CRISTÓBAL ENCINAS SÁNCHEZ
Déjala ser y no la obligues,
ha vagado por el ancho océano
vestida con el desaire de la gente
y el desprecio.
Déjale sus ropas destrozadas
que todavía queda calor en sus costuras
y muestran su esperanza.
No la desarmes más,
que entonces muere.
En sus ojos canta sus desdichas,
¡déjala cantarlas!
y que con su lengua acorte el camino al desconsuelo.
¡Déjala hablar!,
que su dolor se esparza
y ella se libere de ese fuego
que le roe las entrañas.
El tiempo actúa sobre su piel
que se muda al cambiar de boca en boca
sus palabras
prodigando las insalubres pasiones infligidas
y las llagas que destacan por su cuerpo.
¡Mira más su cara!,
remédiala del tormento,
cúrala pensando
que su mirada ¡no debes doblegarla!
Dulzura infinita sus labios suplican,
y otros labios azules, sus sentimientos.
¡Tú, sacrifica tu violencia!,
escupe tus malos estandartes
y la crueldad de tus humores.
Las lágrimas caídas sobre sus pies
que clamen por todos los espacios
desahuciados de dolencias,
cargadas de perfumes y de esencias
propias de los buenos sentimientos.
Una explosión de júbilo
se hará visible ahora
y prosperará ante los campos abiertos,
sin fronteras.
(GRITO DE MUJER, SIN FRONTERAS, Y POR LA IGUALDAD)