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martes, 21 de febrero de 2017

PERIQUILLA, LA INTOCABLE

            
Cristóbal Encinas Sánchez

La hija del Espantagustos, como le llamaban, era una chiquilla alegre y revoltosa. Tenía catorce años y todas las tardes se reunía con un mozalbete poco mayor que ella. Se contaban, paseando por los jardines, sus pequeñas cosas. Él tenía una figura agarabatada pero su carácter abierto y amable obviaba este defecto. Era un ganapancillo que gustaba de andorrear por las calles sin rumbo fijo después de realizar sus encargos. Así fue como conoció a Periquilla, con quien intercambiaba taz a taz sus regalos y chucherías, así como sus irreflexivos dichos, cosa que no menoscababa su frescura y disposición para el trato afable.                                                                                                                   
Todos los días caminaban por los alrededores de la iglesia y gustaban de subir al coro cuando no había nadie, para estar a solas. El viejo piano, desguazado, mostraba su arpa cromática, bajo el hueco de la escalera, con sus desafinadas cuerdas, y ellos aprovechaban para darle unos cuantos rasgueados briosos. Se divertían así, y saliendo en tropel metían un gran estrépito, soliviantando a alguna mujer que entrara santiguándose, aunque más bien sería a los ratones que andaban por allí. A estos les echarían las culpas, más de una vez, al oír las displicente notas. Después se alejaban perdiéndose en el monte cogidos de la mano y buscando orquídeas. Hasta que llegaba la hora de recogerse y ponerse a hacer sus pocas labores de casa y de la  escuela.
En su barrio, de pequeña, la tenían por un marimacho, despepitada y burlona, que iba dando patadas a los montones de tierra, recogidos por las mujeres que barrían las puertas de sus casas, y a los cubos de agua para regarlas, consiguiendo así atrasar las faenas y que la gente se precaviera.
                                                                                                               
Periquilla, a veces, tenía que ir a dar una razón a algún cortijo. Para ello enjaezaba su caballo negro. Se ponía las ropas y botas de su hermano, que le daban un aspecto de mayor, de dejadez pero de seguridad. En la  puerta de la cuadra lo enjorquetaba dando un salto felino. A continuación sacaba de la albardilla una estilizada faca enfundada que la sujetaba a una liga por encima de la rodilla. Así no tenía miedo y no retrocedía ante cualquier fatalidad. 
Cierto día caminando, al final de una calle que lleva hasta el pinar, se topó con tres jóvenes de su misma edad. Con melindres le hablaron, a la vez que se aproximaban. Uno de ellos, viendo que tenía prisa, le ofreció su bici para abreviar el camino e hizo el ademán de subirla en el cuadro para reírse de ella. Otro se aproximó y la cogió por el cuello, pero se zafó con rapidez. Al ver el panorama, la muchacha metió la mano en su mochila y sacó un minino de tres meses y lo lanzó a la cabeza del acosador. El animal se agarró con presteza al cuero cabelludo y a la garganta, hincándole las uñas. El dolor era irresistible y el chaval graznaba como un ganso cabreado. Al de la bici le echó un bote entero de gusanos de cañaheja, con hormigas alúas y saltamontes que llevaba para ponerlos como cebo en las perchas. Al verse invadido por tantos bichos, el muchacho se espantó y enloqueciendo salió disparado dándose de manotazos.  El tercero se parapetó. Con más vista y tiempo, se le acercó por la espalda, y agarrándola del brazo la trajo para sí. Sin perder un segundo, ella le propinó un taconazo en la entrepierna que no tuvo más remedido que dejarse caer al suelo. Dándose unos pequeño paseos por encima él, le distribuyó todo el dolor por la parrilla intercostal.                
Tras el intento fallido de aquellos sinvergüenzas y con el camino libre, la humillada chica cogió la bicicleta y se apresuró en dirección al cuartel de la Guardia Civil para relatarles los hechos.  Les mostró los enrojecimientos que todavía le marcaban el cuello. Después de oír su explicación, la felicitaron por su buena suerte y por su atrevimiento a delatar a sus agresores. No le hicieron más preguntas. El cabo y dos soldados fueron en busca de los culpables.
Esa tarde, el amigo de Periquilla fue informado de los acontecimientos. Ahora pensaría en ajustarles, particularmente, las cuentas a cada uno de los confabulados en el caso de que se fueran de rositas por alguna extraña razón.

A partir de entonces, quedó un refranillo muy socorrido por los niños que decía así: “No molestes a Periquilla, que más pronto que tarde te alisará las costillas”.

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