Cristóbal Encinas Sánchez
La tranquila tarde entraba
en el crepúsculo cuando empezaron a oírse voces agresivas y malsonantes. Un
niño escondido observaba muy atento el comportamiento de una partida de
gamberros en la esquina del parque, por lo que dedujo un mal presagio.
Cuando dos de los individuos del grupo de haraganes se
disponían a asaltar a una pobre mujer, el pequeño salió de su escondrijo, muy
alarmado, y dirigiéndose hacia el que parecía ser el jefe, mostró sus pequeñas manos
teñidas de rojo, a la vez que pedía que alguien le acompañara para despojar de las joyas a un cadáver que había encontrado camuflado junto a unos rosales. Al
instante, todos se sorprendieron y nadie creyó en tan desorbitada propuesta, pues
no entendían que un niño de su edad se dispusiera a acometer una acción tan descabellada. El grupo de granujas rápidamente se echó atrás en
sus intenciones y se largaron de inmediato, desperdigándose en todas
direcciones, no fuera a que les cargaran a ellos con el muerto. Percatándose de la situación, el niño se había
entretenido en untarse del carmín de unos lápices que él mismo coleccionaba, y sorprender
así a gente con tan poca sesera, para conseguir un efecto disuasivo. Es que el
jovencito ya apuntaba maneras para el teatro.
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