http://ferliteraria.blogspot.com.es/

Translate

jueves, 4 de octubre de 2018

AL FILO



Cristóbal Encinas Sánchez

                Se sentó en el frío escalón de su puerta a las tres de la madrugada. Acababa de llegar la ambulancia que él mismo había pedido a la chica del 016. La policía estaba al llegar también. Exhaló el humo de sus pulmones después de una prolongada chupada al cigarro. La noche se había presentado negra, y él había sido el causante.
Un haz de luz asomó por entre las copas de los árboles que adornaban la empinada calle. Se levantó de su asiento y casi deslumbrado se mantuvo de pie , enfrentando la situación. Le causó un pánico atroz al verse rodeado de tanta gente. ¿Qué había hecho?
Todos le miraban de forma incriminatoria. Absurdamente se había quitado un montón de problemas de encima, creándose otro más grave. 
Una camilla lentamente salió por la puerta de la casa y todos suponían a quien llevaba. Estaban horrorizados por el fatal desenlace.
El juez había desestimado la petición de protección que había solicitado aquella mujer. Era otro fracaso de la justicia en el tema de la violencia doméstica.
NO A LA VIOLENCIA DE GÉNERO

lunes, 1 de octubre de 2018

ELIGIERON AL MUERTO


Cristóbal Encinas Sánchez

(Lema : ALGUIEN QUE AHORA NO ESTÁ AQUÍ).

            Se estaba grabando en el teatro la escena de la doncella en que profusamente lloraba y derrochaba palabras de gratitud hacia el vagabundo que yacía en el suelo. Pisando la magna espada, con ánimo de sacarla de donde la habían clavado, exclamó una retahíla de frases con gran boato.
De pronto, por la parte izquierda del escenario aparecieron dos guardias para llevarse preso al autor del robo de aquella significativa arma, que era del Rey y que apareció, lamentablemente, junto al vagabundo.
Se había originado una encarnizada pelea –decían los allí presentes– por el motivo de la defensa de la doncella, que fue asaltada por varios delincuentes. El vagabundo la había defendido con habilidad inigualable para ponerla a salvo, pues fue un famoso espadachín en su juventud, pero esta vez lo habían herido a traición y yacía en el suelo con un sospechoso desmayo. Todos creían que aquella escena era parte de la obra.
Los dos guardias argumentaron que, por la inmediatez de los hechos cometidos, y con lo que estaban viendo, que no daba lugar a equívocos, deberían de llevarse a alguien para presentarlo como testigo del robo y de la contundente violencia perpetrada. Necesitaban a alguien argumentara el hallazgo.
Nadie sabía nada ni conocía al culpable. Todos se mantenían erguidos y serios. Al rato, y viendo que la cosa se alargaba, la doncella suspiró con gran entereza y, con mucho dramatismo, exclamó:

–A mí, llévenme a mí, ya que yo he estado a punto de morir y él me ha salvado –lo dijo para ver si ahora alguien la acompañaba y por ver la actuación de los guardias. Uno de ellos, sorprendido por el cariz de la representación, y para salir airoso ante una dama tan arrogante y bella, prorrumpió:

–¡No, no debemos cometer una tropelía!, una insensatez, pues sabemos que el asesino ha sido alguien que ahora no está aquí. Pero mientras encontramos alguna prueba más concluyente, pensemos –dijo el primer guardia.
El otro guardia, con ojos muy vivarachos y como habiendo encontrado la solución pertinente, pasados unos segundos soltó:

–Si no se ríen, me atrevo a presentar esta opción: ¡LLevarnos al muerto! Diremos que tenía un poco de vida y en el camino murió. Nosotros cumplimos nuestra misión, y ya vendrá la policía a investigar para descubrir al asesino.


Los allí presentes intentaron no sonreír, no sabiendo si aquello era una broma dentro del espectáculo. Los guardias se fueron con lo que más les importaba: la espada, y la reataron muy bien a la montura de su caballo.

viernes, 28 de septiembre de 2018

LA CASA DE MIS ABUELOS


CRISTÓBAL ENCINAS SÁNCHEZ

             Esta noche encuentro en los posos de este vino amargo reminiscencias de la vida que tuvimos. Ya llegó el momento para no seguir fingiendo que supimos llevar de forma conveniente nuestra apresurada vida.
Ajeno a todo, me cobijo mentalmente en aquel cuarto de los trastos de la vieja casa de mis abuelos, en una feliz tarde. Allí había jáquimas colgadas, azadones, cestos con cuerdas, horcas de la parva, hoces y rastrillos mezclados todos en el rincón de una habitación pequeña destinada a almacén . Yo buscaba, ante todo, mi entretenimiento preferido: la albarda del mulo Romero. Me subía encima y comenzaba a recordar cuando trotaba por los campos de cereal casi recién nacido, por las orillas de los ríos y por los límites de las alamedas.
Me imaginaba corriendo por llanos del Banco con algunos compañeros de la escuela, hasta asomarnos a los acantilados, unos farallones que dan al Torcal, y desde allí descolgarnos para visitar las cuevas, con el peligro inminente de caernos en alguna sima y perdernos en ella para siempre.
Después, me subía a las cámaras de la casa, donde había jugado muchas veces con mi hermano. Nos escondíamos tras los haces de esparto que sobraron cuando se hizo el tejado.
Lo escrutábamos todo: sacudíamos impulsivamente los cencerros grandes y las campanillas que pendían de un clavo; manoseábamos las herramientas guardadas en las capachas. Sacábamos dos cuchillos y los atábamos a un palo para construir un chuzo con el que nos enfrentaríamos, en caso necesario, a algún sacamantecas escondido. Con una corneta inservible, calada en bandolera no fuera a perderse, intentábamos tocar y llamarnos, pero su boquilla no sonaba.
Lo que más nos gustaba era luchar con un largo sable herrumbroso y una bayoneta de medio metro. Por ser yo mayor que él y más robusto, me apropiaba de la espada, aunque no podía blandirla ni con las dos manos; pero nunca nos herimos, ni un rasguño, porque teníamos el cuidado necesario.
Íbamos después a darle un repaso a una arquilla vieja que contenía incontables botellitas con raras esencias pestilentes y de diversos colores, azules verdosos y morados; y hasta cartuchos de postas había, con su espoleta y que pudimos haber explosionado.
Lo que más me llamó la atención fue encontrar un bonito tebeo pegado a una de las paredes de la arquilla. En su portada apareció una caricatura magistral e impecable de Pepe Iglesias “el Zorro”, aquel hombre tan gracioso y amable, que nos haría reír en las noches del solitario invierno.

UN AMOR TEMPRANO


Cristóbal Encinas Sánchez

        En mayo pasado se cumplieron ocho años desde que me hicieras la primera confesión de amor, aunque tú no te dieras cuenta.                                                                                                                          
El día en que te conocí, ibas a la escuela de párvulos, tan pizpireta y activa, tan embelesada en tus cosas que no reparaste en mí, pero yo te observaba siempre que te veía aparecer. Eras la distracción de todos, y con tus representaciones nos dejabas boquiabiertos.                                                                                              
Fue el día de nuestra Primera Comunión. Tú ibas con un vestido de seda blanco y una diadema de flores fucsias y amarillas. Estabas realmente encantadora, tranquila, dominando la situación. Recuerdo, desde mi ventana, al verte salir a la calle, cómo te recogiste el faldón para no pisártelo. ¡Qué soltura y donaire!, y tu madre cómo sonreía complaciente. Los ojos te destellaban y aquellos dos rizos, que te hicieron con tanta elegancia, redondeaban tus delicadas facciones. Tu boca, jactanciosa, mostraba dos filas de dientes bien alineados y radiantes.                                                                                                                                                      
Al llegar el momento de tomar el Pan, me miraste de reojo y tuviste una caída de ojos  que hizo distraerme y no pude salir, seguidamente, a recibirlo también. Después me di cuenta, al hincarme de rodillas, de que volviste a posar tus humedecidos ojos sobre los míos, largamente, como asintiendo a mi pretensión de amor. Intuí que estabas hablándome puramente de amor,  a mí, que nunca me habías demostrado antes una pizca de interés. Desde ese día comencé a pensar en proponerte nuestro noviazgo.

Cuando pasó el verano, a mi madre la trasladaron a Cataluña y tuvimos que irnos toda la familia. Era el primer día de clase y nos despedimos en el aula, delante de tus padres y de los profesores, con un tímido adiós, como si fuéramos a volver a vernos mañana. Pero no fue así.                                                                                                                      
En mi nueva residencia hice amistad con otras chicas, pero mi amor seguía teniendo el destino de aquella mujercita de mi pueblo, pues desde nuestra separación nos escribimos porque nos queremos. Cualquier día de estos le pediré, sin más dilación, que si quiere ser mi novia, si es que ella no se hubiera decidido aún a pedírmelo.

domingo, 23 de septiembre de 2018

OTOÑO PERFECTO



CRISTÓBAL ENCINAS SÁNCHEZ

El otoño va labrando con pulcritud exquisita
los perfiles y colores de todas las plantas.
El paso incansable de los días nos aproximará
al invierno donde todo permanecerá quieto,
latente, para resurgir luego cuando vengan
los cantos de la inusitada primavera
que dejará traslucir sus bendiciones.
Mientras, la estación callada irá colgando
las últimas postales en su trayecto nostálgico.
¡Vive!, otoño, que todo lo sugieres y trasminas,
volviéndote a pares de colores infinitos.
Elogiando tu recuerdo
siempre hay alguien que te observa
y te enmarca en un dorado reflejo.
Y tú has de saber que en él
has conseguido ser perfecto.

viernes, 21 de septiembre de 2018

El TIEMPO LANGUIDECE



Cristóbal Encinas Sánchez                                                                                 
Que el tiempo languidece   
con la mezquindad con que se obra;                                                 
que del todo, nada hay que dar por concluido,
ni decirlo todo, a veces.
Así somos, no a conformes manifiestos,                                            
que siempre te he de saludar primero                                                 
en el preciso momento de cruzarnos.                                            
¿No ves mi mirada resuelta a no mirarte,                                  
que caza el impacto de tu aspecto?
Tienes la presencia inquieta,                                                         
el movimiento de los ojos fuera de su ámbito,                              
negando la expresión del rostro                                              
en el ignorado transcurrir del día.                                      
Está como cansada tu cabeza                                                           
y el respirar entrecortado te delata.                                           
¿No será quizá por miedo a dar respuesta                                        
a tus vaivenes obcecados                                                    
que te tienen anclada a tus palabras?       
Que sea de otro el tiempo aletargado,                                         
que el mío yo lo ofrezco en canto vivo                                         
que nace de horizontes claros                                              
para crecer a la vida prontamente,      
y surge al próximo suspiro
de aferrarme al abrazo con el mundo
que necesita así ser aprehendido. 

viernes, 7 de septiembre de 2018

EN LA ADORADA PRADERA



Cristóbal Encinas Sánchez                                                                                                  
En la adorada pradera se asoma
la penumbra brumosa que embarga
a la callada tarde, solemne,
y te anda buscando.
¡Siempre te ronda!
Tengo que hacer un alto en el camino.
Me pierdo con el río al fondo,
en la arboleda, en los recovecos
adornados de pedregosos bancos,
donde estuvimos aquel día.
Aguardan allí mis esperanzas,
mis viejos recuerdos en la barca
y un caballo que corre
hasta una nube y salta.
Con la luz de la marcada puesta de sol
que ilumina mis tardes,
solazado a la espiga de tu talle,
nos fuimos arrullando en la espesura.
Pero ahora estoy solo y ando perdido en esa niebla
que se sujeta al río hasta llegar el alba,
sin encontrarme a nadie para hablarle.
Estoy asomado entre unos troncos
como una presa que está desprotegida.
Miro al cielo: no es posible alcanzar
aquellos deseos allí nacidos.
Todo se oscurece y nadie me ve.
Sueño, intentando abrazar
tus profundas aguas:
el remanso cálido que eres
que  hace elevarme en la llanura.
Corro con caballos desbocados
y como mil de ellos expreso mil delirios.
Rompo entonces el silencio de mi alma.                                                                       
Impertérrito yago en el olvido,                                                                                                             
como en tantas noches pasadas
en que monstruosos sueños me han dormido.
Busco en la ladera verde 
el prominente montículo,                                                                                          señal propia de su estado.                                                                                                        
¿Será ella más que tierra y solo tierra sus entrañas?
Al no hallarlo,                                                                                                                   
me pierdo corriendo como loco por la ladera abajo.                                                                                        Se acerca la noche y el río se abre ante mí.                                                                                  
Ni un resquicio de luz se queda a acompañarme.                                                                     
El reflejo de la ilusión desaparece.
Vuelvo a mirarme al río
y ya no debo de ser yo, que me confunden los murmullos.
Aún conservo las flechas que apuntan al futuro,
que en mi corazón albergan más sorpresas
que irán a buscarte y decirte en la mañana que te espero.                                                                          
Aquí, oh, ya me quedo,                                                                                                           
poblándome de tierra tuya                                                                                                      
en la serenidad inmensa de mi océano.