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martes, 5 de enero de 2016

UN SOSTÉN PARA UN ASCENSO

CRISTÓBAL ENCINAS SÁNCHEZ

       En aquella noche de viernes había fiesta en el bar de abajo y el ruido se prolongaba hasta altas horas cerca de la playa. Avisé a sus propietarios de que se estaban pasando y que bajaran el nivel de la música. Aún así, el ruido de fondo no bajó de los decibelios reglamentarios para poder dormir. Así que me subí a la terraza del bloque y estiré una hamaca. Cogí del tendedero lo que pillé a mano, un sujetador, para protegerme la cabeza y los oídos. Cuando me dormí, lo hice tan profundamente que al despertarme con el sol en lo alto y sin aquella prenda sobre la cabeza me inquieté; pensé que lo habría lanzado a la calle o que una gaviota golosa me lo había robado. Di un salto de la incómoda cama y, obnubilado, busqué por las inmediaciones con tal mala suerte que al primer paso lo pisé y me trabé con él. Estuve a punto de caer al suelo pero lo peor fue que se le rompió el corchete. 
                                                         
Pronto el pánico se adueñó de mí. ¿Cómo le digo yo a la vecina que había cogido su sujetador? ¿Para qué? Se reiría de mí y no escucharía mi explicación; es más, se sonreiría con un gesto de incipiente sorna y dejando caer sus párpados para así ocultar la inocua malicia que reflejase en sus ojos azules. “Ya está, me voy a la capital; es sábado y compraré otro de las nuevas líneas, con realce, de una prestigiosa marca", me dije.
Finalizaba el mes de agosto. Tras preguntar en varios sitios, me encaminé hacia el Corte Lencero. Encontré a la dependienta que estaba recogiéndolo todo porque a otro día se iba de vacaciones. Eran las diez de la noche menos un minuto. Cuando le mostré el vejado sujetador para que sacara otro de la misma talla, supo que para mí era importante atenderme ipso facto. Ella era una chica muy despierta, atenta y muy guapa. “No quedan de ese modelo pero hay otro que tiene mejores características, solo que es de un color verde más claro. Yo llevó otro igual”. Y me dejó entrever un poco la parte superior del suyo con mucha compostura, eso sí. Era más delicado y bonito que el de mi vecina. A las diez y cinco minutos de la noche apareció la dependienta con un sujetador "Wonderbrá" en la caja que trajo del almacén. La venta la hizo muy agradablemente, a pesar de exceder del horario establecido, y yo quedé con el problema ampliamente resuelto. Le pagué con la tarjeta de crédito y me dio la factura y su teléfono por si tenía que devolver la prenda. Le di las gracias por la información y el trato, y le deseé unas buenas vacaciones.
Al día siguiente le dije a mi vecina que el día anterior subí a la terraza a cortar unas maderas de pino creosotado y que las astillas saltaron manchando su sujetador con esa sustancia tan pegajosa, y que no podría volver a ponérselo. Y que en consecuencia me había tomado la libertad de comprarle otro mejor, y le pedí perdón por ello. “No me hacía falta, pues tengo otros nuevos”, dijo con un poco de picardía. Yo percibí que le había gustado mi atrevimiento, aunque no le agradó del todo saber que la chica que me lo vendió me había mostrado uno similar que llevaba puesto. Me dio las gracias por el detalle y se despidió sin más, algo seca.

A primeros de octubre sonó en mi teléfono una voz de mujer que al principio no caí en la cuenta de quién sería. "Soy la chica del Corte Lencero, que le vendió un sujetador. Por favor, si usted tiene un rato libre y quiere pasarse por nuestras dependencias, la dirección de la empresa le quiere dar las gracias por la confianza depositada en nosotros y yo que por rebasar la cuota de artículos vendidos: me han ascendido".                                  
Como no me dio tiempo a pensar en un motivo para excusarme, le dije que sí, un poco desconcertado.

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