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viernes, 24 de febrero de 2017

UN ENCARGO VELOZ

CRISTÓBAL ENCINAS SÁNCHEZ
En una noche de verano, en la que estábamos en la puerta de esta casa –en la foto de más abajo se muestra ahora derruida–, todos muy contentos, preparados para tomar unos refrescos con sus aperitivos, se le ocurre a mi tío Juan enviarme al pueblo a comprar una cajetilla de tabaco, que se le había terminado. Tanto miedo me daba pasar por el cortijo de Loles (ubicado junto a una senda ahora transformada en la calle Clara Campoamor) que estuve a punto de decirle que no. Pero yo era un niño valiente y no le demostré esta debilidad mía.  
A cincuenta metros antes de llegar a aquel lugar tan siniestro emprendí una carrera a la máxima velocidad. Tras rebasarlo, ya por las escuelas, miraba hacia atrás como intentando ver a alguien oculto del que me había zafado sin dificultad. Felizmente llegué al único bar del paseo y compré un paquete de la marca Bisonte. Lo malo era que a la vuelta me pudieran atrapar. 
Hice otra vez lo mismo. Salí disparado, corriendo, y cuando me estaba aproximando a él aceleré y no paré hasta que llegué a la fábrica de la luz. Después, muy tranquilo, mitigando mi respiración entrecortada, me acerqué por donde todos estaban sentados a la mesa disfrutando de las exquisiteces que habían preparado unos tíos de mi abuela. Cerca del río y de una pequeña fuente, estaban tan fresquitos dispuestos a pasar una estupenda noche estrellada.  
Mi tío, viéndome llegar, me dijo: "¡Qué poco has tardado!". Y entonces me gratificó con una peseta, por lo bien que le había hecho el mandado. Yo la acepté y le sonreí dándole a entender, levantando la vista y moviendo la cabeza parsimoniosamente, que podría haberlo hecho más ligero aún (pero claro, dependiendo de si alguien se escondía en aquel cortijo para asustarme y no me cortaba el paso). 
                 FOTO DEL ÁLBUM DE MI AMIGO JUAN QUESADA ESPINOSA

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