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domingo, 10 de diciembre de 2017

HE OÍDO COSAS

Cristóbal Encinas Sánchez

He oído cosas,
como que te marchas.
Y no puedo permitir que te diluyas
después de tanto tiempo transcurrida en mí,
que te inmiscuyes como música
en vívidos tránsitos de mi vida:
mi cabeza no descansa.
Salirte al paso y echarte el lazo,
para que no escapes,
es lo que pretendo,
sin forzarte.
Me subiré al árbol guarnecido
para que no me veas
en ese bosque de los ojos tuertos
y de los silencios simulados
de las bocas aturdidas e insalubres
que manan puros rejalgares.
Te hablaré con palabras de arrullo,
de suave aleteo,
y sorprenderte para que callada quedes
y confiada vengas a mis brazos,
como antes,
sin que le des oído
a las cosas displicentes
que la gente diga.
Si no pudiera atraerte,
daría mi condición de ser sincero,
con la agravante pena en mi corazón

de no ser un ente nunca más completo.

sábado, 9 de diciembre de 2017

UN DÍA SIN HABLAR


Cristóbal Encinas Sánchez

         A primera hora de la mañana, a un empleado que entró a su puesto de trabajo le dijo el encargado: “Hemos discutido esto muchas veces y hoy hemos pensado en tener el día sin palabras. Todos los demás están de acuerdo y espero que tú también. Si fuera urgente o necesario, no dudes en hablar; pero piénsatelo si el tema no tiene importancia".

Trataban de comprobar si el día sería altamente aprovechado y rentable para la empresa, con todas las garantías de hacerlo con los requisitos y exigencias establecidas previamente. 
Veía, el recién llegado, cómo sus compañeros se dedicaban a su tarea. Esto sería el principio, para ir atando cabos y tomar ciertas actitudes. A las dos horas el operario ya se hacía un montón de preguntas. Alguien les volvió a recordar la obligación de hablar en caso de necesidad, pero nadie puso oído al consejo.

Él intentó llamar por teléfono para confirmar el estado de ciertos permisos concedidos verbalmente, pero después de tantos días, se podía esperar a mañana.
Cayó en la cuenta de que nunca le había preguntado a su compañera –le vino esa idea de pronto– si hubo algún tiempo en que ella lo quiso con frenesí o si lo había deseado alguna vez. Una mirada deseosa le lanzó ahora, pero ella no le dio la respuesta, porque no le comprendió. Fue una tontería, pero quería saberlo, precisamente hoy. "Mañana, mis deseos de preguntarle se harán más fuertes, después de estar pensando todo el día en ello", se respondía a sí mismo. Así se relamía los labios, intentando recordar una frase sugerente y justa, pero no sería consecuente con la premisa del día. Sentía temor por si las palabras no fueran apropiadas, convincentes o necesarias y se mordía la lengua para que no se le escaparan.

Recordó las expresiones de condolencia para un amigo –que su padre había fallecido–, y que en su momento, en el proceso de su enfermedad, no fue capaz de preguntarle, y que le dieron vueltas en la cabeza en aquel momento. Esto le amargaba ahora y le producía tan incontenible dolor que un compañero le hizo un ademán para preguntarle qué le ocurría, pero él le sonrió dándole a entender que no le pasaba nada, solo se había emocionado un poco. ¡Cuántas palabras había dejado de decir a su mejor amigo!, después de transcurrir dos años, sin hablarse casi, ni por teléfono, salvo una vez por Navidad. Tantas actividades realizadas juntos y sin haber referido nunca lo bien que lo habían pasado.
Ahora pensaba en la necesidad de tener que expresar tantas cosas que echaba en falta. Pero eso no podía ser este día. 

Notó que la gente iba solo a lo suyo,y no merecía la pena pararse con muchos de ellos, y perder tres segundos de su tiempo. Sin embargo, aprendió que a otros debería de haberles prestado más oído, incluso preguntarles con fruición para que se explayaran con su sabiduría.

Al final de la jornada hubo algunos maleducados que al irse no dijeron ni adiós. "¡No merecemos ni un adiós!", llegaron otros a comentar ante las miradas que comenzaron a ser odiosas, inquisitivas, distantes, torvas. Varios dieron muestras de irse con un gran dolor de cabeza, de impotencia y de improvisada cortedad, al evitar todas las preguntas.
"¡Adiós!", "Pues adiós".


miércoles, 22 de noviembre de 2017

CUENTA SALDADA


Cristóbal Encinas Sánchez
            Había estado a la espera toda la noche. Cuando su amo entró en el establo, le dio suelta y salió al patio como un torbellino. Su pelo negro y su crin larga al viento me hicieron presagiar que realizaría un encuentro completo. El día anterior no hubo suerte, pero hoy Tritón presentaba más disposición y ahínco.
            Castellana era una yegua soberbia, de buena planta, de más de uno cincuenta metros de alzada. Su pelo, de color tordo pistacho, brillaba como signo de buen cuido. Ahora esperaba, al sol del mediodía, atada a un olivo. Su cuerpo cautivo no tendría la posibilidad de escabullirse.
            El amo se aproximó al caballo y lo atrapó. A continuación le entregó las riendas al mozo para contenerlo un poco apartado. Después se dispuso a hacerle las ataduras de rigor a la hembra, en estos casos. Con dos cuerdas hizo sendos nudos escurridizos por encima de las pezuñas de las patas traseras. Los otros dos extremos de las cuerdas los pasó por la parte superior de los húmeros de las patas delanteras, y tensando los anudó. Para terminar la delicada y peligrosa labor de sujeción, ató los dos cabos sobre su lomo. Así no podría cocearle ella, si no estaba lo suficientemente receptiva al garañón.
            El caballo estaba muy nervioso ante aquella tediosa espera. El amo trató de calmarlo y lo llevó, por fin, a los pies de la infecunda. Estaba un poco desarbolado por el fallido intento del día anterior, pero ahora se disponía a conseguirlo en la inminente incursión.
            A la voz exhortativa de su amo, respondió el gañán encaramándose y apoyando sus manos sobre los gruesos costados de la bien hallada. Ella, recelosa de lo que pudiera acontecer, no hacía más que moverse para tratar de quitárselo de encima. No lo conseguía, dado el estrecho margen que le permitía la elasticidad de las cuerdas. El insigne caballo tuvo que hacer una renuncia y desmontar. Enervado, relinchaba, jadeante, sin cejar en su empeño. Entonces hizo un gesto único y sorprendente: elevó la cabeza y abrió la boca esbozando una expresiva sonrisa. Era el preludio del intento definitivo, y el amo lo aprobó.
            Enhiesto, pero torpe, el unicornio no llegaba a localizar la precisa angostura y, zigzagueando, la buscaba. Era el momento de la ostentación portentosa de sus atributos. La bordeó con su badajo, se centró y, por fin, la penetró. 
No hubo tiempo para más. Tras una tenue sacudida, reculó el caballo y, de estar ovulando la hembra, era seguro que la fecundaría. Como impelido por un volcán y apoyando sus cascos delanteros en la tierra, dejó claro que su cuenta estaba saldada.
Acto seguido, sin demorarse, el amo deshizo las ataduras para liberar a la esclavizada.

Con una buena gavilla de alfalfa y un pienso extra, mimó al fiel Tritón. Ahora, laureado y tranquilo, intentaba recuperar sus desgastadas fuerzas. 

            (FOTO DE CABALLO TOMADO DE INTERNET Y ES PROPIEDAD DE SU AUTOR)

sábado, 11 de noviembre de 2017

SI TE VIENES AL ALBA


CRISTÓBAL ENCINAS SÁNCHEZ


Por un mirar de tus ojos
no sé, morena,
de esos tus ojos negros
los más bonitos de todos.
Por un beso de tu boca
no sé, morena,
de esa tu boca de azúcar,
de todas la más sabrosa.
Por una sonrisa tuya
no sé, morena,
me vuelvo el más loco de todos.
¿Te vienes, niña, conmigo,
en mi caballo a los campos
a coger fresas y trigo
y a subir por los barrancos?
Te traeré una rosa
por una mirada,
y sin ninguna espina 
en la madrugada. 
Te traeré el rocío, mi amor,
mi vida en un arca
con sus tesoros dentro,
si te vienes al alba.

sábado, 4 de noviembre de 2017

LA ESTRELLA


Cristóbal Encinas Sánchez
Los dulces sueños los tengas siempre;
que en ellos mantengas mi recuerdo presente.
Que seas más alegre en todos tus días
y que no albergues nunca melancolías.
Que tu cara y tus labios, al yo pasar,
con breves susurros me hagan temblar.
Que cada mañana, en cada momento,
llegue más luz a tu pensamiento.
Y cada noche, cuando te duermas,
que sepas que pienso en velar tus sueños:
invoco al silencio.
¿Recuerdas la estrella que te mostré?
El cielo la guarda
y aún lleva el encargo que yo le dejé:
“Vela por ella en todos sus días,
en todas sus noches y en su amanecer”.

jueves, 2 de noviembre de 2017

LA LUNA SE VA A ACOSTAR

CRISTÓBAL ENCINAS SÁNCHEZ

Se está la luna arreglando 
para meterse en la cama. 
El sol, como que es su dueño,
la tiene bien adiestrada. 
Mañana saldrá más tarde, 
mejor vestida y más guapa,  
con velo de tul de seda 
ocultándose la cara, 
y que no la vea su amo 
pues la tiene secuestrada.  
Que apague la luna el último 
que en su sueño la adorara, 
no vaya a ser que la roben
cuando llegue la alborada.

viernes, 20 de octubre de 2017

DESATENTO EN PLENILUNIO


Cristóbal Encinas Sánchez
       De cómo empezó a suministrarse aquella sustancia tóxica , no sabemos nada. Solo se puede especular con que era una noche del ardiente verano y no durmió, que digamos, en aquella luna iluminada y radiante.
Sus ojos cantaban y sus miradas iban dirigidas, principalmente, a una chica morena con el pelo largo. Tres coincidencias que podían hacer una noche inolvidable: una buena compañía colmada de sueños en una noche de fiesta que crearon el majestuoso escaparate de ser libres durante unas horas.

Como la noche se presentaba cargada de entusiasmo y él era muy dado a lisonjear el oído de las chicas guapas, intentó crearse un entorno agradable, sobornable, con buen rollo. Los requiebros afloraban a su boca con tanta elocuencia que las chicas le sonreían y bailaban con él. Aceptaban sus miradas desafiantes, atrevidas y, cómo no, lascivas que no le daban descanso ni un momento. Tuvo una sucesión de momentos extáticos, sublimes, dignos de un cuadro costumbrista.    
Eran las cinco de la mañana. Al lado de la tapia, frente a un roble próximo  –galardonado con un premio a una obra maestra de la Naturaleza y al mejor árbol adornado en las últimas  Navidades–, los festejantes vitorearon al anfitrión, que dispuso de lanzarse a la piscina desde una gruesa rama que la cruzaba por una esquina. Su cara reflejaba un esplendor que le hacía estar por encima de todo lo que allí ocurría.                                                                                                                     
A modo de despedida, el galán henchido de su fantástico triunfo en el universo, presa de un estado eufórico, saltó gozoso desde su improvisado altar. Con la dosis que se había administrado, se creyó tener alas y que era indemne a todo, sí a todo menos a la altura.