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domingo, 17 de junio de 2018

EL ÚLTIMO VERSO



CRISTÓBAL ENCINAS SÁNCHEZ

Humea el pabilo del candil a punto de extinguirse.
Busco mis gafas para leer el último poema.
Ya cansado, y a la luz de la luna,
he podido encontrarlo.
Complacido leo, en letras minúsculas, en un pétalo: 
te quiero.
Le doy un beso y vuelvo a guardarlo entre las mismas páginas.

miércoles, 6 de junio de 2018

UN COMENTARIO APRESURADO


Cristóbal Encinas Sánchez 

    Fui a pedir cita al traumatólogo. La sala de espera rebosaba, había cola hasta para salir. El verano hacía sus estragos, por lo que la puerta la dejé entreabierta. Me quedé próximo a ella para estar fresquito y aligerar el tránsito. Tras unos minutos, un paciente resopló:
–“Se va a escapar el gato”.
Comprendí al instante que lo decía por mí y me di por aludido.
–No he cerrado la puerta para tenerla expedita y los ya visitados saldrán más deprisa–. Eso es lo que alegué al imprevisible contertulio, pero no lo aprobó. Le dolía la espalda y con el encañonado biruji más. Cerré sin dilación. –Solo vengo a pedir cita y me voy rápido– le dije, para su tranquilidad. –El calor seco va bien para el dolor. Nosotros compramos una manta eléctrica que ha funcionado bien hasta hace unos días. Su termostato está fabricado en Cataluña. Lo repararé–. Fue mi expresión para salir del paso.
–Yo también tengo una, de marca alemana –respondió amablemente. –Es del tamaño de esta radiografía– y me la mostró. Su mujer, que estaba sentada junto a él, argumentó sin demora:
–Cuando en casa se avería algún aparato, mi marido lo compra nuevo sin pensárselo dos veces. Porque si cuesta arreglarlo veinte euros y nuevo vale cuarenta, no merece correr riesgos y perder el tiempo.
Yo le dije que sí lo merecía. Y secundé:
–En una ocasión, en Barcelona, se estropeó el cierre de la puerta de la lavadora. Lo sustituí fácilmente por otro y siguió funcionando bien durante varios años. Me costó barato entonces: doscientas pesetas –dije con plena satisfacción.
–Fue por eso de la pela, ¿no? – me interpeló él.
–¡Hombre, claro! –deslicé mi dedo índice sobre el pulgar, haciendo un gesto que sugiere dinero.
En ese momento la enfermera me llamó para concertar la cita. Cuando ya me iba, esta le dijo a mi interlocutor que el médico le esperaba. Pero antes de entrar a su consulta se volvió hacia mí, con un gesto imprevisible, y me preguntó:
–¿Nació usted en Cataluña?
Todos los asistentes se volvieron hacia mí un poco extrañados.
–¡No! ¿Se me nota? Yo soy de Badajoz.
–¡Ah! Es que usted ha estado hablándome de Cataluña y ya estaba harto. He roto radicalmente con ellos, no los trago.
–Bueno, hombre, tampoco es para tanto –susurré.
–¡No quiero seguir la conversación! Por cierto, el champán de Badajoz está buenísimo y es barato. A 1.80 euros la botella.
–Muy bueno, sí–. Le reconocí, alejándome de la puerta.
Pensé que algo desagradable le ocurrió en esta región y por eso manifestó sus sentimientos sin ningún reparo.
–¡Adiós¡ Y que se mejore usted! –le dije.
Acto seguido salí, y esta vez dejé la puerta bien “tancada”.

sábado, 28 de abril de 2018

REBELDE



Cristóbal Encinas Sánchez

Solo un hilo de silencio pasa inadvertido
por la malla de un mar ansioso de cazarte
cuando andas por el apacible surco de su playa.
Juntos caminamos pensando en que nunca llegaremos al final.
Confiados estamos en que no nos atrapará la penumbra.
Y es al contrario, pasto somos de su fatal negrura.
Si estás incólume, podrás nadar y arroparte entre las brumas,
mas no es ese tu destino.
Todo desaparecerá de las miradas que te arrebatan
los que aún no sufren el cercenador paso de los años,
es cuestión de tiempo.
Y tú eres joven todavía.
Si no estás segura, no mires la luz que te ciega;
pasa inadvertida y en cuanto puedas prepárate y lucha,
aprende de la vida.
Enriquécete de sal en la infinita raya del horizonte,
que todo tiene espera,
porque todo está recreándose para ti.
Disfruta como una rebelde que sabe por qué lo eres,
y porque esa es tu próxima partida.

martes, 24 de abril de 2018

LA ESCAPADA


Cristóbal Encinas Sánchez

En los alrededores de una explanada había varias naves vitivinícolas. Primitivo había llegado hasta la última porque las conocía bien. Había trabajado allí antes de entrar en la prisión hacía diez meses. Aquel era un buen sitio para perpetrar su hazaña.
Se había escapado hacía dos días del centro penitenciario y su ansiedad se acrecentaba. Había cruzado montañas, barrancos y ríos afanándose en no ser descubierto, con el único aliciente de hacer lo que debía. Hacía un año que allí había comprado varias hectáreas de viñedos con el dinero que le ofrecieron por declarar que el criminal propietario de aquellas naves – y que fue después socio suyo– era inocente de la muerte de una chica joven, consiguiendo este su libertad. Pero a él se le pusieron las cosas en contra, precisamente por la sospecha de su reciente adquisición.
La noche anterior había caminado sin descanso hacia aquel lugar. Durante el día, para que nadie lo viera, se mantenía oculto hasta caer la tarde. Cuando llegó, se asomó con cautela a una de las ventanas de la nave donde estaba el lagar y, precisamente, su anterior cómplice manejaba una prensa y todos los dispositivos para obtener el mosto de las uvas que cortaban a diario.
Hacía una hora que todos los trabajadores se habían marchado. En el ambiente solo se escuchaba el chorro de zumo caer a la tinaja. Primitivo observaba y, con sigilo, se acercó a él. Vio que el momento era propicio. Por fin se abalanzó sobre su presa a traición, golpeándole en la cabeza con un tubo de hierro. El infortunado cayó semiinconsciente al suelo. Después lo arrastró hasta la base de la prensa y la paró para ponerla nuevamente en marcha. El agredido, a duras penas, intentó pedir socorro, tratando de ladearse. El otro le cogió la cabeza para que no la moviese. Tras un forcejeo inútil se oyó un fuerte crujido. La sangre brotó profusamente hacia la canaleta para mezclarse inmediatamente con el mosto.
El presidiario se cercioró bien de que su compinche ya no respiraba. Viéndolo así, emprendió la huida hacia la puerta trasera de la nave. A su salida se detuvo porque oyó ladridos. Un perro había olfateado su rastro y lo había conducido hasta allí. No cabía duda de que la policía estaba al tanto. El perro atravesó la nave velozmente para dirigirse hacia Primitivo. Lo persiguió hasta la falda del monte. Una voz potente y segura, detrás de una gruesa encina, le echó el alto, instándole a que se entregara. Él no hizo caso y se adentró en la espesura. El policía que le hablaba no cesaba en su empeño de convencerlo de que no podría escapar. En unos instantes llegó el animal y se arrojó sobre él con todo su peso. No tenía escapatoria. El resto de policías ya lo había rodeado.
De vuelta a la prisión fue abucheado por un grupo de presos jóvenes. Otros, más viejos, le ensalzan por haber tenido la osadía de escaparse. Pero él intuyó que uno lo observaba aviesamente, con recelo.
Primitivo, al aproximarse a su celda pensó en que la acción del día le había merecido la pena. Pasó nervioso el umbral de su celda, y al sentarse sobre su cama se sintió más tranquilo. Había salido indemne al hacer justicia. Ahora recapacitaba sobre lo que le sucedería mañana, y ya no dormiría en toda la noche. Aunque no era cristiano, rezaba con profusión.

A las seis de la mañana, cuando se levantó para formar en el patio, al final del pasillo, vio que alguien conocido, inesperadamente, le hizo un gesto amenazante con el dedo índice, moviéndolo alternadamente alrededor de su cuello. Seguramente, tras el desayuno –pensó– se encontraría con él. Un estado de zozobra le inundó todo el cuerpo y la impotencia le hizo mella. No había caído en la cuenta de que por el último acto delictuoso le condenarían también. Pero él no se arredraba ante nada: volvería a sacar sus garras como el león más fiero. 

martes, 10 de abril de 2018

HUMOR MATUTINO


CRISTÓBAL ENCINAS SÁNCHEZ

El niño era muy dormilón y hacía caso omiso a las pacientes llamadas de su madre. Se daba otra vuelta en la cama, encogiéndose y tapándose la cabeza para no oírla. Le contestaba que ya iría. La pobre mujer le seguía insistiendo con unas palabras que él acogería con resignación y hasta con gracia.

–¡Hijo!, es la hora de que salgas a la plaza, que te estarán esperando para ir a trabajar.
–¿Y para qué voy a ir a la plaza, si yo no soy torero?
Pasaron otros diez minutos y ella le preparó todo lo que necesitaba y se lo puso encima de la mesa. Ya no había casi tiempo, y le volvió a arremeter:
–¡Así se te cortarán todos los caminos! –a lo que él jocosamente respondió:
­–¿Es que están de obras? Pues me voy por las trochas.
La madre buscaba decirle algo más contundente para que le aflora el amor propio y dejara la cama. Optó por sacarle el tema del pan, que tanto le gustaba echarse buenos hoyos con aceite y tomate.
–¡De esa forma que vas, no se te pondrá el pan duro! –le dijo al oído, burlonamente, a lo que él le tuvo a punto:
–¡Pues no!, porque lo compro a diario –. Y se quedó tan pancho.
No podía con él. Dándole vueltas al asunto, se le ocurrieron varias propuestas:
–Entonces, llévate el burro a darle un paseo y que coma en esos rastrojos, ya que a estas horas no te admitirán a trabajar. Y no vamos a tenerlo otro día más encerrado en la cuadra. Además, he pensado en venderlo. Y a ver si, vendiéndolo, a la vez tú también te ajustas en un cortijo grande, y asi dejo de llamarte todos los días.  

En oyendo esto, el muchacho dio un salto y se levantó. Este tema no deseaba volver a tocarlo. No quería separarse definitivamente de su burrito, con el que tantas veces había jugado y lo había pasado tan feliz.


jueves, 22 de marzo de 2018

UNA ROSA


UNA  ROSA
Cristóbal Encinas Sánchez
           A las afueras del barrio de Cinco Almendros había un muro paralelo a la cuneta de la carretera donde pintaban los jóvenes sus corazones atravesados por una flechas horribles de grandes. Los nombres de ellos estaban en clave de instrumentos musicales; y  a los de ellas les ponían nombres de flores: margarita, hortensia, azucena... Como algunos no tenían muchas expectativas de que se echaran por novia a alguna de aquellas señoritas, solían poner debajo una fecha imposible, como el año 2512 o el 1349 a.C.                                                                                                                                       
Uno de los jóvenes, muy enamoradizo y ágil en sus conquistas, le daba besos a su amada muy repetidamente, con  una mínima duración. La chica que era un poco tímida, en principio, los aceptaba de buen grado y siempre a escondidillas. Con el tiempo fue teniendo más confianza en él y su forma de besar ya no le escandalizaba tanto.    

Llegó la noche de Santiago y había verbena en el barrio. Asistieron otras chicas del pueblo pero en cuantía de quince o veinte, y que eran amigas de las que allí vivían.
Durante el descanso de la orquesta, se fueron "el Flauta" y "la Rosa" detrás de unos jardines próximos en un pequeño parque. No había mucha iluminación, al ser las farolas escasas y todavía no había salido la luna. Ya distanciados un poco del barullo, él no se lo esperaba pero ella se abalanzó de forma que lo sentó en un banco de madera próximo. Le sujetó la cabeza entre sus manos y se la acercó de súbito a su boca. El primer beso fue largo, voraz e inolvidable. "Te quiero, Lola", decía él cuando casi al medio minuto lo dejaba respirar. Y ella volvía a secundar con otro beso aún más pasional y prolongado. Los demás jóvenes, con su cachondeo característico, de uno en uno iban pasando vigilantes cerca de donde estaban los enamorados, y se dejaban caer con un "que te asfixia", o "te vas a poner morao".                         
Retomó la orquesta su actividad. Todas las parejas se aproximaron y comenzaron a bailar dulces valses. A los enamorados no se les vio más el resto de la velada y algunos se miraban con suspicacia, haciéndose musarañas.

A otro día, en el muro había una inscripción debajo de dos corazones ensartados que decía: "A cien metros de aquí, por pocas si se produce la defunción del Flauta, por falta de aire".                              
Y en el lugar quedó un perfume a rosas recién cortadas.

martes, 20 de marzo de 2018

AQUELLA TARDE


Cristóbal Encinas Sánchez    
Una gota de marfil cayó en el suelo,
una gota cuajada de nostalgia
se perdió sola.
Una lágrima era
puro y transparente cristal
como lluvia fresca en tierra árida,
al resbalar por tu mejilla
y después morir.

Como lluvia fresca en tierra árida,
como palabra yerta quedó
cuando dejó la vida de tu cara.
Unos cálidos ojos
inmóviles y apacibles:
como la inmensidad de mi pena,
su mirada.
Ellos, en una tarde quebrada,
la arrojaron;
y con las mías se juntaron
y se fundieron.
Una soñolienta soledad me embarga.

Recuerdo una tarde alejada,
unos ojos empañados,
una primavera deshojada,
un viento gris y apagado;
unas nubes negruzcas
como mi pena.

Recuerdo una cara suave y tierna,
un terciopelo dorado 
y un pañuelo;
una  pequeña voz ,
en tono de caverna,
me hablaba susurrante.

Recuerdo una cara,
unos ojos, un pañuelo
y una lágrima en el suelo.

Una lágrima cayó
y detrás otras mías brotaron;
una gota de marfil,
cargada de ansiedad,
que no se perdió sola.