http://ferliteraria.blogspot.com.es/

Translate

viernes, 22 de septiembre de 2017

OTOÑO PERFECTO


CRISTÓBAL ENCINAS SÁNCHEZ

El otoño va labrando con pulcritud exquisita
los perfiles y colores de todas las plantas.
El paso incansable de los días nos aproxima
al invierno donde todo permanecerá quieto,
latente, para resurgir luego cuando vengan
los cantos de la inusitada primavera
que dejará traslucir sus bendiciones.
Mientras, la estación callada va colgando
las últimas postales en su trayecto nostálgico.
¡Vive!, otoño, que todo lo sugieres y trasminas,
volviéndote a pares de colores infinitos.
Elogiando tu recuerdo
siempre hay alguien que te observa
y te enmarca en un dorado reflejo.

Y tú has de saber que en él
has conseguido ser perfecto.

miércoles, 20 de septiembre de 2017

UN CERDO OBEDIENTE

  Cristóbal Encinas Sánchez
   Un amigo le preguntó a otro, que tenía el raro oficio de porquero, que por qué siempre se jactaba de que sus cerdos le hicieran caso cuando les hablaba para que no se metieran en fincas ajenas. Le respondió que estaban sembradas de hortalizas y para que no las destrozasen los nombraba. Simplemente lo hacía por satisfacción docente, para que aprendieran. 
Reacio el amigo a creerse estas bromas, que le parecían una exagerada tomadura de pelo, le propuso que se echaran una apuesta, allí donde pacían, y comprobarlo por él mismo. El porquero le respondió que no tenía inconveniente en demostrárselo, lo que el otro aceptó de buen grado. Le preguntaría algo muy personal a uno de los cerdos y que este, seguramente, le contestaría. Y que la respuesta se la daría haciendo ligeros movimientos repetitivos de su extremidad trasera izquierda.
Comenzó la prueba. El cuidador se acercó al cochino y con voz susurrante le preguntó:
—¿Cuál es la patita del porquero?  
El cerdo lo miró muy atento, como pensativo, pero no hizo ningún gesto especial con su extremidad, por lo menos de momento.
—Te lo diré de otra manera –le hizo un extraño ruido con la boca: tlo, tlo, tlo...pero nada,
Se acercó un poco más al cerdo, mostrándole la mano y haciéndole un gruñido que él conocía bien: uhrrr, uhrrr... Acto seguido empezó a rascarle el lomo. Y al cerdo, quieto, parecía gustarle. Siguió rascándole por la barriga, pausadamente. Continuó de forma suave, hasta que el marrano dio muestras de querer tumbarse en el suelo. Se arrellanó, cómodamente, sobre su lado derecho. El hombre le rascaba sin prisa alguna y el cerdo resoplaba, ostensiva y placenteramente, de vez en cuando. Este rascar continuo se  alargaba en un ambiente de calma y al animal le producía una ligera somnolencia; le pasaba la mano por  la cabeza, la papada, el pecho, las nalgas.
Con una voz pausada se disponía a hacerle la misma pregunta otra vez, sin dejar de rascarle en el pabellón de la oreja. Le habló como si lo hiciera a una persona ávida de recibir sus palabras. Y en ese instante fue cuando le introdujo el dedo índice en el oído y lo sacudió varias veces a la vez que le decía:
—¿Cuál es la pata del porquero?
Automáticamente, como un resorte, el animal levantó su pata izquierda y con un movimiento convulsivo la zarandeó varias veces queriéndole decir:
—“Esta es la pata, esta es”.
Después de la demostración, descansó el cerdo llevando su pata sobre la otra en reposo.
Con clara notoriedad el porquero se dirigió a su amigo:
—¿Te has dado cuenta, hombre, cómo responde a mi pregunta?
El amigo se quedó un poco extrañado, pero se reía a carcajadas cuando insistió otras dos veces más con la misma pregunta y el animal siguió dando la consabida respuesta.

El porquero, que se había criado en el campo, sabía bien su oficio. Los cuidaba desde que amanecía y los tenía bien alimentados. Atendía solícito si los cerdos se aproximaban a las encinas, indicándole con ello que querían comer bellotas dulces. Él las vareaba y a la vez los nombraba para ver si se habían quedado satisfechos. Y en esas atenciones estaba cuando adiestraba a los más despabilados en cosas que podían hacer gracia a la gente. O por lo menos eso era lo que él decía. 

martes, 19 de septiembre de 2017

ACORRALADO


CRISTÓBAL ENCINAS SÁNCHEZ

         Aún no había amanecido cuando oyó movimientos extraños en el huerto y en la calle más próxima. Esto le causaba cierta zozobra y mal estado de ánimo. Se desperezaba un día de frío intenso, casi invernal. En el ambiente había intenso olor a humo, un poco atenuado por otro olor a cebolla que le resultó inusual.                                                                                                                                                                 Con la mosca en la oreja, se levantó muy suspicaz del lugar donde descansaba. Se puso algo nervioso al oír unas pisadas de botas que armaban mucho ruido, como si estas fueran apartando obstáculos del camino. Quiso acercarse a un pequeño agujero practicado en la pared hecha con ripios y yeso, mal encalada, para observar; pero se escondió tras una columna que había tras la puerta y aguantó la respiración, rígido, todo el tiempo que pudo para que nadie reparara en él. Justo en ese momento, oyó un grito que denotaba un dolor terrible,  mantenido durante varios segundos. Ante la situación empezó a temblar de tal manera que no se tenía de pie; por ello optó por echarse al suelo y tranquilizarse para evitar cualquier golpe que él que pudiera producir y lo delatara. 
Esperó recostado, y se cercioró de que la puerta estaba bien ajustada. Mientras tanto, los pasos de alguien se iban acercando, aceleradamente, y la conversación de aquellos madrugadores siniestros  la percibía con nitidez. Entonces, las cerdas de su cuello se le pusieron tiesas como leznas a la vez que un sudor frío le recorrió todo el cuerpo. El corazón le latía con ímpetu descontrolado, como nunca, desaforadamente.
Alguien de grupo deslizaba un útil metálico sobre otro, con cierta pericia, como si estuviera afilándolos. Otro decía, a varios metros de la puerta, que si hacía falta una antorcha para entrar. Una voz conocida y cálida para él respondió, suavemente, diciendo que sí:" Ven tú solo conmigo, los demás, atrás, que no os vea y lo cogeré por sorpresa, no se alarmará".

El  que estaba acorralado vio cómo se abría la vieja puerta de encina, igual que todos los días. Pero en vez de traerle un cubo con comida, su amo le mostró un gancho con la punta afilada y asido por el extremo curvo. Quedó estupefacto. Si en ese momento le pinchan no echa ni una gota de sangre. A continuación reculó hacia el rincón de la zahúrda donde había dormido plácidamente.          
El matarife se le acercó circunspecto pero tratando de propiciar una irónica sonrisa que no cuajaba. De golpe, le echó el gancho a la papada y tiró hacia sí, quedando atrapado por debajo de la mandíbula. Entonces chilló desesperadamente, no podían hacerle sufrir sin razón alguna.        
Suplicó una y otra vez pidiendo clemencia, él era inocente. No le hicieron caso, y lo transportaban casi en volandas. No tenía escapatoria: lo llevaban al cadalso.

sábado, 9 de septiembre de 2017

UN DELITO IMAGINARIO


C ristóbal  Encinas Sánchez

       El señor alcalde, que era muy beato, predicaba las buenas acciones y la reconciliación fraternal. Solía ir al campo a diario para hablar con los braceros, contándoles historias para que pasaran mucho mejor su jornada, que era las más de las veces trabajosa y cansada. Cada día desde su ventana, cuando alguien pasaba por la puerta del ayuntamiento, se fijaba y apreciaba la aceptación que tenía la bandera enclavada en el balcón. Este detalle lo tenía muy en cuenta, y si le hacían el saludo o se cuadraban delante de ella un instante, le satisfacía.
Con el paso del tiempo comprobó que uno de los transeúntes nunca miraba al emblema ni se paraba a hacer, por lo menos, el paripé, cosa que le disgustaba profundamente. Por ello, al señor alcalde se le ocurrió llamarlo, ya que mostraba siempre tan rebelde talante. A través de la ventana de su despacho, le hizo una señal, dando unos ligeros golpes en el cristal, para que entrara a verlo con premura.
A pesar de su asombro, el que fuera llamado supo reaccionar al momento y entró donde se le requería. El alcalde le dijo que si podía hacerle el favor de llevarle una carta urgente al comandante del puesto de la Guardia Civil del pueblo de al lado, para una acción inminente. Ante este panorama, el hombre se prestó a hacer este servicio sin ningún impedimento ni retraso dada la imperiosa necesidad, y guardó la carta en el bolsillo interior de su chaqueta y lo abotonó no fuera a perderla.

Transcurrió una hora y media hasta llegar al cuartel andando, presentándose con la carta en la mano ante el soldado que estaba de guardia. Preguntó por el comandante y si podría entregársela personalmente ya que se la enviaba una autoridad del pueblo. El del puesto le instó a sentarse tranquilamente, pues el jefe estaba ocupado. Le avisaría y, cuando llegara, podría entregarle aquel documento tan importante. Al cabo de un buen rato se abrió la puerta de la pequeña oficina y el comandante entró dando los buenos días. Él se levantó rápidamente de la silla y le respondió con cortesía a la vez que le confiaba la singular carta, sin haber osado siquiera mirar su contenido. Con un gesto recatado y benevolente, el jefe leyó para sí con un suspiro prolongado: "Haga usted el favor de meter a la persona portadora de esta carta, por un período de tres días, en la prevención, por haberle negado el saludo a nuestra bandera". Tras unos segundos de perpleja espera, el comandante, cogiéndolo por el hombro, lo acompañó a la puerta exterior del recinto. Y no solo no mandó ejecutar la inusitada orden sino que le advirtió de que no debía de ser tan cándido y no portar, en adelante, documentos de nadie que le inculparan de un delito imaginario.

sábado, 27 de mayo de 2017

VACUAS PALABRAS

Cristóbal Encinas Sánchez

        Se paró frente al escaparate de una antigua tienda de regalos. Contempló un taco de cartas escritas a mano que estaban atadas con una cinta rosa. Le traían viejos recuerdos, pues tenía varios corazones dibujados junto al nombre del destinatario.

A ella le hubiese gustado guardar las suyas, eran tantos los sueños que albergaban y que podrían haberse hecho realidad. Pero no se hicieron. Tuvo que devolvérselas a su ex novio porque él no quiso dejar una prueba de que había incumplido sus promesas. 


miércoles, 24 de mayo de 2017

EL ÚLTIMO VERSO


CRISTÓBAL ENCINAS SÁNCHEZ
Arde el pabilo del candil a punto de extinguirse.
Cojo mis gafas para leer algún poema antes de acostarme.
A la luz de la luna he podido leer el último verso
con letras aún más grandes, en mayúsculas: 
TE QUIERO.
Ahí quedó el poema que te escribí anoche,
antes de que me dieran tu carta.
Después de leerla me quedé sorprendido,  
recapacitando: ¡si no entiendo su significado...!
Pasó el día y me atrevo a seguir leyendo,
sin aceptar la razón que ella me diera.
Enciendo otro pabilo y espero,
esta vez con mi corazón maltrecho,
con un llanto apenas contenido,
porque no encuentro tampoco ese motivo
que dé lugar a borrar el último verso.

viernes, 5 de mayo de 2017

Y TÚ QUE DEJAS PASAR LOS AIRES


Cristóbal Encinas Sánchez

Y tú que dejas pasar los aires
que te rozan y te roban el perfume.
A mí, en esta cueva, alejado de todo,
se me acerca un aire improvisado.
¿Es suyo?, me pregunto.
Sí, todo el aire es suyo,
cargado del tiempo que adornó su cara,
que envolvió sus besos,
sus manos, su figura,
y que es todo lo que aún recuerdo.
Es todo lo que recuerdo desde que no sueño.

miércoles, 3 de mayo de 2017

LOS QUE GANAN MENOS DE 700 EUROS


CRISTÓBAL ENCINAS SÁNCHEZ

Cuando empezaban la recogida de la aceituna, siendo apacible el día, eran las nueve de la mañana y solían echar tres horas y media o cuatro hasta el almuerzo. El resto, hasta siete, lo hacían después. Se tardaba en comer entre cuarentaicinco minutos y una  hora, de común acuerdo. En ese receso, a los aceituneros les gustaba ponerse al calor de la lumbre y tomar el sol, que apetecía tanto, y sobre todo en los días escarchados  en los que el blanco manto se prolongaba hasta las doce y mientras se quedaban  la cara y las orejas acartonadas.
En un día del mes de enero, se le ocurrió decir a uno de los más jóvenes recogedores que tenía frío, y que encendiera la lumbre uno de los hombres mayores,  pues hacía viento y el sol permanecía oculto tras la montañas. No serían aún las once, pero el manigero se negó a encenderla, porque no hacía la suficiente rasca, y que no se podía perder el tiempo, unas veces porque algunos comían entre horas; otras, porque se iban a hacer sus necesidades y no tenían cuando volver;  y otras veces, que si habían caído unas ligeras gotas de lluvia...                                              
Alegaba, en su razonamiento, que si todos llevaran un régimen de trabajo con energía, dando el callo como él, el cuerpo generaba el calor necesario para no sentir frío. Pero como algunos tenían mucha galbana, les pasaba estas cosas. Él era quien tenía que justificar por la noche lo que se gastaba en peonadas; y aparte, no podía permitir que le tomaran el pelo. Era algo que no podía asimilar, y por eso se ponía a arengar a la gente. No dar la pesada máxima con la aceituna recogida, le ponía nervioso, y le parecía como si él no mandara nada. Así que, como no le salían sus cuentas, por la mañana, metía diez minutos de más y por la tarde igual. Aquel esfuerzo de todos nunca se lo agradecía la empresa, pero su orgullo, y viendo las necesidades que había por aquellos años, le obligaba a hacerlo.                               
La gente estaba muy sujeta y, si alguno se ponía contestón, lo despedía y se quedaba tan tranquilo.

Esta forma de proceder era algo que ocurría a mediados del siglo pasado. Pero peor es lo que está pasando ahora. En los últimos años hay muchos empresarios que, en cuanto pueden, se aprovechan y el sueldo lo rebajan más de un treinta por ciento. Lo malo es que, incrementando sus ganancias, las empresas no se quedan conformes y cometen otros abusos para sacar más dinero. Claro está que con esta reforma laboral que han impuesto los últimos gobiernos, es obvio llegar a estas situaciones: el empresario es más rico y miserable, y el trabajador está más desprotegido en todos los ámbitos y tiene menor sueldo. O si no que se lo digan a los que ganan menos de setecientos euros.

jueves, 27 de abril de 2017

SE PREGUNTÓ QUÉ HACÍA AQUELLA LLAVE DEBAJO DE LA MESA


Cristóbal Encinas Sánchez
Eran las dos de la tarde, la hora justa del almuerzo. Solía reunirse la familia en torno a una gran mesa ovalada, y acostumbraba a respetar los horarios porque todos estaban muy atareados. Se juntaban seis comensales aunque uno, el más pequeño, siempre estaba liado con el ordenador metiendo programas nuevos. Su madre le avisaba de que la mesa estaba puesta y entonces lo dejaba todo y bajaba corriendo las escaleras. Las dos hermanas mayores estaban pendientes de que él llegara a tiempo para comer. Tenían algo especial con el joven Antoñito. Todos los hermanos se llevaban dos años, un tiempo prudencial para que se respetaran.
Cuando llegó Antoñito y acercó su silla para sentarse a la mesa, esta quedaba desequilibrada y procedió moverla repetidas veces. Algo sólido yacía bajo una pata, se agachó para recogerlo y vio que era una llave antigua. Parecía que nadie sabía cómo había podido llegar hasta allí, pero todos sabían que correspondía a la puerta de la azotea donde subía su madre a tender las sábanas.
Durante los últimos dos días nadie subió a tender nada. Había llovido muy intensamente. Lauro, el único hermano, apuntó:
–A ver si alguien realiza otros menesteres que no debemos de conocer  y por las prisas se le ha caído–. Al decir esto, se aseguró de que la criada no estuviera en el comedor. Otros empezaron a concebir nuevas ideas.
La madre contestó:
–Hoy ha venido un carpintero a traer una caja con las bandejas para la estantería. Tardó cinco minutos en ponerlas junto a la puerta del balcón y se fue, ¿no es verdad, Eleuterio? –dijo la madre, que se dirigió con rotundidad a su marido, el cual asintió–, y yo no advertí que se le cayera nada.
La criada que trajo la olla para que empezaran a servirse se atrevió a decir:
–Yo no he sido. Ayer, después de subir a la terraza persiguiendo a una escolopendra, que desapareció por una rendija, la dejé en el llavero –era muy expresiva y pormenorizaba todos los detalles que hizo con el afán por buscarla. Recordó que esos bichos le causan horror a la señora.–Al final tuve que desistir.
Antoñito no se creía lo que con tanto desparpajo les contaba. Tenía un fino olfato para detectar cuándo alguien mostraba un interés excesivo en algo. Como al resto de sus hermanos no les oyó resollar, él hizo lo mismo. Su madre, que solía reprocharse algunos fallos de memoria, se limitó a decir que subió también por la mañana a recoger unas botas que lavó el día anterior y las dejó en el suelo, y que tal vez al bajar dejara la llave encima de la mesa. Probablemente, al poner el mantel, se le había caído sobre la alfombra.
Al instante, el hermano mayor corroboró que vino de campar por ahí y le dio a su madre las botas. Podría haber sido que, después de barrer la criada el comedor por la mañana, no se diera cuenta; o que sábado no barrió la chica el suelo por estar prácticamente limpio. Los indicios apuntaban a que ocurrió algo imprevisto.
Hacía años que los tejados de la casa y las terrazas estaban a la misma altura de los otros dos contiguos de sus vecinos. Los tres los había construido un maestro albañil que hizo una reforma en la casa, subiéndola un piso cuando era propiedad de los abuelos. A raíz de aquella reforma, los dos vecinos admiraron la obra y optaron por hacerla igual cuando se decidieron a ampliarla. Por eso todas las terrazas estaban a un andar.
Pues bien. Antoñito ató cabos e intuyó que podían estar ante una situación bien calculada. Si el novio de la criada, un muchacho joven como él, que vivía dos números más arriba, podía fácilmente pasarse hasta la suya en cualquier momento.
Después de terminado el segundo plato, tomaron una pieza de fruta y estaban ya dispuestos a levantarse de la mesa cuando alguien tocó el timbre de la puerta. Antoñito se levantó de un salto para abrir, esperaban a que viniera un policía del ayuntamiento para recoger la  maleta olvidada que su padre encontró en el taxi y que había denunciado hacía un par de días. Pero no fue así.
– Soy yo, Carlos, y perdonen por interrumpirles. Traigo unas botas que estaban en mitad de la calle. Se ve que una racha de viento las ha tirado del muro de la terraza donde  estaban –habló el que era el novio de la criada.
Los de la casa no creyeron lo que tan bien expresaba el que al otro lado de la puerta estaba. Era una buena excusa para venir a aquellas horas intempestivas en que ellos estarían almorzando. Algo le tendría que decir a la chica y por eso no esperó a más tarde. La comida se había alargado hablando y el novio calculó mal el tiempo, encontrándoselos a todos comiendo.
Ahora, la interpretación de los hechos se orientaban en otra dirección. Antoñito volvió a suponer que era muy fácil desplazarse por las terrazas y verse con la criada en el último rellano de la escalera, sin que ningún vecino pudiera verlos.
La madre recordó que el día anterior, subió y puso las botas encima del muro para que se orearan. La puerta estaba entornada. Allí vio allí a Carlos en la terraza del vecino, que trabajaba apretando unas bridas que sujetaban a la pared la antena de la televisión. Él aparentaba estar muy concentrado. Ella hizo igual al verlo trabajando como otras veces. Ante la situación, cuando ella terminó de tender, al darse la vuelta, miró hacia el suelo, y tras la puerta, se encontró una llave igual a la que usaba. ¡Qué raro! –se dijo– pero pensó que sería la duplicada que se les había perdido hacía un tiempo. A continuación, se amagó para recogerla, haciendo un gesto simulado como si se le hubiera caído algo al suelo. Una vez recogida, la introdujo en la cerradura y echó el paletón a la primera.
Antoñito le dio las gracias a Carlos por llevarles las botas, cerró la puerta y prosiguió hablando del tema largamente con la familia. La criada permaneció en la cocina fregando y no se inmutó, ni dijo nada al oír la voz de su prometido mientras lo veía por la ventana despedirse.
A otro día, la chica del servicio le dijo a Eleuterio que le había salido una oferta de trabajo con otra señora más cercana a su casa, que solo tenía a su marido y a un hijo pequeño, que le pagaba algo más y echando menos horas. Y que así tendría un horario más flexible y entonces podría estar más tiempo con su novio.

lunes, 24 de abril de 2017

EL ANILLO DE BODAS

CRISTÓBAL ENCINAS SÁNCHEZ
La fiesta aún no había acabado. Varias mujeres de edad madura, con ropas desenfadadas para la ocasión, se prodigaban por la plaza haciendo galas de sus tipos fortalecidos por la gimnasia practicada durante los últimos años. Se resistían a dar por finalizado el baile. Era sábado y la noche llegaba a no sentar su providencia.                                                                                              
   –¿Seréis capaces de echar un último baile? con la romántica canción que a alguien le encantará, pues les he pedido a los músicos que la canten, ¿de acuerdo? –dijo Genoveva a sus amigas.                       
  –Claro que soy capaz y de bailarla con la penúltima copa –contestó Noelia, muy acalorada.                
   –Todavía no sabéis quién soy yo. Que siga la música incansablemente hasta que la luz nos ilumine –respondió Elvinia que instaba a sus amigas a mover las manos hacia uno y otro lado, rítmicamente.

Todo quedó a oscuras menos el escenario. Los músicos irrumpieron con delicadeza con las suaves notas del piano. Echarían el resto, total, de allí irían a la cama. Comenzó la canción con las sentimentales palabras de "Always on my mind", siempre en mi mente, de Willie Nelson.                 
Elvinia se quedó perpleja. Los últimos y apagados muchachos las observaban, pero no animaban a nada y seguían en sus asientos, adormilados. Ella nunca se habría imaginado aquella situación sin él. Recordó que hacía dos años que no la escuchaba porque su amado estaba ausente, y siempre la habían bailado uniendo sus siluetas. Al momento, en su semblante apareció una mueca de dolor que le hizo separarse del grupo que danzaba entusiasmado, simulando un repentino cansancio.                              
   –Me voy a casa –dijo a sus dos amigas, sin que estas mostraran inconformidad. 

Al doblar la esquina un hombre enmascarado salió de un portal y la siguió. Le indicó, con susurros, varias veces que se parara. Le pidió que amablemente le entregara el anillo de diamantes que  llevaba puesto. Ella, poco a poco, se fue fijando en su cara, tras quitarse el pañuelo que se la cubría. Intuía que su nariz formaba parte de una fisonomía conocida, aunque tenía abundante barba. Sus ojos le soliviantaron con su profunda mirada, le despertaban excitación. Notó como un quebranto en su espíritu. Y se echó a llorar.

   –No puedo hacer eso, porque entonces te daría parte de mi corazón –le respondió ella.

   –También quiero tu corazón. Soy un caníbal empedernido que no puedo pasar sin los latidos de tu corazón durante dos años seguidos.

Tuvo un momento de lucidez. Había bebido mucho alcohol para olvidar sus congojas. 
         
   –¿Acabó tu misión y te han dado el permiso que tanto necesitabas? –le preguntó ansiosamente. 
   –Sí, querida mía. Pero no por las razones esperadas. Hemos huido porque comenzaron a matar a todos los que estábamos destinados en aquel poblado.  
                                                                
Su voz era calmosa y amable. Ella, más tranquila y acariciada, le colmó de besos, pues había contado con que no saldría de aquel territorio sitiado. La televisión había dicho la semana anterior que a los miembros de su organización los habían acorralado, pero que al final consiguieron huir a través de las escarpadas montañas.
Ella había deseado tanto su regreso. Su corazón se lo pronosticaba día a día. Volvió a ponerse el anillo en su dedo y, esta vez, él le prometió que nunca más la dejaría sola.
Fue la última canción y el sol ya estaba despuntando por un valle entre los dos pico más altos. 



miércoles, 19 de abril de 2017

LA GARRUCHA


Cristóbal Encinas Sánchez

Estoy convencido de que mis cualidades físicas y mentales son extraordinarias. Y no es porque me impresionara la película de Superman o la del Túnel del tiempo cuando era un renacuajo. Eso nunca lo dudé.
Nací en un lugar de montaña, junto a un lago, y tal vez por eso aguanto bien el calor, el frío y los trabajos duros. Me acostumbro fácilmente a todo. Tengo ciertas cualidades de premonición, de adelantarme a lo que va a ocurrir, sobre todo si es con personas a las que conozco y veo diariamente. 
Cuando por las  noches me pongo a hacer una recapitulación de lo que ha ocurrido en el día, veo los acontecimientos pasar con una claridad pasmosa y un proceso lógico en su realización.                                              
Yo soñaba, en mi infancia, que volaba y, aun sabiendo que podían existir serios problemas al acercarme a los acantilados, observaba desde ellos con serenidad los extensos olivares y los llanos de cereal. Esto me daba una sensación de alegría, y entonces me lanzaba al precipicio. Conseguía mantener un vuelo rasante sorprendente y majestuoso, donde solo tenía que mantener mis manos dirigidas hacia adelante para que todo transcurriera felizmente.
Un día estaban arreglando la fachada principal de la iglesia, a la altura de donde está ubicado el coro. Un albañil se disponía a montar el rosetón de madera y vidrio por donde entraba el sol hasta el altar mayor. El soporte de la garrucha estaba sujeto a una gran viga con dos clavos. Hacía unos minutos que, entre dos hombres, habían elevado varios sacos de cemento a la plataforma. Nadie había notado nada raro en el transcurso de la operación pero por la proximidad que yo tenía al mecanismo, oí un pequeño ruido como que algo comenzaba a desprenderse. Dicho soporte se sustentaba ya con muy poco agarre y presentaba la amenaza de soltarse. Entonces vislumbré que no podría aguantar la carga en aquella situación. En un segundo calculé la probable trayectoria que la garrucha llevaría hasta el suelo. No me dio tiempo a prevenir al trabajador que desde abajo tiraba de la soga. Así, sin dar explicaciones, desde el andamio me dejé caer agarrándome al tubo lateral del mismo. Me deslicé veloz hasta el suelo, a un montón de arena. 
Con todo mi ímpetu empujé al muchacho. El soporte ya se había desprendido de la viga, pero yo ya lo había desubicado del lugar que ocupaba, salvándolo del peligro. 
A continuación, yo tendido en el suelo miré hacia arriba y vi una rueda oscura que se agrandaba cada vez más, y con dirección a mi cara. Después ya no tuve la ocasión de explicar nada. 
Horas más tarde me desperté en una camilla de una habitación blanca y supuse que era del hospital. Con la cabeza vendada y varios tubos en el brazo, en la nariz y en el dedo, me sentía dolorido y, obnubilado, pensé que estaría otra vez soñando. 
No podía creer que con todos mis reflejos y mis capacidades para anteponerme a lo que sobreviniera, pudiera estar convaleciente. Claro que, después de todo, si me había ocurrido aquel accidente tenía que conformarme, pues nadie me había invitado a ayudar en aquel trabajo. 
Ahora pienso que siempre hay cosas que pueden salir mal, así que traté de llegar a una razonable conclusión: un simple error de cálculo lo puede tener cualquiera en cualquier actividad. 
                             FOTO ESCOGIDA DEL ÁLBUM DE MANUEL CUBILLO

sábado, 8 de abril de 2017

LA ESCAPADA

CRISTÓBAL ENCINAS SÁNCHEZ

En los alrededores había varias naves ganaderas, pero Primitivo había llegado a esta en especial porque conocía bien el paraje por trabajar antes de ir a prisión. Se había escapado hacía dos días del centro penitenciario y su ansiedad se acrecentaba. Había cruzado barrancos y ríos, afanándose en no ser descubierto, con el único aliciente de hacer lo que debía. Hacía un año, cerca de allí, había comprado varias hectáreas con viñedos con el dinero que le ofrecieron por declarar que aquel criminal, que se encontraba dentro, que fue presunto compinche suyo en un deleznable crimen, era inocente, consiguiendo después su libertad.                                                                                                                                             
Se mantuvo oculto hasta caer la tarde. Se asomó con cautela a una de las ventanas que daba al lagar, donde su anterior jefe y cómplice manejaba una prensa para sacar el mosto de las uvas recién cortadas. Todos los trabajadores hacía una hora que se habían marchado. En el ambiente solo se oía el chorro del zumo caer a la tinaja. Primitivo lo observaba y, con sigilo, se acercó a él, rodeándolo. Vio que el momento le era propicio. A traición le dio un golpe en la cabeza con un tubo de hierro y el infortunado cayó al suelo, aturdido, no pudiendo revolverse por las llaves de yudo que le aplicaba. Después lo arrastró hasta la base de una prensa e hizo que esta funcionase. Tras un intento fallido de pedir socorro, se oyó un crujido muy fuerte. La sangre brotó abundantemente hacia la canaleta.                                                                                                                            
El presidiario se cercioró de que su compinche no respiraba. Viéndolo así, emprendió la huida por la puerta trasera de la nave, y se detuvo porque oyó ladridos. Un perro había olfateado su rastro hasta adentro. Atravesó la nave velozmente para dirigirse hacia él. Lo persiguió hasta la falda del monte. Una voz segura, tras de una gruesa encina, le echó el alto, instándole a que se entregara. No lo hizo y se revolvió contra el policía que le hablaba. En unos instantes llegó el animal y se lanzó sobre él. No tenía escapatoria, estaba completamente rodeado.                                                                                                               
De vuelta a la prisión es abucheado por un grupo de presos. Otros le ensalzan por haber tenido la osadía de escaparse. Pero él intuye a un personaje que lo observa aviesamente.
En su celda piensa en que la acción del día ha merecido la pena. Aunque no es cristiano, reza con profusión como si se encomendara a Dios. Pasa nervioso por el umbral de su celda, está más tranquilo porque ha salido indemne y ha hecho justicia. Ahora recapacita sobre lo que le sucederá mañana. No podrá dormir en toda la noche.
Cuando se levanta para formar en el patio, al final del pasillo ve que alguien inesperado le hace un gesto amenazante con el dedo índice, lo mueve alrededor de su cuello varias veces. Seguramente se encontrará con él después del desayuno.                                             
Un estado de zozobra le inundó todo el cuerpo y la impotencia le hizo mella ante una inminente venganza. No había caído en la cuenta de que, a partir de ahora, le echarían a él solo toda culpa de aquel inconfesable crimen que no cometió.                                          
                           

jueves, 30 de marzo de 2017

SI TÚ ERES UNO


Cristóbal Encinas Sánchez

Si tú eres uno y yo soy otro,
¿cómo quieres hacer las veces de dos?,
siendo tú tan normal como uno
y yo tan eficaz como otro.
Ahora, si quieres valer por dos cobrando como dios,
y yo valga uno cobrando como medio,
no me cuadra el planteamiento.
Te insto a que revisemos el contrato.

lunes, 27 de marzo de 2017

POSTRADO

CRISTÓBAL ENCINAS SÁNCHEZ  

Heme aquí postrado, abierto en carnes,
acuciado por tubos que me mantienen
privado de la libertad que echo en falta.
Ando como perdido,
de mi casa apenas salgo, ni al borde de la acera.
No acepto la esclavitud que me ronda con inquina.
No saboreo el alimento que me administran
por vía nasal imperativa;
ni disfruto del aire y su perfume
por tenerlo enlatado y dolorido
desparramándose por mi cara inexpresiva.
El tiempo se me paró hace un mes
y pasa los días haciéndome de estragos:
la inmovilidad que adelanta mi caída,
los pensamientos irrefrenables que me azotan.
Sé que no domino ni el día ni las horas,
tampoco la noche ni la aurora.
Caigo en la cuenta, de repente,
que soy uno entre los que me acompañan,
y entonces los miro con recelo más veces.
Cuando me duermo y despierto con angustia,
algo me atraganta y me obstruye el paso
del aire más silencioso.
Heme aquí como volviendo a renacer hoy,
día del año nuevo, aunque cada día lo sea.
Nada espero que se oponga a mi destino.
Soy como escritura adornada y sencilla,
hablo en paz con la palabra escasa.
De mis recuerdos pende todavía mi vida:
de niño que fui rebelde caminando
y corriendo por las calles, por el campo,
donde aún me encuentro con los amigos
y saco el coraje para seguir viviendo,
juego y aparezco incansable.
Así soy también ahora, pienso.
Frente a mí se abre una ventana sigilosa
y entra un aire fresco impregnado de lluvia
del invierno que tenue apareció hace unos días.                                                                                 

Y un alivio improvisado le habla bien a mi cuerpo.      


                                      LA FOTO ES DEL ÁLBUM DE MI AMIGO PEDRO OTAOLA

jueves, 16 de marzo de 2017

TODOS SOMOS ALGO

Cristóbal Encinas Sánchez

Todos somos algo
alguna vez en la vida,
si tenemos una buena canción,
una estrategia acertada
y un lugar donde exhibirla.
Pero hay que buscarla
y demostrar que la puedes bailar.
Esta noche te amaré,
como pareja única en el baile,
con esa canción excepcional
que aprendimos hace ya
en las estelas del tiempo.
Todos deberíamos de saber una canción
o un poema para recitar,
una flor para ofrecer
o un baile para danzar. 



miércoles, 8 de marzo de 2017

MUJER ERES


CRISTÓBAL ENCINAS SÁNCHEZ

Cúmulos de circunstancias en todas las vidas,
en todos los sufrimientos, tristes concurrencias;
pero en las cimas más altas,
Grande, Inconmensurable.

Madre de todos:
justa querencia
con fuerza te Admiro,
y Sin Penitencia.

Admiro la forma de comportarte:
entregada a la familia
sin frío y sin sombra,
yo quiero adorarte.

Incansable sueño
en realidad permanente,
que a los años vences
Tú, Amable: Mujer Eres.


viernes, 24 de febrero de 2017

UN ENCARGO VELOZ

CRISTÓBAL ENCINAS SÁNCHEZ
En una noche de verano, en la que estábamos en la puerta de esta casa –en la foto de más abajo se muestra ahora derruida–, todos muy contentos, preparados para tomar unos refrescos con sus aperitivos, se le ocurre a mi tío Juan enviarme al pueblo a comprar una cajetilla de tabaco, que se le había terminado. Tanto miedo me daba pasar por el cortijo de Loles (ubicado junto a una senda ahora transformada en la calle Clara Campoamor) que estuve a punto de decirle que no. Pero yo era un niño valiente y no le demostré esta debilidad mía.  
A cincuenta metros antes de llegar a aquel lugar tan siniestro emprendí una carrera a la máxima velocidad. Tras rebasarlo, ya por las escuelas, miraba hacia atrás como intentando ver a alguien oculto del que me había zafado sin dificultad. Felizmente llegué al único bar del paseo y compré un paquete de la marca Bisonte. Lo malo era que a la vuelta me pudieran atrapar. 
Hice otra vez lo mismo. Salí disparado, corriendo, y cuando me estaba aproximando a él aceleré y no paré hasta que llegué a la fábrica de la luz. Después, muy tranquilo, mitigando mi respiración entrecortada, me acerqué por donde todos estaban sentados a la mesa disfrutando de las exquisiteces que habían preparado unos tíos de mi abuela. Cerca del río y de una pequeña fuente, estaban tan fresquitos dispuestos a pasar una estupenda noche estrellada.  
Mi tío, viéndome llegar, me dijo: "¡Qué poco has tardado!". Y entonces me gratificó con una peseta, por lo bien que le había hecho el mandado. Yo la acepté y le sonreí dándole a entender, levantando la vista y moviendo la cabeza parsimoniosamente, que podría haberlo hecho más ligero aún (pero claro, dependiendo de si alguien se escondía en aquel cortijo para asustarme y no me cortaba el paso). 
                 FOTO DEL ÁLBUM DE MI AMIGO JUAN QUESADA ESPINOSA

martes, 21 de febrero de 2017

PERIQUILLA, LA INTOCABLE

            
Cristóbal Encinas Sánchez

La hija del Espantagustos, como le llamaban, era una chiquilla alegre y revoltosa. Tenía catorce años y todas las tardes se reunía con un mozalbete poco mayor que ella. Se contaban, paseando por los jardines, sus pequeñas cosas. Él tenía una figura agarabatada pero su carácter abierto y amable obviaba este defecto. Era un ganapancillo que gustaba de andorrear por las calles sin rumbo fijo después de realizar sus encargos. Así fue como conoció a Periquilla, con quien intercambiaba taz a taz sus regalos y chucherías, así como sus irreflexivos dichos, cosa que no menoscababa su frescura y disposición para el trato afable.                                                                                                                   
Todos los días caminaban por los alrededores de la iglesia y gustaban de subir al coro cuando no había nadie, para estar a solas. El viejo piano, desguazado, mostraba su arpa cromática, bajo el hueco de la escalera, con sus desafinadas cuerdas, y ellos aprovechaban para darle unos cuantos rasgueados briosos. Se divertían así, y saliendo en tropel metían un gran estrépito, soliviantando a alguna mujer que entrara santiguándose, aunque más bien sería a los ratones que andaban por allí. A estos les echarían las culpas, más de una vez, al oír las displicente notas. Después se alejaban perdiéndose en el monte cogidos de la mano y buscando orquídeas. Hasta que llegaba la hora de recogerse y ponerse a hacer sus pocas labores de casa y de la  escuela.
En su barrio, de pequeña, la tenían por un marimacho, despepitada y burlona, que iba dando patadas a los montones de tierra, recogidos por las mujeres que barrían las puertas de sus casas, y a los cubos de agua para regarlas, consiguiendo así atrasar las faenas y que la gente se precaviera.
                                                                                                               
Periquilla, a veces, tenía que ir a dar una razón a algún cortijo. Para ello enjaezaba su caballo negro. Se ponía las ropas y botas de su hermano, que le daban un aspecto de mayor, de dejadez pero de seguridad. En la  puerta de la cuadra lo enjorquetaba dando un salto felino. A continuación sacaba de la albardilla una estilizada faca enfundada que la sujetaba a una liga por encima de la rodilla. Así no tenía miedo y no retrocedía ante cualquier fatalidad. 
Cierto día caminando, al final de una calle que lleva hasta el pinar, se topó con tres jóvenes de su misma edad. Con melindres le hablaron, a la vez que se aproximaban. Uno de ellos, viendo que tenía prisa, le ofreció su bici para abreviar el camino e hizo el ademán de subirla en el cuadro para reírse de ella. Otro se aproximó y la cogió por el cuello, pero se zafó con rapidez. Al ver el panorama, la muchacha metió la mano en su mochila y sacó un minino de tres meses y lo lanzó a la cabeza del acosador. El animal se agarró con presteza al cuero cabelludo y a la garganta, hincándole las uñas. El dolor era irresistible y el chaval graznaba como un ganso cabreado. Al de la bici le echó un bote entero de gusanos de cañaheja, con hormigas alúas y saltamontes que llevaba para ponerlos como cebo en las perchas. Al verse invadido por tantos bichos, el muchacho se espantó y enloqueciendo salió disparado dándose de manotazos.  El tercero se parapetó. Con más vista y tiempo, se le acercó por la espalda, y agarrándola del brazo la trajo para sí. Sin perder un segundo, ella le propinó un taconazo en la entrepierna que no tuvo más remedido que dejarse caer al suelo. Dándose unos pequeño paseos por encima él, le distribuyó todo el dolor por la parrilla intercostal.                
Tras el intento fallido de aquellos sinvergüenzas y con el camino libre, la humillada chica cogió la bicicleta y se apresuró en dirección al cuartel de la Guardia Civil para relatarles los hechos.  Les mostró los enrojecimientos que todavía le marcaban el cuello. Después de oír su explicación, la felicitaron por su buena suerte y por su atrevimiento a delatar a sus agresores. No le hicieron más preguntas. El cabo y dos soldados fueron en busca de los culpables.
Esa tarde, el amigo de Periquilla fue informado de los acontecimientos. Ahora pensaría en ajustarles, particularmente, las cuentas a cada uno de los confabulados en el caso de que se fueran de rositas por alguna extraña razón.

A partir de entonces, quedó un refranillo muy socorrido por los niños que decía así: “No molestes a Periquilla, que más pronto que tarde te alisará las costillas”.