblo, vi entre las personas allí reunidas, a mis amigos que me esperaban. El conductor del autobús decidió parar. Bajé y me dirigí a los que hicieron el amago de saludarme. Había algunas caras lejanas que no osaron hacer ni un leve movimiento con la cabeza, estaban como agarrotados.

         De solo veinte minutos fue la parada pero nos estuvimos mirando todos a los ojos, casi con sorpresa de encontrarnos vivos y con ganas de demostrar cierta alegría e interés, y también pena, pues rápidamente se nos bajaron las lágrimas al pavimento. Casi no hablamos nada pero seguíamos cogidos de las manos, sin prisa, como cuando de pequeños jugábamos a la rueda.

 

         Los padres de mi novia permanecían como ausentes: pensaban en la mala suerte de su hijo que acababa de llegar en un furgón oscuro proveniente de París. Sus caras lo podían decir todo: la crueldad infinita, el desgarro más profundo, la soledad. Lo traían a su casa, ya sin ninguna esperanza, después de los atentados de noviembre de 2015.