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domingo, 12 de octubre de 2025

EXTRAÑOS EN UN BAR

 

Cristóbal Encinas Sánchez

            Una pareja del bar hace comentarios sobre el último personaje que los observa desde el escaparate. Su aspecto es de hombre duro. Lleva gabardina y el sombrero calado.

            –¿Lo has visto?, parece no fiarse del entorno. Nos mira insistentemente por el rabillo del ojo, creo que sospecha. Entorna los ojos como si no viera bien. Ahora se está fijando en los bocadillos, tendrá apetito –comenta Silvana.

            –Déjate tú, que eso es lo que aparenta. Observando su fachada, se ve que va en busca de un refugio; huye de un peligro inminente. Su mirada perspicaz denota ausencia de miedo –le responde Stéfano.

            –Ya sabemos que tienes un conocimiento amplio de la psicología humana. Pero no me fío nada de él –dice Silvana, arrogante.

            –Yo lo vi hace media hora sentado en el banco del parque –se entromete José, el camarero–, antes de entrar a trabajar –es un hombre atento, en quien se puede confiar.

            El personaje del escaparate, después de unos minutos, decide entrar. Con cuidado acciona el picaporte de la puerta. Es sigiloso y prudente.

            –Buenas y frescas noches tengan.

            –Muy buenas –responden al unísono los tres, como si esperaran a que los saludara. No se quita el sombrero y mantiene la cabeza gacha, por lo que a los demás les disgusta.

            –¿Desea tomar algo, caballero?, ¿un bocadillo caliente? –se le dirige José, afable.

            –No, por favor, solo un vaso de leche. No la caliente demasiado –tiene un aspecto serio, y una cicatriz le asoma en la frente por debajo del sombrero.

            Mientras tanto, la pareja continúa hablando del tema.

            –No es normal que, con la temperatura que tenemos aquí, no se haya quitado la gabardina ni el sombrero –le dice Silvana, intuyendo un mal presagio. Ella se baja del taburete y entonces luce su vestido rojo, ceñido y elegante.

            –Será un hombre friolero, y que además tendrá que salir pronto –se le ocurrió susurrarle Stéfano–. Es una persona de fácil palabra que da explicaciones a todo.

            El desconocido deja una carpeta encima del mostrador. En ese momento la máquina del café da un silbido indicando que la leche está caliente. El camarero le pone el vaso lleno y dos bolsitas de azúcar. Él aparta una al borde del plato. Saca su mano izquierda del bolsillo del pantalón para subirse a un taburete para estar al nivel de los contertulios. Sin darse cuenta, le da al vaso con la manga y este cabecea. En un segundo suena un golpe en el suelo. Se le ha caído algo pesado.

            –No se preocupen, no es nada –rápidamente, recoge la pistola y la vuelve a meter en el bolsillo. Los demás quedan impresionados.

            –¡Perdone, caballero!, ¿cómo lleva usted eso? Se le ha podido disparar –le salta el camarero, sorprendido.

            –Insisto, no se preocupen, soy policía y le tengo el seguro echado. Me he despistado.

            –Ya te lo dije que este buscaba algo más. ¡Vámonos de aquí! –dice Silvana bajando la voz–. ¡Deme la cuenta, por favor!, tenemos que irnos a preparar el baile en el teatro Gran Vía –se dirige Silvana al camarero.

            –Déjelo, señorita. Hoy invita la casa. Esta noche voy a verles actuar, recuerde que me regaló usted una entrada –ellos actúan esta noche por primera vez.

            –Gracias, José. Buenas noches.

            –Muchas gracias. Buenas noches –se despidió Stéfano.

            El policía se despidió a los varios minutos de haberse ido la pareja. Dijo adiós a José, con un tono apenas audible, mirando al suelo, abochornado. Dejó una moneda de dos euros en el mostrador. Se dio la vuelta y salió.

            –El cambio, señor, un euro –el policía le hizo una señal, dejándoselo de propina.

            En la esquina próxima seguía la pareja comentando el caso.

            –Creo que la sirena que se oye es la de un coche policía que viene a por él. Estaba haciendo hora, ¿no te has dado cuenta? –comentó Stéfano.

            El policía llegó hasta la altura de la esquina donde charlaban y les conminó con una sonrisa cínica:

            –Váyanse pronto a casa, pareja, que estamos aguardando para hacer una redada en vuestro teatro. Así que cojan otra dirección. Tengan más suerte la próxima vez.

            Los dos se miraron para continuar otra ruta. Al doblar la esquina, sintieron una liberación. En medio minuto el coche policial llegó con la sirena callada. El policía se metió en el coche y se dirigió con sus compañeros hacia la salida del teatro.

            –Menos mal –dijo Silvana–. Al final, nos ha informado de lo que nos podía caer encima. Ya decía yo que ese personaje se traía algo muy sospechoso entre manos.

jueves, 9 de octubre de 2025

A MI AMIGO MANUEL RAMOS MIRANDA

 Cristóbal Encinas Sánchez

Mejor que haya sido un invento de alguien

y que no hayas muerto.

Yo no te hubiera dejado

y menos sin reconocerte.

Después de todo este tiempo,

han pasado quince días,

ahora no quiero saberlo,

me quedo en el dilema.

Pero cuento con que sigues vivo.

martes, 7 de octubre de 2025

LA AUSENCIA

 

Cristóbal Encinas Sánchez

            Entrando por el acceso del puente viejo al pueblo, vi entre las personas allí reunidas, a mis amigos que me esperaban. El conductor del autobús decidió parar. Bajé y me dirigí a los que hicieron el amago de saludarme. Había algunas caras lejanas que no osaron hacer ni un leve movimiento con la cabeza, estaban como agarrotados.

         De solo veinte minutos fue la parada pero nos estuvimos mirando todos a los ojos, casi con sorpresa de encontrarnos vivos y con ganas de demostrar cierta alegría e interés, y también pena, pues rápidamente se nos bajaron las lágrimas al pavimento. Casi no hablamos nada pero seguíamos cogidos de las manos, sin prisa, como cuando de pequeños jugábamos a la rueda.

 

         Los padres de mi novia permanecían como ausentes: pensaban en la mala suerte de su hijo que acababa de llegar en un furgón oscuro proveniente de París. Sus caras lo podían decir todo: la crueldad infinita, el desgarro más profundo, la soledad. Lo traían a su casa, ya sin ninguna esperanza, después de los atentados de noviembre de 2015.

sábado, 4 de octubre de 2025

UNA ROSA

 


Cristóbal Encinas Sánchez

                A las afueras del barrio de las Cinco Casas, había un muro paralelo a la cuneta de la carretera donde pintaban los jóvenes sus corazones atravesados por una flechas extremadamente grandes. Los nombres de ellos estaban en clave, de instrumentos musicales y a los de ellas les ponían nombres simulados de flores: Margarita, Hortensia, Azucena... Como algunos no tenían muchas expectativas de que se echaran por novia a tales señoritas, solían poner debajo una fecha imposible de cumplir, las de un año futuro imposible de llegar, como el 3.250 d.C.

                Uno de los jóvenes, muy enamorado y ágil en su conquista, le daba besos a su amada muy repetidamente y de escasa duración. La chica que era un poco tímida, en principio, los aceptaba de buen grado y siempre a escondidillas. Con el tiempo se fue afianzando su confianza en él y su forma de besar le entusiasmaba. Llegó la noche de Santiago y había verbena en el barrio. Fue la gente del pueblo a divertirse pero en cuantía de unas quince o veinte niñas, las amigas que allí vivían.

                Durante el descanso de la orquesta, se fueron "el Flauta" y "la Rosa" detrás de unos jardines próximos al parque. No había mucha claridad pues no había salido aún la luna, y farolas no había muchas. Adentrándose un poco, él no se lo esperaba pero ella se abalanzó de forma que lo sentó en un banco de madera. Le sujetó la cabeza y se la acercó de súbito a su boca. Se le fue la cabeza, y el primer beso fue largo, voraz e inolvidable.

                –Te quiero, Rosa –decía él cuando casi al medio minuto lo dejaba respirar. Y secundaba con otro beso aún más pasional y prolongado. Era el éxtasis.

                Los demás jóvenes, con su cachondeo habitual, de uno en uno, iban pasando cerca de donde estaban los enamorados y se dejaban caer con: "Que te asfixia, no se te ve ni respirar" o "te vas a poner morao".

                Comenzó la música. Todas las parejas se aproximaron para bailar los dulces valses de Strauss que les tenían reservados. Al Flauta y a Rosa no se les vio asomar y algunos se miraban suspicaces hacia los alrededores, haciéndose musarañas, coquitos: Solo Dios sabría lo que se estarían amando.

                A otro día en el muro había una larga inscripción debajo de dos corazones ensartados que decía: "A cien metros de aquí, por pocas si se produce la defunción del " flautista" por falta de aire".

                Y allí quedó perdurable un perfume a rosas recién cortadas.

sábado, 27 de septiembre de 2025

UN JORNAL MUY DISCUTIDO

 

Cristóbal Encinas Sánchez

            La veraniega noche se había echado encima. Después de una jornada dura, le había sorprendido trabajando. Por la senda hacia el llano de trigo, Sergio iba caminando próximo a las filas de haces, poniéndolos en cargas de a doce. “Es una gran satisfacción rendir uno lo que le pagan”, pensaba. Estaba seguro de que al año siguiente lo llamarían para hacer el mismo trabajo.

                Su perro, Relámpago, no lo perdía de vista y le acompañaba sin quedarse nunca atrás. A veces se ponía junto a él, incluso cuando iba a beber agua, para que supiera que también él tenía sed.

                Sergio había recogido su hato con las cosas personales y se disponía a irse a casa, pues al día siguiente se acabaría la siega. Colgó su hoz por la empuñadura a su cinturón, a la altura de la rabadilla. Ya en la vereda, se le fue acercando alguien que él intuyó que sería el encargado de la finca, que venía solo andando para no hacer ruido. La mula que siempre le acompañaba la habría dejado próximo a la era. El segador reparó en que le haría alguna sugerencia. Volvió la cabeza hacia atrás y se giró; varios segundos después los dos se encontraron de frente, sin saber ninguno la intención del otro. La luz crepuscular desaparecía. Se aproximaron un poco más. La noche, al parecer, venía cerrada.

                –¡Que sea la última vez que cazas a estas horas con el perro! –dijo el manigero sin saludar previamente, no lo hacía nunca.

                –Yo no cazo ni de día ni de noche con el perro, porque él no sabe el oficio, solo juega con todos los animales que se encuentra –dijo el jornalero con voz decidida y clara. Se sintió molesto porque aquella conversación no tenía por qué comenzar en aquel tono.

                –Tu perro siempre va buscando por todos los majanos y olisqueando todos los cubiles de los conejos, que lo veo yo.

                –Sí, es verdad pero présteme atención: él escucha todos los ruidos que hacen los animales, pero le puedo asegurar que nunca le ha hincado el diente a ninguno. Yo le doy bien de comer, y no me gusta que vaya por ahí atrapando lo que se encuentre o pidiendo las sobras a mis compañeros en el almuerzo. Como no es depredador, no lo echa en falta.

                –¡No me vengas con esas!, que espanta a todas las perdices que hay. Así que el perrito te lo dejas mañana en tu casa o lo atas en aquel chaparro y, cuanto acabe la jornada, lo sacas a pasear, porque tú ya no tendrás que echar horas extras, los demás sí. ¿Me has entendido?

                –No creerá usted lo que me está diciendo cuando sabe mejor que nadie que el perro se porta bien y que en todo el día no se retira de mí.

                –Tú a mí no me corriges, ni me insinúes que puedo estar equivocado, o que estoy tonto y no me doy cuenta de las cosas. Hazme caso y no te arrepentirás. ¡Cállate y vete ya a descansar, que mañana te interesará cumplir bien!

                La noche se había cerrado totalmente, y ellos no se veían las caras. El segador le contestó al instante:

                –Ahora mismo me voy, pero... de juerga, porque la feria empezó esta mañana y nos juntamos los amigos en el recinto. A estas horas, usted ya no manda.

                –Si tú te vas de juerga, que yo no te vea porque si no lo vas a notar.

                –¿Me vas a dejar sin dar el jornal? –le habló de tú a tú la primera vez y sin remilgos.

                –Algo peor. Me vas a tener que pagar el dinero que me pediste como adelanto, pues el amo me ordenó que te lo diera del mío propio, pero no me lo repuso.

                –Tú no le has adelantado tu dinero a nadie nunca, porque eres avaricioso y la envidia te come.

                Las cosas se estaban poniendo tensas y el manigero elevó la vara de olivo que tenía en su mano y la blandió en el aire. El segador permaneció en el sitio, muy atento, sin moverse.

                –No me digas. Os he dejado muchas veces recoger las bellotas de las encinas dulces que lindan con el monte y las brevas de las higueras del barranco, buenísimas, cuando yo tenía cerdos que alimentar –dijo subiendo el tono de voz, desaforadamente, dándole algunos de sus "perdigones" en la cara.

                –¡A ver si te vamos a agradecer hasta el aire que respiramos!

                Se cortó de golpe la conversación. Las estrellas daban una tenue señal luminosa. El jornalero, sigiloso, descolgó su hoz del cinto, la aprehendió con destreza y la elevó sin rasgar el aire hasta que rodeó el cuello de la camisa del encargado, y sin que este lo advirtiese; entonces le comentó:

                –Te sugiero que no te exaltes tanto y que bajes el tono de tu delicada voz, porque mi mano empieza a temblar –en ese momento se levantó aire y la herramienta cantaba en un tono susceptible de ser oído– y corta el pescuezo de cualquier "gallo" en un verbo.

                El avasallador sospechó algún ardid en su contrincante e intuyó, como en una ligera mordida, los dientes de la hoz en su camisa, pero no vio nada en absoluto.

                –No te lo tomes así. Ahora te digo que el amo tiene previsto despedir a alguno de los segadores en el otro pedazo que nos queda y había pensado en ti, pero yo le he quitado las ideas en tu beneficio.

                –Tú dices eso sabiendo que a mí no me despedirá pues él sabe que soy de los primeros que está en el tajo cada día. Y no me arredro ante el trabajo con todo el calor que hace. Después me quedo a recoger las gavillas que otros han dejado aisladas, para que no tengas argumentos contra nadie. Y ahora estás acabando con mi paciencia.

                Nuevamente otro golpe de un viento malagueño que se había levantado. Los dientes de la hoja bien templada de la hoz habían atravesado la tela de la camisa próxima a la tirilla del cuello del encargado mordiendo suavemente su piel. Vibraba muy cerca de su oreja y, en la mano de un segador diestro, la hoja seguiría fiel el deseo de este. Sergio no esperó más para decirle en un tono más calmado:

                –Cuando quiera, jefe, nos despedimos, pero que sepa que estoy dispuesto a no recibir más amenazas. Hasta estoy por concederle el gusto de no irme a la feria si se empeña –y ahí cambió rotundamente el tono que había adquirido la conversación.

                –No me lo tomes a mal, muchacho. Lo que te he querido decir es que si trasnochas, puede ser que no llegues mañana el primero al tajo, o que no puedas rendir lo que te pagan. Y yo sé que tú tienes mucho amor propio.

                –Sabe usted que sí, pero no me cabree, pues estoy harto de sus chuminadas. Estoy dispuesto a ponerle freno.

                El perro, fiel a su amo, le rondaba apesadumbrado y escurridizo, presintiendo un desenlace descabellado. El miedo se adueño de él y se apartó hacia una encina.

                –Perdona, Sergio –dijo el afrentado–. Es tarde y no podemos andar discutiendo. Acuérdate de invitar al tus compañeros en la feria. El amo tuvo la atención de decírmelo esta tarde cuando fui a por el agua. Os lo merecéis porque rendís en cantidad. Dile al camarero que os atienda que sirva dos rondas y cuanta comida deseéis, que la pagaré yo mañana –dijo el muy pelotas.

                Sergio fue separando la hoz con mucho cuidado del cuello de su encargado. Tenía la mano bien sentada y la bajó con aplomo hasta enganchar el puño de la hoz otra vez en su cinto. El otro se marchó a por la mula. Se despidieron los contertulios, dando síntomas de que había mucha franqueza y razonamiento en la exposición de pareceres.

                Al rato, por un collado salió tímida la luna como una cáscara de melón y Relámpago se quedó mirando a una figura desgarbada y cheposa que se alejaba en el horizonte. Dio dos pequeños ladridos de alivio y se colocó de un salto delante de su querido amo, mostrándole así el camino hacia su casa.

viernes, 26 de septiembre de 2025

TU MÉDICO

 CRISTÓBAL ENCINAS SÁNCHEZ

Soy tu médico. Ven a mí cuando estés enfermo. Para sanarte, has de hablarme claro y preciso. Cuando te pregunte, no escondas nada: tu opinión me interesa para curarte. Pregúntame tú si tienes necesidad de ello y no lo dejes.
Piensa que no dispongo de todo el tiempo, pero sí el que tú necesitas pues atiendo a otros pacientes y estoy muy ocupado estudiando vuestros síntomas.
Quiero que sepas que todos mis esfuerzos y desvelos están dirigidos a conseguir que tu salud sea excelente. Si la alcanzas, yo también conseguiré una gran satisfacción, y esa será mi recompensa.
¡A ver!, ahora yo te escucho: ¿dime, qué te pasa?

miércoles, 16 de julio de 2025

A LOS NIÑOS DE GAZA

 

 A LOS NIÑOS DE GAZA

Cristóbal Encinas Sánchez

Déjalo al niño,

déjalo y que nazca,

que todavía no sabe las palabras.

Deja a la estrella

caminar por su horizonte

en busca del universo.

El hambre los acosa,

la comida está empozoñada;

la vida se aleja

mientras avanzan las balas.

¡Qué trampa tan mal concebida!:

15000 niños, 30000 miradas.

Son más de 56500 muertes

en esta encrucijada,

y 34000 heridos que a diario claman.

¡Matan a los niños y siempre por la espalda!;

Los poderes de Israel los asesina

y después lo proclama.

15000 amores han muerto

que a sus padres rompen el alma,

15000 amores insalvables

que clamarán por las tierras

de sangre mal regadas.

Los poderes israelíes

no quieren las floreadas vidas

en la Franja de Gaza.

Abajo a todos los que apoyen

con negras estrategias

razones tan malvadas.

Esperamos el día

en que cambie su sino

y satisfagan las esperanzas

los niños de Gaza.

domingo, 4 de mayo de 2025

A MI MADRE

 

Cristóbal Encinas Sánchez

Esta noche he despertao

llorando mucho a mi mare

pues soñé que se había muerto

y no quise haber soñao.

Desperté sin creer que viviera,

mas después, pensando un poco,

me di cuenta del mal sueño

y me sentí to alegrao.

Y nunca quiero pensar

que mi mare un día muera,

aunque se pasen los años

mi muerte antes quisiera.

Yo quiero tanto a mi mare,

¡como que ella me ha penao!,

que cuando pienso en los daños

que yo a ella le he causao,

maldigo a toa mi persona

por haber sío tan malvao

con esa que yo más quiero,

la que en sus brazos he estao;

la que me daba sus sueños,

la que me ha alimentao.

Ahora yo me recuerdo

que cuando estaba acostao

ella venía a besarme

y a cerrar toas las ventanas

pa que no me diera el aire.

Y la escuchaba marcharse

por escaleras abajo,

fatigá:

su corazón no le daba

pa andar subiendo y bajando.

Y a veces yo la enrité

por cosas sin importancia,

¡qué malos somos a veces!

El que le falte a mi mare

jamás le miraré bien

aunque ni Dios lo permita;

¡que mi mare es toa mi vía!

y el que la vía le quita

me la quita a mí también.

Hijos de toas las mares,

a vosotros me dirijo

para deciros que cuidao,

que si una mare se acaba

se pierde lo más valío,

se pierde el amor más dao.

Y no hacerla nunca sufrir,

porque es la que más os quiere,

que es la que os ha parío.

Si alguien se pone en contra

de estas palabras escritas,

que ortografía no es que tengan

pero tienen sangre y vía,

nunca volváis a mirarlo,

no busquéis su compañía.

Por tanto, recordad esto

y siempre tengáis presente

que muchos, arrepentíos,

después de su madre muerta

desesperaos han llorao.

Y os digo esto yo

–perdonar mi ortografía–,

hijo como otro cualquiera,

que una mare es una mare

y to lo demás..., pasao.

miércoles, 30 de abril de 2025

SEGUIR HABLANDO

 

Cristóbal Encinas Sánchez

 

Es triste, lamentablemente, ese olvido.

Hay tantas posibilidades de que las cosas se tuerzan

y no lleguen a buen fin,

que esta puede ser una de ellas:

no mirarte a los ojos fijamente

y torcer la mirada brusca hacia desconocidos campos;

por algún motivo no razonable,

no explicable, incluso anormal,

pasa.

¡Qué bonito si todo se pudiera allanar!,

si se pudiera comprender a la otra persona

y llegar a un acuerdo,

sin romper las lágrimas

con un simple apaciguamiento de los nervios,

de la boca,

para poder seguir hablando...

y entusiasmarnos.

viernes, 4 de abril de 2025

UN DÍA DE ACEITUNAS

 

CRISTÓBAL ENCINAS SÁNCHEZ

 

            Ha comenzado la recolección de la aceituna. Son las siete de la mañana y aún no ha amanecido. La gente comienza a levantarse y a deambular por la calle, prepara sus comidas y arregla a sus animales. A las ocho hay que estar dispuesto para encaminarse al tajo.

            A las nueve los aceituneros ya están en la finca, esperando a que el manijero dé la orden para continuar la tarea. Un grupo de cuatro o cinco hombres cogen las mantas, o lienzos, para extenderlos en la base del primer olivo. Cuando están desplegados, estos comienzan a acariciar con sus varas las ramas con precisos golpes, con insistencia. Los que portan las más largas, van por los alrededores. Los que van por arriba, más jóvenes, usan las piquetas, que son más cortas, que llegarán hasta los copos.

            Hay un tercer vareador, que con una vara entrecorta va espulgando por la parte interior y base del olivo. Entre todos van calando las ramas, buscando las aceitunas donde estén, y procurando no dar de frente porque salen como proyectiles y te pueden dar en un ojo.

            Hay que referir que entre ellos hay una perfecta compenetración que les lleva a realizar un trabajo limpio en un tiempo aceptable, tirando al suelo la menor cantidad de tallos y dejando la mínima cantidad de frutos en el árbol. Esto le da brillo al grupo.

           

            Allá están las mujeres con sus esportillos, agachadas, tiradas al suelo, sufridas. Recogen las aceitunas tiradas en el suelo, que cayeron antes de madurar, debido al viento o a la sequía. A veces están muy clavadas en la tierra y cuando caen heladas no se pueden sacar, hasta que el sol les da con generosidad. Pero ellas usan unos dediles hechos de una bellota de coscoja para protegerse el índice. Sin entretenerse, van recogiendo una a una de las soladas y del salteo hasta que llenan sus esportillos. Realizan el trabajo más penoso porque es donde se pasa más frío y se va más arrastrado.

            Tras una señal o llamada, vendrá un muchacho con un saco para vaciarlas y las llevará hasta la criba o zaranda. Allí se van apilando los sacos para quitarles las piedras, echándolas con una espuerta por la parte superior de la criba, desapareciendo las hojas y los tallos que siempre traen. Ya limpias, se van llenando en sacos de yute para cargarlas después en mulos y burros y llevarlas al molino. A veces viene un camión por ellas.

            El mayor disfrute llega con el almuerzo, cuando se abren las talegas, o las capachas, y se sacan las morcillas, los chorizos, torreznos y ensaladas. Para el postre, naranjas, manzanas, granadas, higos pasados, nueces y almendras que son un manjar apetecible. Es el momento en que se le da suelta a los chascarrillos e historias antiguas, al lado de la lumbre que calienta los huesos y reconforta. Así se entona el cuerpo para poder echar la tarde.

            Al terminar la jornada, cuando ya se está cansado de dar palos o de estar tirados al suelo, el manijero da la voz que todos ansían oír, y se disponen a recoger los arreos y guardarlos. La jornada ha sido dura. Ahora a descansar. Pero aún hay que volver al pueblo, y la mayoría de las veces, caminando. Después habrá que atender los asuntos propios: la familia, ir a la tienda, preparar la comida, e ir por agua a la fuente. También algunos van a tomar unos vinillos al bar con su tapa de garbanzos tostados y calamares fritos. Otros tendrán que arreglar otra vez a sus animales.

            Así culmina un día rutinario; abrochado ya el jornal, pueden vivir sus familias.

           Otra de las cosas buenas que tiene la recogida de la aceituna es que los jóvenes pueden estar más próximos a la chica que les gusta, sin levantar sospechas, y estar juntos para demostrarse su apremiante y generoso amor.

UN BOLAZO EN LA NARIZ


Cristóbal Encinas Sánchez

            En la tarde del domingo los niños jugaban afanados en la plaza de la iglesia. Se celebraría la misa y los feligreses se apresuraban a entrar con los últimos toques de campana. Los jóvenes contaban sus hazañas rodeados de los pequeños entusiastas, a los que mostraban sus habilidades con el tirachinas.

            El de más edad hizo ademán de cargar una bola de madera de surtidos colores en la badana de su tirachinas. Tensaba sus gomas con tiento hasta darles su máxima elongación. Hizo varias veces esta operación y muy seguro, regodeándose, dijo que él era capaz de meter tal proyectil por el rosetón de la fachada iglesia ya que no tenía cristales. Todos estaban muy contentos de poder presenciar la gran proeza que proponía el osado tirador. Otros de su edad, con más malicia, dudaban y discutían. Esto le hizo a él reafirmarse en su decisión. Tendría el reconocimiento de todos si acertaba, y eso le satisfacía.

            Al rato, dentro del templo, proseguía el sacerdote con los preparativos de la consagración de las especies. Si el muchacho conseguía introducir aquella esfera, era probable que no le diera a nadie, pues la nave central tenía poco más de veinticinco metros de larga. Así que apuntó al centro del rosetón, tensó moderadamente las gomas y soltó la bola que salió como una exhalación buscando la diana. Segundos después, todos los admiradores se sorprendieron y quedaron a la espera de que saliera alguien enfadado de la iglesia o despotricando. Transcurrieron quince segundos cuando apareció por la puerta el guardia urbano que, con una varilla en la mano, quería apresar al osado y molesto impertinente. El autor se protegió con el corro de niños, y se hizo el sonso. Previamente, se había guardado su tirachinas en el cinto a la altura de la rabadilla y disimulaba bien.

            El guardia miró en derredor varias veces y se fue directo al responsable. Ya frente a él, le interrogó que quién había sido el que estuvo a punto de trepar, de rebote, el sagrado cáliz. Este, sumiso, no dijo nada pero el del uniforme conocía perfectamente los entretenimientos y diversiones de este muchacho, y lo obligó:

            –¡Dame el tirachinas! –y el muchacho se lo dio al momento, como si no supiese lo que acababa de ocurrir–. ¡Que no vuelva a suceder semejante tropelía –le dijo con cara de estar airado.

            El guardia desenredó las gomas y tiró aquel armatoste al suelo, pisándolo y retorciéndolo para hacerlo mixtos. Rompió la horquilla de encina y las gomas para lanzarlos posteriormente a la acequia. Le instó para que se lo dijera a su padre, haciéndole comprender que a la siguiente vez sería bien escarmentado. Y él no porfiaba.

            Nada más traspasar la puerta de la iglesia, el guardia se sintió orgulloso de haberle dado una dura lección al muchacho. Los demás, en la plaza, se echaron a reír de una forma explosiva y jubilosa. De buenas se había librado el chaval, pero habría que esperar a la noche para cantar victoria.

            Al día siguiente, la chica de la limpieza se encontró un trozo de la nariz de San José, que yacía en la hornacina detrás del sagrario. Como no sabía qué hacer con ella, la dejó encima de la cómoda en la sacristía para que el cura la viera cuando celebrara la siguiente misa.

viernes, 10 de enero de 2025

QUIEN POR TI SUSPIRA (Vuelo imperturbable)

 CRISTÓBAL ENCINAS SÁNCHEZ


Arrasé mi pelo tejido de años con mis angustias propias y las tuyas.

Empecé a acariciar tu cabellera teñida de parajes distintos

y ella me transmitió al momento tu sencillez clara.

No estoy dispuesto a que sufras ninguna inclemencia ni azote

que te cambie para siempre la gracia que porta tu persona.

Te sonrío y te animo como tú mereces.

Grácil asientes a mis arrullos predilectos que te abarcan

como a bienvenidos sueños de vuelo imperturbable

en la extensa llanura del espacio inventado tal como lo vemos:

limpio, tranquilo y solemne.

Acaecerá en ti como si fueras día,

como yo soy propenso a tus letargos de luna,

sabiendo que sobre la espuma mantienes atento

a quien por ti suspira más profundo

y más allá de donde puedas alcanzar con tu mirada.

Otra vez que te prestes a este juego mío,

te ruego que disfrutes con pleno entusiasmo

de la acalorada e insólita dedicación que te presto.