Cristóbal Encinas Sánchez
(FOTO CEDIDA POR MI AMIGO PABLO ARCOS)
Comentaban en la cuadrilla de
vareadores, en la Cañada del Molino, que a un joven caballo tordo de varios
años de edad, no había quién le hincara la espuela. A estas alturas, nadie se
había subido en él. Todos los días campaba a sus anchas. Pacía junto a su
madrina, una burra de color marrón de mediana edad, que le había amamantado a
raíz de morir su madre. Se había criado con todos los mimos por parte de su
propietario, pero era muy arisco. Huía en cuanto veía que alguien le miraba y
se le acercaba. Toda la mañana estuvieron hablando del equino.
El
piquetero, un muchacho joven, se bajó de la última oliva que varearían antes
del almuerzo. Ahora se irían todos al hato para tomar el alimento, porque era
la hora, menos él, que se dirigió hacia la pareja de animales.
El
caballo era vigoroso y dispuesto a no dejarse montar por el inesperado jinete.
La familia y compañeros viendo sus intenciones intentaron disuadirle, pues
podría tirarlo al suelo y despanzurrarlo. Pero él era como las moscas
borriqueras.
Encorvando
el lomo y dando saltos pretendía el cimarrón descolocar al molesto jinete y que
cayera en tierra. Como no pudo tirarlo, se dirigió al galope hacia los olivos,
para ver si las ramas le quitaban el piojo de encima. Lo iba a destrozar
pasando por debajo una y otra vez. Después se encauzó hacia la carretera y
desaparecieron.
A la
media hora les vieron venir. Hacían una pareja normal, tranquila. Subido a pelo
en la grupa llegaron los dos, empapados, hasta donde estaban los comensales, tomando
el postre. Su padre se levantó, e interesándose por su salud, le salió al
encuentro.
- -¡Hijo, cuánto me haces sufrir! Lo mal que lo he pasado al verte trasponer.
Me das una irritación tras otra. Dime:¿hasta dónde has llegado?
- -Hasta el río Salado - y se bajó del cuadrúpedo, buscando el
búcaro con avidez. Cansado y sudoroso, bebió con ansia porque le había hecho
bregar lo indecible.
Joselillo
sabía cómo tratar a los animales rebeldes, tenía esa gracia. Sabía hablarles,
mirarlos y dominarlos. Él era así, altivo, porque así lo había parido su madre,
y no pudo hacer otra cosa mejor por el animal. Todos se lo reconocieron.
El almuerzo, dentro de la capacha, todavía le esperaba.
No hay comentarios:
Publicar un comentario