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sábado, 27 de mayo de 2017

VACUAS PALABRAS

Cristóbal Encinas Sánchez

        Se paró frente al escaparate de una antigua tienda de regalos. Contempló un taco de cartas escritas a mano que estaban atadas con una cinta rosa. Le traían viejos recuerdos, pues tenía varios corazones dibujados junto al nombre del destinatario.

A ella le hubiese gustado guardar las suyas, eran tantos los sueños que albergaban y que podrían haberse hecho realidad. Pero no se hicieron. Tuvo que devolvérselas a su ex novio porque él no quiso dejar una prueba de que había incumplido sus promesas. 


miércoles, 24 de mayo de 2017

EL ÚLTIMO VERSO


CRISTÓBAL ENCINAS SÁNCHEZ
Arde el pabilo del candil a punto de extinguirse.
Cojo mis gafas para leer algún poema antes de acostarme.
A la luz de la luna he podido leer el último verso
con letras aún más grandes, en mayúsculas: 
TE QUIERO.
Ahí quedó el poema que te escribí anoche,
antes de que me dieran tu carta.
Después de leerla me quedé sorprendido,  
recapacitando: ¡si no entiendo su significado...!
Pasó el día y me atrevo a seguir leyendo,
sin aceptar la razón que ella me diera.
Enciendo otro pabilo y espero,
esta vez con mi corazón maltrecho,
con un llanto apenas contenido,
porque no encuentro tampoco ese motivo
que dé lugar a borrar el último verso.

viernes, 5 de mayo de 2017

Y TÚ QUE DEJAS PASAR LOS AIRES


Cristóbal Encinas Sánchez

Y tú que dejas pasar los aires
que te rozan y te roban el perfume.
A mí, en esta cueva, alejado de todo,
se me acerca un aire improvisado.
¿Es suyo?, me pregunto.
Sí, todo el aire es suyo,
cargado del tiempo que adornó su cara,
que envolvió sus besos,
sus manos, su figura,
y que es todo lo que aún recuerdo.
Es todo lo que recuerdo desde que no sueño.

miércoles, 3 de mayo de 2017

LOS QUE GANAN MENOS DE 700 EUROS


CRISTÓBAL ENCINAS SÁNCHEZ

Cuando empezaban la recogida de la aceituna, siendo apacible el día, eran las nueve de la mañana y solían echar tres horas y media o cuatro hasta el almuerzo. El resto, hasta siete, lo hacían después. Se tardaba en comer entre cuarentaicinco minutos y una  hora, de común acuerdo. En ese receso, a los aceituneros les gustaba ponerse al calor de la lumbre y tomar el sol, que apetecía tanto, y sobre todo en los días escarchados  en los que el blanco manto se prolongaba hasta las doce y mientras se quedaban  la cara y las orejas acartonadas.
En un día del mes de enero, se le ocurrió decir a uno de los más jóvenes recogedores que tenía frío, y que encendiera la lumbre uno de los hombres mayores,  pues hacía viento y el sol permanecía oculto tras la montañas. No serían aún las once, pero el manigero se negó a encenderla, porque no hacía la suficiente rasca, y que no se podía perder el tiempo, unas veces porque algunos comían entre horas; otras, porque se iban a hacer sus necesidades y no tenían cuando volver;  y otras veces, que si habían caído unas ligeras gotas de lluvia...                                              
Alegaba, en su razonamiento, que si todos llevaran un régimen de trabajo con energía, dando el callo como él, el cuerpo generaba el calor necesario para no sentir frío. Pero como algunos tenían mucha galbana, les pasaba estas cosas. Él era quien tenía que justificar por la noche lo que se gastaba en peonadas; y aparte, no podía permitir que le tomaran el pelo. Era algo que no podía asimilar, y por eso se ponía a arengar a la gente. No dar la pesada máxima con la aceituna recogida, le ponía nervioso, y le parecía como si él no mandara nada. Así que, como no le salían sus cuentas, por la mañana, metía diez minutos de más y por la tarde igual. Aquel esfuerzo de todos nunca se lo agradecía la empresa, pero su orgullo, y viendo las necesidades que había por aquellos años, le obligaba a hacerlo.                               
La gente estaba muy sujeta y, si alguno se ponía contestón, lo despedía y se quedaba tan tranquilo.

Esta forma de proceder era algo que ocurría a mediados del siglo pasado. Pero peor es lo que está pasando ahora. En los últimos años hay muchos empresarios que, en cuanto pueden, se aprovechan y el sueldo lo rebajan más de un treinta por ciento. Lo malo es que, incrementando sus ganancias, las empresas no se quedan conformes y cometen otros abusos para sacar más dinero. Claro está que con esta reforma laboral que han impuesto los últimos gobiernos, es obvio llegar a estas situaciones: el empresario es más rico y miserable, y el trabajador está más desprotegido en todos los ámbitos y tiene menor sueldo. O si no que se lo digan a los que ganan menos de setecientos euros.

jueves, 27 de abril de 2017

SE PREGUNTÓ QUÉ HACÍA AQUELLA LLAVE DEBAJO DE LA MESA


Cristóbal Encinas Sánchez
Eran las dos de la tarde, la hora justa del almuerzo. Solía reunirse la familia en torno a una gran mesa ovalada, y acostumbraba a respetar los horarios porque todos estaban muy atareados. Se juntaban seis comensales aunque uno, el más pequeño, siempre estaba liado con el ordenador metiendo programas nuevos. Su madre le avisaba de que la mesa estaba puesta y entonces lo dejaba todo y bajaba corriendo las escaleras. Las dos hermanas mayores estaban pendientes de que él llegara a tiempo para comer. Tenían algo especial con el joven Antoñito. Todos los hermanos se llevaban dos años, un tiempo prudencial para que se respetaran.
Cuando llegó Antoñito y acercó su silla para sentarse a la mesa, esta quedaba desequilibrada y procedió moverla repetidas veces. Algo sólido yacía bajo una pata, se agachó para recogerlo y vio que era una llave antigua. Parecía que nadie sabía cómo había podido llegar hasta allí, pero todos sabían que correspondía a la puerta de la azotea donde subía su madre a tender las sábanas.
Durante los últimos dos días nadie subió a tender nada. Había llovido muy intensamente. Lauro, el único hermano, apuntó:
–A ver si alguien realiza otros menesteres que no debemos de conocer  y por las prisas se le ha caído–. Al decir esto, se aseguró de que la criada no estuviera en el comedor. Otros empezaron a concebir nuevas ideas.
La madre contestó:
–Hoy ha venido un carpintero a traer una caja con las bandejas para la estantería. Tardó cinco minutos en ponerlas junto a la puerta del balcón y se fue, ¿no es verdad, Eleuterio? –dijo la madre, que se dirigió con rotundidad a su marido, el cual asintió–, y yo no advertí que se le cayera nada.
La criada que trajo la olla para que empezaran a servirse se atrevió a decir:
–Yo no he sido. Ayer, después de subir a la terraza persiguiendo a una escolopendra, que desapareció por una rendija, la dejé en el llavero –era muy expresiva y pormenorizaba todos los detalles que hizo con el afán por buscarla. Recordó que esos bichos le causan horror a la señora.–Al final tuve que desistir.
Antoñito no se creía lo que con tanto desparpajo les contaba. Tenía un fino olfato para detectar cuándo alguien mostraba un interés excesivo en algo. Como al resto de sus hermanos no les oyó resollar, él hizo lo mismo. Su madre, que solía reprocharse algunos fallos de memoria, se limitó a decir que subió también por la mañana a recoger unas botas que lavó el día anterior y las dejó en el suelo, y que tal vez al bajar dejara la llave encima de la mesa. Probablemente, al poner el mantel, se le había caído sobre la alfombra.
Al instante, el hermano mayor corroboró que vino de campar por ahí y le dio a su madre las botas. Podría haber sido que, después de barrer la criada el comedor por la mañana, no se diera cuenta; o que sábado no barrió la chica el suelo por estar prácticamente limpio. Los indicios apuntaban a que ocurrió algo imprevisto.
Hacía años que los tejados de la casa y las terrazas estaban a la misma altura de los otros dos contiguos de sus vecinos. Los tres los había construido un maestro albañil que hizo una reforma en la casa, subiéndola un piso cuando era propiedad de los abuelos. A raíz de aquella reforma, los dos vecinos admiraron la obra y optaron por hacerla igual cuando se decidieron a ampliarla. Por eso todas las terrazas estaban a un andar.
Pues bien. Antoñito ató cabos e intuyó que podían estar ante una situación bien calculada. Si el novio de la criada, un muchacho joven como él, que vivía dos números más arriba, podía fácilmente pasarse hasta la suya en cualquier momento.
Después de terminado el segundo plato, tomaron una pieza de fruta y estaban ya dispuestos a levantarse de la mesa cuando alguien tocó el timbre de la puerta. Antoñito se levantó de un salto para abrir, esperaban a que viniera un policía del ayuntamiento para recoger la  maleta olvidada que su padre encontró en el taxi y que había denunciado hacía un par de días. Pero no fue así.
– Soy yo, Carlos, y perdonen por interrumpirles. Traigo unas botas que estaban en mitad de la calle. Se ve que una racha de viento las ha tirado del muro de la terraza donde  estaban –habló el que era el novio de la criada.
Los de la casa no creyeron lo que tan bien expresaba el que al otro lado de la puerta estaba. Era una buena excusa para venir a aquellas horas intempestivas en que ellos estarían almorzando. Algo le tendría que decir a la chica y por eso no esperó a más tarde. La comida se había alargado hablando y el novio calculó mal el tiempo, encontrándoselos a todos comiendo.
Ahora, la interpretación de los hechos se orientaban en otra dirección. Antoñito volvió a suponer que era muy fácil desplazarse por las terrazas y verse con la criada en el último rellano de la escalera, sin que ningún vecino pudiera verlos.
La madre recordó que el día anterior, subió y puso las botas encima del muro para que se orearan. La puerta estaba entornada. Allí vio allí a Carlos en la terraza del vecino, que trabajaba apretando unas bridas que sujetaban a la pared la antena de la televisión. Él aparentaba estar muy concentrado. Ella hizo igual al verlo trabajando como otras veces. Ante la situación, cuando ella terminó de tender, al darse la vuelta, miró hacia el suelo, y tras la puerta, se encontró una llave igual a la que usaba. ¡Qué raro! –se dijo– pero pensó que sería la duplicada que se les había perdido hacía un tiempo. A continuación, se amagó para recogerla, haciendo un gesto simulado como si se le hubiera caído algo al suelo. Una vez recogida, la introdujo en la cerradura y echó el paletón a la primera.
Antoñito le dio las gracias a Carlos por llevarles las botas, cerró la puerta y prosiguió hablando del tema largamente con la familia. La criada permaneció en la cocina fregando y no se inmutó, ni dijo nada al oír la voz de su prometido mientras lo veía por la ventana despedirse.
A otro día, la chica del servicio le dijo a Eleuterio que le había salido una oferta de trabajo con otra señora más cercana a su casa, que solo tenía a su marido y a un hijo pequeño, que le pagaba algo más y echando menos horas. Y que así tendría un horario más flexible y entonces podría estar más tiempo con su novio.

lunes, 24 de abril de 2017

EL ANILLO DE BODAS

CRISTÓBAL ENCINAS SÁNCHEZ
La fiesta aún no había acabado. Varias mujeres de edad madura, con ropas desenfadadas para la ocasión, se prodigaban por la plaza haciendo galas de sus tipos fortalecidos por la gimnasia practicada durante los últimos años. Se resistían a dar por finalizado el baile. Era sábado y la noche llegaba a no sentar su providencia.                                                                                              
   –¿Seréis capaces de echar un último baile? con la romántica canción que a alguien le encantará, pues les he pedido a los músicos que la canten, ¿de acuerdo? –dijo Genoveva a sus amigas.                       
  –Claro que soy capaz y de bailarla con la penúltima copa –contestó Noelia, muy acalorada.                
   –Todavía no sabéis quién soy yo. Que siga la música incansablemente hasta que la luz nos ilumine –respondió Elvinia que instaba a sus amigas a mover las manos hacia uno y otro lado, rítmicamente.

Todo quedó a oscuras menos el escenario. Los músicos irrumpieron con delicadeza con las suaves notas del piano. Echarían el resto, total, de allí irían a la cama. Comenzó la canción con las sentimentales palabras de "Always on my mind", siempre en mi mente, de Willie Nelson.                 
Elvinia se quedó perpleja. Los últimos y apagados muchachos las observaban, pero no animaban a nada y seguían en sus asientos, adormilados. Ella nunca se habría imaginado aquella situación sin él. Recordó que hacía dos años que no la escuchaba porque su amado estaba ausente, y siempre la habían bailado uniendo sus siluetas. Al momento, en su semblante apareció una mueca de dolor que le hizo separarse del grupo que danzaba entusiasmado, simulando un repentino cansancio.                              
   –Me voy a casa –dijo a sus dos amigas, sin que estas mostraran inconformidad. 

Al doblar la esquina un hombre enmascarado salió de un portal y la siguió. Le indicó, con susurros, varias veces que se parara. Le pidió que amablemente le entregara el anillo de diamantes que  llevaba puesto. Ella, poco a poco, se fue fijando en su cara, tras quitarse el pañuelo que se la cubría. Intuía que su nariz formaba parte de una fisonomía conocida, aunque tenía abundante barba. Sus ojos le soliviantaron con su profunda mirada, le despertaban excitación. Notó como un quebranto en su espíritu. Y se echó a llorar.

   –No puedo hacer eso, porque entonces te daría parte de mi corazón –le respondió ella.

   –También quiero tu corazón. Soy un caníbal empedernido que no puedo pasar sin los latidos de tu corazón durante dos años seguidos.

Tuvo un momento de lucidez. Había bebido mucho alcohol para olvidar sus congojas. 
         
   –¿Acabó tu misión y te han dado el permiso que tanto necesitabas? –le preguntó ansiosamente. 
   –Sí, querida mía. Pero no por las razones esperadas. Hemos huido porque comenzaron a matar a todos los que estábamos destinados en aquel poblado.  
                                                                
Su voz era calmosa y amable. Ella, más tranquila y acariciada, le colmó de besos, pues había contado con que no saldría de aquel territorio sitiado. La televisión había dicho la semana anterior que a los miembros de su organización los habían acorralado, pero que al final consiguieron huir a través de las escarpadas montañas.
Ella había deseado tanto su regreso. Su corazón se lo pronosticaba día a día. Volvió a ponerse el anillo en su dedo y, esta vez, él le prometió que nunca más la dejaría sola.
Fue la última canción y el sol ya estaba despuntando por un valle entre los dos pico más altos. 



miércoles, 19 de abril de 2017

LA GARRUCHA


Cristóbal Encinas Sánchez

Estoy convencido de que mis cualidades físicas y mentales son extraordinarias. Y no es porque me impresionara la película de Superman o la del Túnel del tiempo cuando era un renacuajo. Eso nunca lo dudé.
Nací en un lugar de montaña, junto a un lago, y tal vez por eso aguanto bien el calor, el frío y los trabajos duros. Me acostumbro fácilmente a todo. Tengo ciertas cualidades de premonición, de adelantarme a lo que va a ocurrir, sobre todo si es con personas a las que conozco y veo diariamente. 
Cuando por las  noches me pongo a hacer una recapitulación de lo que ha ocurrido en el día, veo los acontecimientos pasar con una claridad pasmosa y un proceso lógico en su realización.                                              
Yo soñaba, en mi infancia, que volaba y, aun sabiendo que podían existir serios problemas al acercarme a los acantilados, observaba desde ellos con serenidad los extensos olivares y los llanos de cereal. Esto me daba una sensación de alegría, y entonces me lanzaba al precipicio. Conseguía mantener un vuelo rasante sorprendente y majestuoso, donde solo tenía que mantener mis manos dirigidas hacia adelante para que todo transcurriera felizmente.
Un día estaban arreglando la fachada principal de la iglesia, a la altura de donde está ubicado el coro. Un albañil se disponía a montar el rosetón de madera y vidrio por donde entraba el sol hasta el altar mayor. El soporte de la garrucha estaba sujeto a una gran viga con dos clavos. Hacía unos minutos que, entre dos hombres, habían elevado varios sacos de cemento a la plataforma. Nadie había notado nada raro en el transcurso de la operación pero por la proximidad que yo tenía al mecanismo, oí un pequeño ruido como que algo comenzaba a desprenderse. Dicho soporte se sustentaba ya con muy poco agarre y presentaba la amenaza de soltarse. Entonces vislumbré que no podría aguantar la carga en aquella situación. En un segundo calculé la probable trayectoria que la garrucha llevaría hasta el suelo. No me dio tiempo a prevenir al trabajador que desde abajo tiraba de la soga. Así, sin dar explicaciones, desde el andamio me dejé caer agarrándome al tubo lateral del mismo. Me deslicé veloz hasta el suelo, a un montón de arena. 
Con todo mi ímpetu empujé al muchacho. El soporte ya se había desprendido de la viga, pero yo ya lo había desubicado del lugar que ocupaba, salvándolo del peligro. 
A continuación, yo tendido en el suelo miré hacia arriba y vi una rueda oscura que se agrandaba cada vez más, y con dirección a mi cara. Después ya no tuve la ocasión de explicar nada. 
Horas más tarde me desperté en una camilla de una habitación blanca y supuse que era del hospital. Con la cabeza vendada y varios tubos en el brazo, en la nariz y en el dedo, me sentía dolorido y, obnubilado, pensé que estaría otra vez soñando. 
No podía creer que con todos mis reflejos y mis capacidades para anteponerme a lo que sobreviniera, pudiera estar convaleciente. Claro que, después de todo, si me había ocurrido aquel accidente tenía que conformarme, pues nadie me había invitado a ayudar en aquel trabajo. 
Ahora pienso que siempre hay cosas que pueden salir mal, así que traté de llegar a una razonable conclusión: un simple error de cálculo lo puede tener cualquiera en cualquier actividad. 
                             FOTO ESCOGIDA DEL ÁLBUM DE MANUEL CUBILLO

sábado, 8 de abril de 2017

LA ESCAPADA

CRISTÓBAL ENCINAS SÁNCHEZ

En los alrededores había varias naves ganaderas, pero Primitivo había llegado a esta en especial porque conocía bien el paraje por trabajar antes de ir a prisión. Se había escapado hacía dos días del centro penitenciario y su ansiedad se acrecentaba. Había cruzado barrancos y ríos, afanándose en no ser descubierto, con el único aliciente de hacer lo que debía. Hacía un año, cerca de allí, había comprado varias hectáreas con viñedos con el dinero que le ofrecieron por declarar que aquel criminal, que se encontraba dentro, que fue presunto compinche suyo en un deleznable crimen, era inocente, consiguiendo después su libertad.                                                                                                                                             
Se mantuvo oculto hasta caer la tarde. Se asomó con cautela a una de las ventanas que daba al lagar, donde su anterior jefe y cómplice manejaba una prensa para sacar el mosto de las uvas recién cortadas. Todos los trabajadores hacía una hora que se habían marchado. En el ambiente solo se oía el chorro del zumo caer a la tinaja. Primitivo lo observaba y, con sigilo, se acercó a él, rodeándolo. Vio que el momento le era propicio. A traición le dio un golpe en la cabeza con un tubo de hierro y el infortunado cayó al suelo, aturdido, no pudiendo revolverse por las llaves de yudo que le aplicaba. Después lo arrastró hasta la base de una prensa e hizo que esta funcionase. Tras un intento fallido de pedir socorro, se oyó un crujido muy fuerte. La sangre brotó abundantemente hacia la canaleta.                                                                                                                            
El presidiario se cercioró de que su compinche no respiraba. Viéndolo así, emprendió la huida por la puerta trasera de la nave, y se detuvo porque oyó ladridos. Un perro había olfateado su rastro hasta adentro. Atravesó la nave velozmente para dirigirse hacia él. Lo persiguió hasta la falda del monte. Una voz segura, tras de una gruesa encina, le echó el alto, instándole a que se entregara. No lo hizo y se revolvió contra el policía que le hablaba. En unos instantes llegó el animal y se lanzó sobre él. No tenía escapatoria, estaba completamente rodeado.                                                                                                               
De vuelta a la prisión es abucheado por un grupo de presos. Otros le ensalzan por haber tenido la osadía de escaparse. Pero él intuye a un personaje que lo observa aviesamente.
En su celda piensa en que la acción del día ha merecido la pena. Aunque no es cristiano, reza con profusión como si se encomendara a Dios. Pasa nervioso por el umbral de su celda, está más tranquilo porque ha salido indemne y ha hecho justicia. Ahora recapacita sobre lo que le sucederá mañana. No podrá dormir en toda la noche.
Cuando se levanta para formar en el patio, al final del pasillo ve que alguien inesperado le hace un gesto amenazante con el dedo índice, lo mueve alrededor de su cuello varias veces. Seguramente se encontrará con él después del desayuno.                                             
Un estado de zozobra le inundó todo el cuerpo y la impotencia le hizo mella ante una inminente venganza. No había caído en la cuenta de que, a partir de ahora, le echarían a él solo toda culpa de aquel inconfesable crimen que no cometió.                                          
                           

jueves, 30 de marzo de 2017

SI TÚ ERES UNO


Cristóbal Encinas Sánchez

Si tú eres uno y yo soy otro,
¿cómo quieres hacer las veces de dos?,
siendo tú tan normal como uno
y yo tan eficaz como otro.
Ahora, si quieres valer por dos cobrando como dios,
y yo valga uno cobrando como medio,
no me cuadra el planteamiento.
Te insto a que revisemos el contrato.

lunes, 27 de marzo de 2017

POSTRADO

CRISTÓBAL ENCINAS SÁNCHEZ  

Heme aquí postrado, abierto en carnes,
acuciado por tubos que me mantienen
privado de la libertad que echo en falta.
Ando como perdido,
de mi casa apenas salgo, ni al borde de la acera.
No acepto la esclavitud que me ronda con inquina.
No saboreo el alimento que me administran
por vía nasal imperativa;
ni disfruto del aire y su perfume
por tenerlo enlatado y dolorido
desparramándose por mi cara inexpresiva.
El tiempo se me paró hace un mes
y pasa los días haciéndome de estragos:
la inmovilidad que adelanta mi caída,
los pensamientos irrefrenables que me azotan.
Sé que no domino ni el día ni las horas,
tampoco la noche ni la aurora.
Caigo en la cuenta, de repente,
que soy uno entre los que me acompañan,
y entonces los miro con recelo más veces.
Cuando me duermo y despierto con angustia,
algo me atraganta y me obstruye el paso
del aire más silencioso.
Heme aquí como volviendo a renacer hoy,
día del año nuevo, aunque cada día lo sea.
Nada espero que se oponga a mi destino.
Soy como escritura adornada y sencilla,
hablo en paz con la palabra escasa.
De mis recuerdos pende todavía mi vida:
de niño que fui rebelde caminando
y corriendo por las calles, por el campo,
donde aún me encuentro con los amigos
y saco el coraje para seguir viviendo,
juego y aparezco incansable.
Así soy también ahora, pienso.
Frente a mí se abre una ventana sigilosa
y entra un aire fresco impregnado de lluvia
del invierno que tenue apareció hace unos días.                                                                                 

Y un alivio improvisado le habla bien a mi cuerpo.      


                                      LA FOTO ES DEL ÁLBUM DE MI AMIGO PEDRO OTAOLA

jueves, 16 de marzo de 2017

TODOS SOMOS ALGO

Cristóbal Encinas Sánchez

Todos somos algo
alguna vez en la vida,
si tenemos una buena canción,
una estrategia acertada
y un lugar donde exhibirla.
Pero hay que buscarla
y demostrar que la puedes bailar.
Esta noche te amaré,
como pareja única en el baile,
con esa canción excepcional
que aprendimos hace ya
en las estelas del tiempo.
Todos deberíamos de saber una canción
o un poema para recitar,
una flor para ofrecer
o un baile para danzar. 



miércoles, 8 de marzo de 2017

MUJER ERES


CRISTÓBAL ENCINAS SÁNCHEZ

Cúmulos de circunstancias en todas las vidas,
en todos los sufrimientos, tristes concurrencias;
pero en las cimas más altas,
Grande, Inconmensurable.

Madre de todos:
justa querencia
con fuerza te Admiro,
y Sin Penitencia.

Admiro la forma de comportarte:
entregada a la familia
sin frío y sin sombra,
yo quiero adorarte.

Incansable sueño
en realidad permanente,
que a los años vences
Tú, Amable: Mujer Eres.


viernes, 24 de febrero de 2017

UN ENCARGO VELOZ

CRISTÓBAL ENCINAS SÁNCHEZ
En una noche de verano, en la que estábamos en la puerta de esta casa –en la foto de más abajo se muestra ahora derruida–, todos muy contentos, preparados para tomar unos refrescos con sus aperitivos, se le ocurre a mi tío Juan enviarme al pueblo a comprar una cajetilla de tabaco, que se le había terminado. Tanto miedo me daba pasar por el cortijo de Loles (ubicado junto a una senda ahora transformada en la calle Clara Campoamor) que estuve a punto de decirle que no. Pero yo era un niño valiente y no le demostré esta debilidad mía.  
A cincuenta metros antes de llegar a aquel lugar tan siniestro emprendí una carrera a la máxima velocidad. Tras rebasarlo, ya por las escuelas, miraba hacia atrás como intentando ver a alguien oculto del que me había zafado sin dificultad. Felizmente llegué al único bar del paseo y compré un paquete de la marca Bisonte. Lo malo era que a la vuelta me pudieran atrapar. 
Hice otra vez lo mismo. Salí disparado, corriendo, y cuando me estaba aproximando a él aceleré y no paré hasta que llegué a la fábrica de la luz. Después, muy tranquilo, mitigando mi respiración entrecortada, me acerqué por donde todos estaban sentados a la mesa disfrutando de las exquisiteces que habían preparado unos tíos de mi abuela. Cerca del río y de una pequeña fuente, estaban tan fresquitos dispuestos a pasar una estupenda noche estrellada.  
Mi tío, viéndome llegar, me dijo: "¡Qué poco has tardado!". Y entonces me gratificó con una peseta, por lo bien que le había hecho el mandado. Yo la acepté y le sonreí dándole a entender, levantando la vista y moviendo la cabeza parsimoniosamente, que podría haberlo hecho más ligero aún (pero claro, dependiendo de si alguien se escondía en aquel cortijo para asustarme y no me cortaba el paso). 
                 FOTO DEL ÁLBUM DE MI AMIGO JUAN QUESADA ESPINOSA

martes, 21 de febrero de 2017

PERIQUILLA, LA INTOCABLE

            
Cristóbal Encinas Sánchez

La hija del Espantagustos, como le llamaban, era una chiquilla alegre y revoltosa. Tenía catorce años y todas las tardes se reunía con un mozalbete poco mayor que ella. Se contaban, paseando por los jardines, sus pequeñas cosas. Él tenía una figura agarabatada pero su carácter abierto y amable obviaba este defecto. Era un ganapancillo que gustaba de andorrear por las calles sin rumbo fijo después de realizar sus encargos. Así fue como conoció a Periquilla, con quien intercambiaba taz a taz sus regalos y chucherías, así como sus irreflexivos dichos, cosa que no menoscababa su frescura y disposición para el trato afable.                                                                                                                   
Todos los días caminaban por los alrededores de la iglesia y gustaban de subir al coro cuando no había nadie, para estar a solas. El viejo piano, desguazado, mostraba su arpa cromática, bajo el hueco de la escalera, con sus desafinadas cuerdas, y ellos aprovechaban para darle unos cuantos rasgueados briosos. Se divertían así, y saliendo en tropel metían un gran estrépito, soliviantando a alguna mujer que entrara santiguándose, aunque más bien sería a los ratones que andaban por allí. A estos les echarían las culpas, más de una vez, al oír las displicente notas. Después se alejaban perdiéndose en el monte cogidos de la mano y buscando orquídeas. Hasta que llegaba la hora de recogerse y ponerse a hacer sus pocas labores de casa y de la  escuela.
En su barrio, de pequeña, la tenían por un marimacho, despepitada y burlona, que iba dando patadas a los montones de tierra, recogidos por las mujeres que barrían las puertas de sus casas, y a los cubos de agua para regarlas, consiguiendo así atrasar las faenas y que la gente se precaviera.
                                                                                                               
Periquilla, a veces, tenía que ir a dar una razón a algún cortijo. Para ello enjaezaba su caballo negro. Se ponía las ropas y botas de su hermano, que le daban un aspecto de mayor, de dejadez pero de seguridad. En la  puerta de la cuadra lo enjorquetaba dando un salto felino. A continuación sacaba de la albardilla una estilizada faca enfundada que la sujetaba a una liga por encima de la rodilla. Así no tenía miedo y no retrocedía ante cualquier fatalidad. 
Cierto día caminando, al final de una calle que lleva hasta el pinar, se topó con tres jóvenes de su misma edad. Con melindres le hablaron, a la vez que se aproximaban. Uno de ellos, viendo que tenía prisa, le ofreció su bici para abreviar el camino e hizo el ademán de subirla en el cuadro para reírse de ella. Otro se aproximó y la cogió por el cuello, pero se zafó con rapidez. Al ver el panorama, la muchacha metió la mano en su mochila y sacó un minino de tres meses y lo lanzó a la cabeza del acosador. El animal se agarró con presteza al cuero cabelludo y a la garganta, hincándole las uñas. El dolor era irresistible y el chaval graznaba como un ganso cabreado. Al de la bici le echó un bote entero de gusanos de cañaheja, con hormigas alúas y saltamontes que llevaba para ponerlos como cebo en las perchas. Al verse invadido por tantos bichos, el muchacho se espantó y enloqueciendo salió disparado dándose de manotazos.  El tercero se parapetó. Con más vista y tiempo, se le acercó por la espalda, y agarrándola del brazo la trajo para sí. Sin perder un segundo, ella le propinó un taconazo en la entrepierna que no tuvo más remedido que dejarse caer al suelo. Dándose unos pequeño paseos por encima él, le distribuyó todo el dolor por la parrilla intercostal.                
Tras el intento fallido de aquellos sinvergüenzas y con el camino libre, la humillada chica cogió la bicicleta y se apresuró en dirección al cuartel de la Guardia Civil para relatarles los hechos.  Les mostró los enrojecimientos que todavía le marcaban el cuello. Después de oír su explicación, la felicitaron por su buena suerte y por su atrevimiento a delatar a sus agresores. No le hicieron más preguntas. El cabo y dos soldados fueron en busca de los culpables.
Esa tarde, el amigo de Periquilla fue informado de los acontecimientos. Ahora pensaría en ajustarles, particularmente, las cuentas a cada uno de los confabulados en el caso de que se fueran de rositas por alguna extraña razón.

A partir de entonces, quedó un refranillo muy socorrido por los niños que decía así: “No molestes a Periquilla, que más pronto que tarde te alisará las costillas”.

viernes, 17 de febrero de 2017

EL SERPIENTES


CRISTÓBAL ENCINAS SÁNCHEZ

EL “Serpientes” era un niño que tenía once años. Su divertimento principal era asustar a sus amigos y compañeros de colegio. Presumía metiendo culebras y salamandras por su faldón y sacándolas por su manga. Sus ojos tenían un  brillo especial que conjugaba con el fruncimiento del ceño, insinuando a sus interlocutores que tenía un valor natural para todo lo que se proponía.
Siempre estaba dispuesto a salir con su padre. Un día de invierno, le requirió este para cortar unas higueras. Arrancó la motosierra para comenzar la tala. Había próximo a la higuera grande un muro derruido sujeto por varios alambres que obstaculizaban el trabajo. Por ello, soltó la máquina en el suelo y empezó a retirarlos. Al instante, el niño, como si tuviera azogue, se desplazó ávido para empuñar la peligrosa máquina. La elevó y apretó el gatillo con tal suerte que la pala dio contra uno de los alambre y rebotó. El padre corrió para quitársela de las manos. La cortante cadena se paró radical, pero ya era tarde. De la frente del niño brotó un manantial de sangre al que rápido le aplicó su pañuelo para atajársela.
El pequeño reconoció su imprudencia y le dijo que no se preocupara pues apenas si le dolía. El padre, sofocado, echó mano al teléfono móvil y marcó el 061. Una muchacha le contestó:

 —¡Siéntelo, apriétele fuerte sobre la herida y cúbralo con una manta!

Nueve minutos tardó la ambulancia. El médico separó el pañuelo de la frente. La sangre no fluía ya, pero era necesario hospitalizarlo. El niño, sentado, estaba como abstraído, y se hizo el disimulado tratando de coger a un gato romano que merodeaba por allí. En quince minutos, a velocidad extrema, llegaron a la sala de urgencias del hospital provincial, para hacer su ingreso. Un médico moreno y alto, con acento, dijo:
–La herida no es grave, el hueso está intacto. ¡Qué suerte! –Los padres  experimentaron un gran alivio. —Es una pequeña arteria que está semi seccionada pero la coseré bien, sin causarte dolor. Ahora tienen que hacerte una resonancia –le dijo al pequeño.

Miraba el niño receloso, con cara de bueno, al médico amable que le auguraba buen desenlace. Este le dijo:

–Prométeme no jugar más con esa ruidosa máquina.

–Sí, se lo prometo –respondió resuelto– pero es que vi un ciempiés y quise atraparlo.

Presentaba un pequeño hematoma cerebral de importancia reservada. En solo cinco días le dieron el alta. La herida quedó bien dibujada, pero al descubierto era escandalosa todavía. Tenía que estar así para que se orease, le había ordenado el médico. El peligro había desaparecido.
Bajando por el ascensor, mostraba su contento, olvidando todo lo relacionado con su percance. Una mujer y su hija de cinco años  se subieron en la planta segunda. La niña lo miró al quedar frente a él, y este con cara de satisfacción, alardeó de una frente recompuesta y sana, a la vez que fruncía el entrecejo voluntariamente, como él sabía hacerlo, y moviendo los ojos de un lado para el otro.


La niña se espantó al ver aquella cicatriz y se pegó a su madre, escondiéndose tras su falda.  Aquella herida le recordaba a una pequeña viborita que se adentraba, muy sigilosamente, en la espesa y negra  cabellera de aquel curioso personaje.

miércoles, 15 de febrero de 2017

11 HAIKUS DE PRIMAVERA

  
 CRISTÓBAL ENCINAS SÁNCHEZ
            I
Que no se pare
y con el viento vuele
tu sentimiento.
         
            II
Tras de besarte,
los besos están prestos
para adorarte.

          III
Bajando el valle,
pudo salir un beso
sin verlo nadie.

          IV
Sus grandes frutos
tienen mejor el gusto
que los del campo.

          V
Su escaso pecho
tiene la mejor copa
que hecho de ensueño.
        
          VI
Mejor modelo
no vi en un alfarero
formar un pecho.

         VII
No vi unos pechos
ni mejor torneados
ni mejor hechos.

         VIII
Como un espino
tiene mi niña el talle,
verde y florido.

        
         IX
Saldrán en mayo
los jóvenes pimpollos
apasionados.

           X
Feliz pimpollo;
él nació para abril,
tú, para mayo.
        
         XI
Abril y mayo:
nunca vi a otros meses
tan bien casados.